lunes, enero 28, 2013

“Los Miserables”: Una historia para todos los tiempos. Crónicas cinéfilas (XXXVII)

Autor: Carlos Balladares Castillo
Publicado en Código Venezuela

“Los Miserables”: Una historia para todos los tiempos

Lo que sigue es un relato personalísimo de cómo conocí al personaje de ficción que más admiro: Jean Valjean, y mi interpretación del libro en el cual cuenta su historia; a propósito del estreno de la película sobre la ópera rock del mismo nombre.

Por allá en mis tiempos de la universidad, mi buen amigo y colega Emilio Useche, llegó un día con la noticia de haber escuchado la opera rock  sobre el famoso libro de Víctor Hugo. Yo conocía otras obras parecidas como “Cats” y “El fantasma de la ópera”, pero el hecho que fuera sobre una novela histórica incrementó el interés por escucharla. En el momento que lo hice quedé fascinado, proponiéndome verla y leer la novela. Años después lograría vivir la experiencia inolvidable de su puesta en escena, enamorándome de la historia de conversión de Jean Valjean, y su santidad de vida; todo ello ante la emoción de una hermosa música. Al leerla se convirtió en mi novela favorita, por la capacidad que esta tiene para describir el dolor de las miserias humanas y la esperanza de superarlas.

Víctor Hugo (1802-1885) escritor romántico y realista al mismo tiempo inició esta novela a los veintidós años para terminarla 38 años después; podría decirse que fue la novela de su vida, y por tanto ella condensa todas sus creencias, temores y esperanzas. El autor nos narra como los seres humanos se enfrentan (nos enfrentamos) a una realidad que nos obliga a decidir, y que nunca nos permite una actitud imparcial, de posible lavatorio de manos, o de refugios conocidos como terceras vías o “ni-nis”. De esa manera, en medio de la realidad que nos oprime, surgen los personajes más famosos de la literatura y que expresan las diversas formas de ser miserable: Jean Valjean: el pobre redimido que se hace santo amando y superando su pobreza económica y social; Fantine: la madre engañada y explotada pero que nunca abandona a su hija (Cosette) a pesar de ser marginada; Gavroche: el pilluelo (niño de la calle) que llevado al robo para sobrevivir y que nunca pierde su inocencia y se redime cuidando a otros huérfanos de la calle; Marius: un revolucionario (que no milita en ninguna “revolución bonita” que lo hace enriquecerse a costa de los pobres) que se sacrifica por sus ideales; Eponime: hija de la chusma, no es correspondida por Marius, se redime sacrificando su vida por él; y del otro lado, tenemos ya no tanto a los miserables de una realidad social paupérrima, sino a los de alma miserable: los Thenardier y el inspector Javert. Los Thenardier viven de aprovecharse de los más pobres, los pobres son escalones para ascender socialmente; todas sus acciones se ven inspiradas de las intensiones más oscuras, y si en algún momento parecen hacer un bien, siempre poseen un interés particular como causa de dicha acción: son verdaderos miserables. El policía Javert es un miserable porque está preso de sus obsesiones, de un concepto de ley y de justicia deformado, es aquel que hace el mal creyendo que está haciendo un bien.


Ahora esta maravillosa historia (en musical) la tenemos en cine, y a pesar del pésimo cantante que es Russell Crowe (único defecto que le consigo a la película), el hecho de ser filmada permite recrear aspectos de su historia y de la opera rock que son imposibles de mostrar en un teatro. El resultado es un deleite para la vista y los oídos (salvo cuando canta Russell Crowe). Las excelentes actuaciones y canto, tanto de Jackman (Valjean) como Hathaway (Fantine) salvan el daño hecho al film por un Crowe, que además; no sabe representar a un personaje tan fascinante como el inspector Javert. Un libro que no puede dejarse de leer, una película que no se puede dejar de ver. 

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