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domingo, junio 14, 2020

El historiador Tomas Straka nos habla de los grandes aportes a la historiografia de Don German Carrera Damas en sus 90 años


Los noventa de Don Germán, o la larga pasión por la libertad

POR Tomás Straka  

Prodavinci, 14/06/2020

Germán Carrera Damas fotografiado por Roberto Mata

Entre 1958 y 1969 Germán Carrera Damas cambió para siempre la historiografía venezolana.  Fueron once años de producciones vertiginosas: cuatro grandes estudios que hoy se consideran clásicos, al menos seis libros que compilan artículos académicos y ensayos, muchos de ellos también clásicos en la actualidad; varias decenas de otros textos para la prensa y revistas especializadas, sus famosísimos trabajos escritos en coautoría con los alumnos sobre problemas historiográficos, y todo eso liderando la renovación de los estudios históricos en la Universidad Central de Venezuela.    

Haber escrito uno solo de aquellos libros, ya sería bastante para cualquier historiador. No puede decirse que fue el único exponente de aquella “revolución historiográfica” que tuvo como epicentro a la Escuela de Historia de la UCV, pero su capacidad de trabajo, y sobre todo el talento para ver nuevos problemas, para demoler verdades consagradas, para replantear todo lo que habíamos venido pensando hasta el momento, hacen de él un fenómeno excepcional. Si hoy celebramos sus noventa años y lo reconocemos como uno de los grandes historiadores de América Latina, es debido a ese trabajo, vertiginoso en los años sesenta, pero sostenido hasta la actualidad. A la pasión sistemática, radical, generosa, por la libertad. Por pensar sin las ataduras de los ídolos de los viejos mitos. Por liberarnos, como él lo hizo, de las ideas totalitarias. Por construir, como sigue haciendo, una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos, vividos en libertad.  

Don Germán, como le decimos con cariño y profundo respeto, alcanza las nueve décadas de vida con la misma pasión del veinteañero que en 1958 regresó de su exilio y tocó las puertas de la oficina de Juan David García Bacca, entonces decano de la Facultad de Humanidades y Educación en la UCV. Aquel muchacho ya traía dos plantes en la cabeza: escribir la historia de Venezuela con criterios científicos, y contribuir a la modernización del país. Un compromiso doble, que se mantiene sesenta años después. Estudiar la historia tiene sentido en la medida en la que contribuye a vivirla, o mejor: a construirla. Pero precisamente por eso hay que ser tan cuidadoso al escribirla, ser tan crítico, tener tanta precaución con las manipulaciones y las falsificaciones. 
 
Como todo proyecto político y social se alimenta de una visión de la historia, que justifica su diagnóstico de la sociedad y el destino por el que alega luchar. Las tentaciones que al respecto tienen los historiadores militantes son muy grandes, a veces tanto como puede serlo el Estado y sus recursos. Inventar mitos, callar verdades incómodas, construir ídolos, torcer los hechos, son sólo algunos de los recursos con los que la historia se vuelve ideología en muchos libros, discursos políticos y sobre todo aulas de clase. Y si eso ha tendido a ser así en todas partes, cuando se trata de movimientos basados en ideas historicistas, es decir, en la convicción de que es posible identificar un sentido en la historia, como es el caso del marxismo, las tentaciones de manipular son todavía más altas. Para el historiador militante comunista es un verdadero problema cuando las evidencias no indican que las cosas van hacia el socialismo.  

El joven Carrera Damas que regresa a Venezuela tras la caída de Marcos Pérez Jiménez, es todavía un historiador militante. Un comunista. Pero uno que empieza a tener dudas. Uno en el que la libertad se está posicionando como valor fundamental. Los diez años anteriores, que fueron los que separaron su graduación de bachiller de la de historiador, lo habían dotado de una formación política e intelectual privilegiada, en promedio superior a la de los comunistas locales.  Y no sólo por la preparación académica. Primero, estaba su familia. Los Carrera, aunque no eran ricos, formaban parte del pináculo letrado del Oriente venezolano. Uno de sus tíos abuelos había sido el padre Jesús María Guevara Carrera, historiador y escritor eclesiástico de principios del siglo XX.   

En 1948 la familia se establece en París. Germán, que acababa de graduarse de bachiller en el liceo Fermín Toro, hará de aquella ciudad uno de sus sitios entrañables y del francés, que lo habla casi como un nativo, una segunda lengua materna. En París explora su vocación en La Sorbona y en la L’École libre des sciences politiques. Ni el Derecho ni la Geografía, las dos carreras escogidas, lo convencen. No obstante, entra también entonces en su otra gran escuela de formación: el Partido Comunista Francés. Asignado a la célula de los ferroviarios, le tocó compartir labores nada menos que con Tristan Tzara.  Estar en La Sorbona y en una de las Grandes écoles, compartir con Tzara, presenciar las turbulencias de las la IV República Francesa, y además hacerlo desde uno de los partidos más grandes y lleno de figuras de Europa, son experiencias que ampliaron enormemente la formación recibida en la ya de por sí muy culta casa.  

Pero estalló la Guerra de Corea, había un temor genuino de que desembocara en una tercera guerra mundial y, como muchas, la familia Carrera decide poner mar de por medio con Europa.  La experiencia europea del último medio siglo aconsejaba hacerlo. Venezuela no era una opción porque ya Germán está fichado de comunista, por lo que la opción es México. Aquello fue el encuentro definitivo con su destino y con su nación. Casi pudiéramos decir que sin la guerra de Corea tal vez hubiéramos perdido al gran historiador latinoamericano que es Carrera Damas, y en su lugar hoy celebraríamos los noventa años de un gran historiador francés nacido en Cumaná.  

El joven Germán, que ya había comprendido que lo que quería estudiar era Historia, se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma de México, y al mismo tiempo consiguió un trabajo como asistente de investigación en el Colegio de México. Es aquella una época dorada de la maquinaria cultural de la Post-revolución. El COLMEX, el Fondo de Cultura Económica, los grandes intelectuales están haciendo vida allá. Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes, Wenceslao Roces, del que llega a ser buen amigo, José Gaos, José Miranda: ese es el nuevo universo en el que el joven Germán se forma como historiador. Pero en México hay también otro hito en su formación: un importante exilio venezolano. Entrar en contacto con los desterrados del Partido Comunista de Venezuela, en especial con los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, colaborar con su periódico, Noticias de Venezuela, fue el ingreso de Germán a la política venezolana. Tanto, que cuando se enteró de la caída de Marcos Pérez Jiménez, hizo lo que probablemente no ha vuelto a hacer en su vida: entregó su tesis en la UNAM tan rápido como le fue posible, sin someterla a las revisiones a las que suele depurar sus trabajos; recogió sus cosas y compró un boleto para regresar a su país.  

Pero una cosa es el entusiasmo por investigar la historia venezolana y luchar por la revolución proletaria mundial, y otra tener claro de qué se puede vivir mientras tanto. Germán sabe que la Universidad Central de Venezuela ha venido ampliándose en carreras e infraestructura.  Ve en ella una oportunidad, pero no tiene contactos en la institución. Así, le pide ayuda a Alfonso Reyes, patriarca de las letras hispanoamericanas y gran artífice del Colegio de México. Reyes está muy comprometido con las luchas y el exilio venezolanos (tanto, que en el Colegio se las ingeniaron para poder darle trabajo a pesar de sólo contar con una visa de estudiante), y le da una carta de recomendación: que se la entregue a García Bacca, Decano de la Facultad de Humanidades y Educación, figura prominente de los transterrados de la República Española en México, al que había contratado la UCV. García Bacca queda sorprendido. Si Don Alfonso se atreve a recomendar a este muchacho es por algo. Y decide darle una oportunidad.    

Por aquella época el departamento de Historia de la carrera de Filosofía y Letras se convertía en Escuela de Historia, bajo la dirección de J.M. Siso Martínez. Había una democracia que consagraba la libertad de pensamiento, la autonomía universitaria y además garantizaba buenos sueldos y recursos para la investigación. Era el momento y era el lugar para que el joven Germán desplegara toda su energía. Aunque aún es un historiador del Partido Comunista, en su consciencia la libertad (de la que Siso Martínez fue tan celoso), terminó de abrirse camino. Con Tzara ya había discutido sobre el Decreto Zhdánov y la imposición del realismo socialista. Tzara se preguntaba si uno de los fundadores del dadaísmo estaba en el lugar correcto siguiendo directrices de Moscú. En México, a contracorriente de los otros comunistas, sintió rechazo por la invasión soviética a Hungría. Ya en Venezuela descubre que Siso Martínez, uno de esos detestados adecos, a los que los comunistas ven como la encarnación de la traición reformista y pequeñoburguesa, es un intelectual capaz, sensible y con gran apertura al pensamiento de los demás. De hecho, es su inesperado aliado en el proyecto de crear otra historiografía. ¿Será que el democratismo peqeñoburgués no es tan malo? Pero la gota que derramó el vaso fue la orden del Partido de no publicar nada sin antes pasar por su revisión.  

Carrera Damas decidió no convertirse en una figura patética como Tzara o Picasso, que pusieron su talento a la disposición de hombres como Stalin y Zhdánov. Tal vez no lo pensó con esas palabras, pero fue lo que hizo. Dejó la militancia y utilizó su libertad, la libertad que se les ofrecía a todos los venezolanos con la democracia, para hacer una gran revisión de su historia.     Pero para eso, antes que nada, había que saber qué se había escrito, hacer un balance, buscar las raíces de lo que dábamos por verdades históricas. Tal fue la base de los cuatro grandes libros que producirá en los siguientes diez años: el primer tomo de la Historia de la historiografía venezolana (1961, los otros dos aparecerían en los siguientes treinta años); «Estudio preliminar: Sobre el significado socioeconómico de la acción histórica de Boves», que está en el primero tomo de los Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela (1800-1830) (1964, en 1972 aparecerá como un libro aparte);  “La crisis de la sociedad colonial”, aparecida como introducción a la compilación de documentos de los realistas publicada en los tomos IV, V y VI del Anuario del Instituto de Antropología e Historia de la UCV (1967, después saldría como un libro aparte en 1983); y finalmente El culto a Bolívar: esbozo para un estudio de la Historia de las ideas en Venezuela (1969).  

Aquello simplemente terminó de demoler las visiones tradicionales de nuestra historia. No es que no hubiera habido antecedentes. José Gil Fortoul, cuya lectura como adolescente fue clave para formar su vocación de historiador, Laureano Vallenilla-Lanz y Caracciolo Parra-Pérez, con quien llegó a entablar amistad, habían abierto un camino. Pero fuera de ellos no había demasiado más. En el prólogo a la Historia de la historiografía venezolana propuso el esquema general de nuestra historiografía. Aún hoy es una de las primeras lecturas que debe hacer cualquiera que quiera formarse como historiador o tener al menos una idea del quién es quién de nuestros historiadores. Lo de Boves fue una respuesta a ciertos marxistas que querían verlo como un antecedente glorioso del agrarismo y una tentativa revolución socialista venezolana. No, aunque lo de Boves en efecto expresó las tensiones de la sociedad y sus luchas, no fue un programa revolucionario, nos dice Carrera Damas después de revisar toda la documentación disponible.    

La Crisis de la sociedad colonial cambió de arriba a abajo nuestra idea de la independencia.  Hubo, como no, grandes hombres. Y también grandes ideas. Pero aquel proceso fue básicamente la expresión de una profunda crisis en el orden social. La guerra fue solo una de sus manifestaciones, por lo que no puede agotarse en ella su estudio. Y las tensiones sociales no se pueden despachar con la simplificación de clases dominantes y dominadas. Cada clase tenía sus intereses y tenía una agenda propia para luchar por sus ideas de libertad e igualdad. Eso incluía también a los grandes olvidados: los realistas.   

Pero la gran obra fue, de lejos, El Culto a Bolívar. Aunque no fue la primera vez que se señalaba la relación enfermiza de la sociedad venezolana con la figura del Libertador, Carrera Damas trató de identificar sus mecanismos internos, cómo se construyó una ideología para legitimar el Estado o los diferentes movimientos políticos, que poco o nada tienen que ver con lo que Bolívar pensó. Pero no se trata de reivindicar al pensamiento bolivariano como una verdad definitiva e impoluta, pervertida por malos exégetas.  Bolívar debe ser tratado con el mismo sentido crítico que cualquier otro hombre. No es un dios al que hay que defender. Es la manipulación la que se señala. Aquello fue como un bombazo en medio de la sociedad venezolana. Una de las rebeliones más grandes a una fe establecida de las que se tenga noticia. Llovieron las críticas.  Cundió la indignación. Hubo cartas solicitándole al rector de la UCV que se le removiera de su cargo. Pero estábamos en democracia, en la UCV se respetaba la libertad de pensamiento y del rector Jesús María Bianco en adelante, salieron en defensa de Carrera Damas. Nadie en aquel momento podía imaginarse hasta qué punto aquel fenómeno que dibujaba el libro daría de qué hablar.  

Para la década de 1970 ya es Carrera Damas una figura central en el mundo cultural venezolano. Se ocupa de muchos temas y aún produce un par de clásicos más, como Una nación llamada Venezuela (1980), uno de sus libros más editados y leídos; los estudios que reunió en Venezuela: proyecto nacional y poder social (1986), El dominador cautivo: ensayos sobre la configuración cultural del criollo venezolano (1988) o Aviso a los historiadores críticos (1995), un tratado sobre teoría y metodología de la historia extraordinario.  Pero es sobre todo un momento en el que sus servicios son requeridos por el Estado en otro nivel. Convocado para formar parte de la COPRE y, tras su jubilación en la UCV, para ingresar al servicio diplomático, cada vez más sus reflexiones se fueron decantando por la crisis de la democracia y por la necesidad de reformar el Estado. Al mismo tiempo, la UNESCO lo nombró presidente del comité académico de la Historia General de América Latina (1999, nueve tomos), así como miembro del comité para la segunda edición de la Historia del desarrollo científico y humanístico de la humanidad.  

El proceso político que arrancó en Venezuela en 1999 avivó sus temores por el destino de la democracia, así como su pasión por la libertad. A los setenta años el profesor y embajador jubilado, multiplicó su trabajo. En Venezuela, teme Carrera Damas, no sólo se está demoliendo la democracia, sino ya en sí la república, y algo hay que hacer al respecto. Así, como si todo lo hecho hasta el momento no hubiera sido suficiente, ha producido desde entonces una serie de trabajos muy importantes: “La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia” (1998), Fundamentos históricos de la sociedad democrática venezolana (2002), El Bolivarianismo-Militarismo, Una ideología de reemplazo (2005), Colombia 1821-1827: aprender a edificar una república (2010) y Rómulo histórico (2013). Muy activo en la política, escribió un conjunto de “Mensajes Históricos”, difundidos por la red, en los que analizaba y difundía problemas del momento. Muchos de ellos fueron recogidos en Recordar la democracia (mensajes históricos y otros textos), aparecido en 2006. Junto a eso, el gastrónomo que también es, le permitió publicar una crónica sobr

Es una etapa en la que ingresa como Individuo de Número a la Academia Nacional de la Historia, y como correspondiente a la colombiana y la mexicana. Su preocupación por la democracia lo ha llevado ha profundizar en el estudio de la figura de Rómulo Betancourt, cuyas reflexiones sobre la democracia, encuentra cada día más vigentes y útiles para atender la realidad venezolana. Es presidente de la Fundación Rómulo Betancourt, desde donde impulsa una intensa actividad pedagógica e investigativa. Acaso para asombro de aquel muchacho que trabajaba con Gustavo Machado en México, es hoy uno de los mayores especialistas en el pensamiento de Betancourt.   

Buscado por los jóvenes, sobre todo los políticos, que requieren de su consejo, Don Germán llega a los noventa años con la pasión y el compromiso intactos. Su agenda de charlas, clases y reuniones apenas ha disminuido. Tiene proyectados varios libros. No es casual que el último que ha aparecido para este momento, Historia prospectiva (2018), no esté dedicado al pasado, sino francamente al futuro. Desde su primer escrito, la historia ha sido para él una herramienta de porvenir. Y pocas veces el porvenir le ha ocupado más que ahora.  Sabe que el camino de la libertad es largo y escarpado, por lo que con todo su enorme talento contribuye a que su sociedad lo corone con satisfacción. 

¡Gracias Don Germán por todo lo que ha hecho por la historia, por Venezuela, pero sobre todo por la libertad!

jueves, agosto 16, 2018

Entrevista al historiador Elías Pino Iturrieta en "Climax" por el joven historiador Jesús Piñero


15/08/2018 
TEXTO: JESÚS PIÑERO (@JESUSPINERO) | FOTOGRAFÍA: DANIEL HERNÁNDEZ
El historiador asegura que la gran diferencia entre el chavismo y los gobiernos autoritarios del pasado es la pretensión de querer guiar la memoria colectiva e imponer una única y excluyente versión de la historia. También explica que la evolución ideológica es natural en los seres humanos y a eso remite su antigua participación con la izquierda universitaria
Elías Pino Iturrieta se convirtió en el primer venezolano en egresar del Colegio de México, donde estudio el doctorado. Su trayectoria ha estado marcada por importantes cargos académicos, dentro de los que resaltan: decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela (UCV), director del Centro de Estudios Hispanoamericanos y profesor titular de esa misma casa de estudios y de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Desde 1997 es Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, institución que también dirigió hace algún tiempo.
Durante el segundo gobierno de Rafael Caldera, ocupó el cargo de presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y hoy trabaja en la última oficina que ocupó Simón Alberto Consalvi, pues es el editor adjunto del diario El Nacional. Su destacado aporte en la historiografía venezolana lo ha llevado a importantes participaciones en el exterior, siendo conferencista de destacadas universidades de Estados Unidos, Colombia, México y España. Entre sus libros más populares saltan a la vista los títulos El divino Bolívar, Ideas y mentalidades de Venezuela, Contra lujuria, castidad, Nada sino un hombre y La independencia a palos.
Nunca deja el Twitter tranquilo, sus recurrentes opiniones y citas a la “tía Amelia” lo han convertido en un opinion shaper venezolano. Sin embargo, poco se conoce de su vida personal, peripecias que hoy nos cuenta en esta entrevista.
Una familia sedentaria
Nací en Maracaibo por una cosa fortuita, no había hospital en Boconó y mi madre tuvo que parir allá por un problema de salud. Por sensibilidad y mentalidad soy un gocho. Dentro del matrimonio nacieron dos hijos, yo fui el mayor y el segundo es mi hermano Javier, que es médico traumatólogo. Aparte, había varios hijos de papá nacidos antes de casarse con mamá y también formaron parte de la tribu familiar.
Con mi primer matrimonio nacieron tres hijos, dos de ellos periodistas. Sí, nadie es perfecto. Luego se acabó el matrimonio y yo pasé muchos años de soltero viejo, pero siendo profesor de la Universidad Católica conocí a una estupenda alumna y muy hermosa mujer, me enamoré de ella y nos casamos. Ya vamos para 19 años felices de la vida. Fue suerte haberla encontrado, me ha hecho mucho bien. Ella tiene dos hijos que tuvo en su primer matrimonio y yo ya tenía tres.
Soy hijo de una sociedad sedentaria y le tengo miedo al nomadismo. A mi edad yo creo que mi sedentarismo es definitivo y esa es una razón que pudiera explicar el porqué no pienso moverme de aquí; pero tal y como están las cosas, tendré que pensarlo.
Entre las décadas de 1930 y 1940 hubo una efervescencia política bastante grande en el país. ¿Sus padres estuvieron vinculados a ella?
Mi padre tenía un comercio de café, no le interesaba más nada si no vender y comprar café o cultivarlo. Mi madre sí tuvo interés en la política, ella era de las familias conservadoras del pueblo, apoyó desde su inicio la fundación de Copei y participaba en todas las reuniones que las señoras y los señores hacían alrededor del partido. Cuando el candidato Rafael Caldera iba a Boconó paraba en mi casa, y cuando fue presidente de la República llegaba y dormía allá, de manera que había una relación cercana con mi madre, quien llegó a ser presidenta del Consejo Municipal. Ella no tenía mayor formación escolar, era ama de casa, estudió hasta sexto grado, pero su ánimo conservador la llevó a participar con cierto protagonismo en la vida del Copei pueblerino.
Una vez venía yo del colegio y me encontré en el piso una tapita, era una insignia con el retrato de Rómulo Gallegos. A mí me llamó mucho la atención y me la puse en el uniforme y entré a la casa con una felicidad notable. ¡Mi mamá se escandalizó! Me la quitó, me la arrancó prácticamente del uniforme, me interrogó como un policía. Estuve muy asustado y le dije que la había encontrado en la calle. Ella me dijo que eso era malo, que esas eran figuras de perturbadores del orden y de la vida de la familia decente, que me alejara de ese tipo de influencias. Esa era mi madre desde el punto de vista de lo que pensaba de la política y seguramente eso pude ser yo en esos tiempos porque me lo transmitió la autoridad de una mujer de mucho carácter, Carmen Iturrieta.
Nació en 1944, eso significa que ha vivido gran parte de la historia contemporánea. ¿Cuál recuerdo conserva de un momento importante en el país?
Cuando cae Marcos Pérez Jiménez pasa otra cosa muy curiosa. En la madrugada, mi tío y los amigos del vecindario estaban oyendo radio y yo me desperté. ¡Oír radio era una hazaña! Había que hacer maromas para que el sonido entrara, pero entre ruidos y bullas se oyó algo importante y murmuraban que había caído Pérez Jiménez.
En cuestión de unas horas, mi mamá me llevó a casa de una dirigente, una señora muy amiga de ella que se llamaba Sofía Spinetti. Entre las dos abrieron un escaparate que tenía un doble fondo donde había unas banderas verdes, las sacaron, las metieron en el carro y yo me fui con ellos a casa de otra figura muy importante del pueblo, el doctor Andueza, donde se empezaron a reunir los partidarios del pueblo y empezó una gran caravana con adecos y militantes de URD (Unión Republicana Democrática). Cuando pasó un camioncito de alguien conocido, mi mamá me montó en él con una bandera y me puso a recorrer el pueblo.
¿Qué movió a un muchacho del interior del país a estudiar historia?
Mi padre pensó que era bueno que yo estudiara Derecho. Así me vine a Caracas a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), que estaba en la esquina de Jesuitas. Aquello no me gustó. No era lo mío y tenía muchas dudas. Un día fui a ver a un amigo en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela y, mientras lo esperaba, me detuve en los jardines que conducían directamente a las aulas. Recuerdo haber oído una clase en la Escuela de Historia y me llamó mucho la atención hasta el punto de que volví, ya sin cita ni nada, solamente a escuchar. Fue una cosa de oreja y me dije: “Bueno, yo creo que esto es lo mío”.
Resolví ir al pueblo a avisar que no iba a cursar una carrera que no me importaba y empecé a estudiar Historia sin saber exactamente en qué estaba metido. Me encontré con una escuela muy buena, muy estructurada, muy moderna, nada que ver con lo que yo podía pensar sobre lo que era la historia.
¿Cómo llegó al Colegio de México?
Por imposición de don Eduardo Arcila Farías, quien me dijo: “Mire, mañana sábado va a estar aquí el doctor Víctor Urquidi, el presidente del Colegio de México” y, efectivamente, aquel maestro se presentó en el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes). Recuerdo que me comentó: “Arcila me lo ha recomendado, mande sus papeles que usted está aceptado desde ahora en el Colegio de México”, y así fue como me convertí en el primer alumno venezolano de ese Doctorado en Historia. Allí sí descubrí lo que no había descubierto, investigué con mayor seriedad las cuestiones del oficio y lo más importante fue haberme topado con un gran maestro, filósofo e historiador de las ideas, el español José Gaos, con quien trabajé e influyó muchísimo en mi vida, me cambió el mundo de las ideas.
A diferencia de otros académicos, usted no ha ocupado cargos públicos o políticos de gran envergadura, ¿les ha huido?
En México fue cuando la política se me metió en el pellejo, pero no la tomé como una vocación principal, aunque llegué a ser decano, que es una actividad política; es decir, hay que relacionarse con los partidos de la universidad y buscar alianzas. Por allí sí tuve una carrera que fue buena porque en un primer intento logré las alianzas necesarias y conseguí ser decano, pero después no tuve una participación activa en la política.
En la etapa mexicana tuve muchos contactos con estudiantes cubanos, quienes me enseñaban folletos, panfletos, dibujos y caricaturas de la Revolución Cubana y yo traía todo eso en la cabeza. Agrégale a eso la Guerra de Vietnam, el Mayo Francés y la Matanza de Tlatelolco y yo no tenía nada que ver con el muchacho copeyano que se fue de Caracas a estudiar en un lugar que desconocía.
Por supuesto que lo de Copei era una cosa, pues, familiar y tribal, pero ya cuando tuve conciencia y después de regresar de México, yo participé en un comando universitario de los que fundaron el Movimiento Al Socialismo (MAS) y por la campaña de candidatura de Teodoro Petkoff. Trabajé mucho en lo relacionado con todo eso y llegué a tener, cosa que me enorgullece, un vínculo bastante cercano con el propio Teodoro.
Y después firmó la lista en apoyo a la visita de Fidel Castro a Venezuela, ¿cómo acoplar eso?
El que no evoluciona es un idiota. Tú puedes pensar una cosa hoy y otra mañana. Hoy puedes ser adeco y mañana puedes ser trotskista. Esas son cosas perfectamente comprensibles, al menos que seas un idiota que consideras que estás metido en una cápsula que te impide movimiento.
Yo era el decano de la Facultad de Humanidades, que en ese momento era un bastión de la izquierda, con muchísima influencia del Partido Comunista. En ese ambiente se gestó la redacción de ese documento que le daba la bienvenida a Fidel Castro. Lo hicieron en la Escuela de Filosofía, les pareció lo más natural que yo firmara y eso fue lo que pasó. Pero lo importante en términos sociales es el anfitrión del asunto y el provocador del documento: quien invita a Fidel Castro a Venezuela es Carlos Andrés Pérez para su coronación, él tiene la figura estelar de aquel evento. Fidel Castro en la coronación del nuevo rey Carlos Andrés Pérez, eso la gente lo olvida porque ve nada más lo superficial.
Además, uno va cambiando cuando considera que las circunstancias te lo imponen, en esos tiempos yo fundé una revista en la Facultad de Humanidades llamada Extramuros,ahí escribí un artículo larguísimo, de ruptura con todo lo que tenía que ver con la Revolución Cubana, el artículo se tituló “Auto de fe” y lo escribí conmovido por el crimen que significó el juicio contra el general Arnaldo Ochoa Sánchez y todo lo que tuvo de inquisición y de horror ese proceso en aquel momento. Eso sí fue importante para mí en el sentido de que significó una reflexión, una comprensión. Por supuesto que a la gente de Twitter lo que le interesa es el “abajo firmante”, pero en ningún momento la evolución normal de un profesional o de un ser humano.
A diferencia de otros historiadores como Germán Carrera Damas y Manuel Caballero, usted fue incorporado como numerario de la Academia Nacional de la Historia muchísimo antes, en 1997. ¿A qué se debió eso?
Había una lucha frontal entre la Escuela de Historia de la UCV y la Academia Nacional de la Historia. Uno se graduaba de Licenciado en Historia y en el momento en que te daban el diploma, te ponían una vacuna antiacadémica porque aquello era la peste y el horror. Eso fue cambiando poco a poco. Siempre iba al archivo de la Academia a escribir mis tonterías o a buscar documentos y comencé a hacer amistad con el doctor Carlos Felices Cardo, secretario de la Academia, quien me introdujo al ambiente y me di cuenta de que la cosa no era tan feroz como se decía en la escuela, y que había un trabajo provechoso, publicaciones muy importantes e investigaciones con toda seriedad y profesionalismo.
Mientras tanto, también la Escuela de Historia dejaba guardadas las lanzas y las espadas contra la Academia. Por lo que no fue una peripecia personal sino colectiva, de muchos profesores que se fueron acercando allí. Primero entró Ermila Troconis de Veracoechea, luego yo, después Manuel Caballero, Germán Carrera Damas y José Rafael Lovera, mucho antes.
¿Siempre mantuvo esa visión crítica hacia el pasado y hacia Bolívar?
Yo había leído, cuando era estudiante de la escuela, el libro de Germán Carrera El culto a Bolívar. Después salió algún texto también memorable de Luis Castro Leiva y a mí me pareció necesario volver al punto y tratarlo de manera distinta, no tanto por vocación de historiador sino por conmoción de ciudadano, al ver este parapeto terrible del culto estrambótico de Chávez alrededor del Libertador. Por eso me pareció importante volver sobre los pasos de Castro Leiva y del texto de Carrera Damas y hacer algo más enfático, quise yo que fuera más enfático, y se convirtió así en el libro que ha tenido mucho éxito, El divino Bolívar.
Trabajó con Pedro Calzadilla en el pasado,ahora él está en el gobierno, fue ministro y es presidente del Centro Nacional de Historia. ¿Qué pasó allí?
Pedro Calzadilla fue mi alumno y es mi amigo. Cuando yo fui candidato a decano, me ayudó mucho. Él era estudiante, se estaba graduando y estaba en el Partido Comunista, todos los votos de estudiantes comunistas fueron para mí y yo gané la elección con esa cuota importante. Yo pienso que eso le pesó mucho y ese inicio de su vida y de su formación intelectual lo condujo definitivamente a volver a esa lucha de un pretendido socialismo. Él, a su vez, se inició como profesor de la Escuela de Historia cuando yo estaba manejando aquello. Cuando yo fui al Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), me lo llevé colgado como director de publicaciones porque Pedro es un tipo muy inteligente y muy brillante, competente y de buenos sentimientos. Todo eso hizo que lo metiera en mi equipaje y trabajamos a la perfección con mucha cercanía, a través de cinco años que fueron los del segundo gobierno del doctor Caldera.
Todos los gobiernos buscan justificación y tienen su plumario desde Bolívar hasta la actualidad. En buena parte ese trabajo lo hizo durante mucho tiempo la Academia Nacional de la Historia, vamos a estar claros en eso; que dejó de hacerlo después en lo posterior es otra cosa, pero siempre ha sido así: un conjunto de letrados o de pensadores al servicio de un reino. En este caso es distinto por el hecho de que Chávez crea el Centro Nacional de Historia con el propósito de convertirlo en tutor y rector de la memoria nacional. Eso es gravísimo por el hecho de que se quiere imponer por disposición legal una lectura unilateral, exclusiva y excluyente del pasado. ¿Querer modificar la memoria por mandato oficial? Eso no había pasado aquí hasta entonces. Que José Gil Fortoul escribiera su historia constitucional, perfecto, está en su derecho para justificar a Gómez, para lo que fuera, pero ¿crear un centro cuyo propósito es convertirse en director de lo que pienses del pasado o de lo que recuerdes o no debes recordar del pasado? Eso nunca había existido, solo en la Unión Soviética y en la Cuba castrista.
Usted utiliza mucho el Twitter y siempre cita a un personaje que no sabemos si es real o ficticio: ¿quién es la tía Amelia? ¿Por qué su mención tan frecuente?
Mucha gente me comenta eso. La tía Amelia era una de esas viejas de Boconó que formaron parte de mi infancia. Una de ellas se llamaba Amelia Pardi González, mi tía Amelia, que existió y murió muy anciana. Formó parte de mi infancia, hablaba mucho, era muy culta pero muy lanzada, decía lo que se le daba la gana y opinaba de lo profano y de lo santo con toda propiedad. Entonces, alguien dijo un disparate un día y me dije “eso está como mi tía Amelia”, voy a honrarla, y la usé. No fue una fabricación, realmente existió.
¿Alguna época que le hubiera gustado vivir?
El siglo XIX, cuando se funda el Partido Liberal y cuando comienza la división entre godos y liberales. Yo hubiese querido oír los gritos de Juan Vicente González y ver a Fermín Toro pensando sobre Venezuela y tratando de meter a José Antonio Páez en el cauce de la institucionalidad, cosa que por cierto logró. A mí esa época que va desde Páez a la primera presidencia de Monagas me atrae mucho, yo creo que hubiera sido un buen liberal de ese siglo.
¿Un personaje al que admire?
El maestro José Gaos, rector de la Universidad de Madrid cuando la república y mi maestro en México, me marcó mucho para bien, es un personaje inolvidable.
¿Una película?
Soy muy aficionado de las películas históricas, tengo una sin duda, creo que la he visto como treinta veces: Danton, la película de un director polaco extraordinario que en este momento se me escapa (Andrzej Wajda), pero que es una película que resume todas las revoluciones en la Revolución Francesa, extraordinariamente bien hecha, ambientada y actuada.
¿Un libro?
Muchos libros me han marcado, por supuesto, porque uno se la pasa leyendo libros, pero voy a escoger uno del historiador holandés Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media. Es muy importante porque ve la Edad Media con ojos diversos, hace una valoración interesantísima y revolucionaria de lo que fue la supuesta oscuridad medieval, que no lo fue, y eso le abre muchas, muchas perspectivas al lector, pero especialmente al historiador.

domingo, agosto 05, 2018

El último atentado a un Presidente de la República en Venezuela del que se tenga claras pruebas hasta el día de hoy

La imagen puede contener: una o varias personas, gafas y textoLa imagen puede contener: 1 persona, nube, cielo, automóvil y exteriorVarios amigos y colegas historiadores han afirmado esto (Daniel Terán Solano del cual tomamos parte del texto en comillas y las fotos, y Luis Fernando Castillo), el cual fue el 24 de junio de 1960. 

"El último atentado VERDADERO Y REAL contra un presidente de la República en nuestra Historia fue el que sufrió el 24 de junio de 1960 Rómulo Betancourt cuando su vehículo fue alcanzado por un explosión de otro colocado muy cerca, en Los Próceres, minutos antes de iniciarse allí un desfile militar."

Y Don Edgardo Mondolfi Gudat le dedicó un libro que es la última imagen. 

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martes, julio 24, 2018

El amigo e historiador José Alberto Olivar nos explica el folleto de Mario Buffone (también amigo): ""Obras de la democracia"


Olivar: Recuperación de la infraestructura solo será posible con la participación del capital privado
 “Hace veinte años Venezuela se ubicaba entre los países en América Latina con la mejor infraestructura de la región y hoy está en la completa ruina. La inexistencia de una política eficiente de conservación y mantenimiento de todas las obras públicas erigidas en los últimos cuarenta años del siglo XX ha sido uno de los muchos fracasos del chavismo en el poder”, así lo puntualizó el profesor de la Universidad Simón Bolívar, José Alberto Olivar.
“Recuperar el acervo material del país va a requerir la superación definitiva del ineficaz estatismo y dar paso a nuevas formas de participación del capital privado que no simplemente funja como ejecutor de obras sino como inversionista y administrador de la vasta agenda de obras que el país necesita”, agregó.
Durante su disertación a propósito de la presentación del folleto digital Obras de la Democracia. Cuarenta años mal contados, escrito por el historiador Mario Buffone y editado por el Fondo Editorial de la Asamblea Nacional, efectuado en Caracas en la Sala Eugenio Montejo de la Biblioteca de Los Palos Grandes. El evento contó con la participación varias personalidades del acontecer nacional como Virginia Betancourt, ex directora de la Biblioteca Nacional de Venezuela, Carmen Sofía Leoni de la Fundación Raúl Leoni, el Diputado William Dávila, la concejal Helga Quintero vicepresidenta del Consejo municipal del municipio El Hatillo del estado Miranda, entre otros.
“La insolvencia fiscal que de manera recurrente afecta y seguirá afectando las cuentas públicas, no puede seguir constituyendo la excusa para no hacer frente al creciente deterioro y en no pocos casos al evidente colapso de la infraestructura pública en Venezuela. Necesario es retomar la planificación racional en la ejecución de las obras públicas que implique verdaderas políticas de Estado”.
“Entre las tareas que tocará hacer frente en la futura reconstrucción nacional estará reivindicar el significado de la política de Descentralización impulsada en la década de los noventa,  para inyectar dinamismo y eficiencia a la administración de los servicios referidos a la salud, educación y deportes. Así como la construcción de viviendas y vías de comunicación rural y urbana”, finalizó Olivar
Información oficial Prensa Asamblea Nacional

La Democracia si tiene quien le escriba
Por Jose Alberto Olivar el día julio 22, 2018 en DESTACADOSPolítica 
Publicado en Guayoyo en letras 
Recién ha comenzado a circular el folleto intitulado Obras de la Democracia. Cuarenta años de historia mal contados, de la mano del escritor Mario Buffone, bajo el esmerado cuidado del equipo editor del Fondo Editorial de la Asamblea Nacional.
El texto en cuestión, es el resultado de la honda preocupación que comenzó anidar en Buffone, al constatar de manera reiterada como los resabios plañideros del viejo pretorianismo perezjimenista, hoy coaligados en su afán despiadado con los personeros del Estado Cuartel que nos tiraniza, insisten en  azuzar cultos de naturaleza infame y premoderna, por medio de la negación absoluta de los logros tangibles del mayor período de convivencia civilista y modernizadora que haya conocido la República.
El texto recoge diversidad de cifras, nombres, lugares, íconos, obras de mediana y mayor envergadura que van desde la cantidad de “escuelitas” que en tono difamatorio llegó a criticarse la gestión de Betancourt al frente del primer período constitucional hasta las formidables estructuras que dieron espacio a la creación de conocimiento de la Universidad Simón Bolívar, la villa universitaria Rafael Rangel en el estado Trujillo y la Universidad de Oriente, por ejemplo.
Mario Buffone rebate con argumentos comprobables la interesada propaganda de los enemigos de la democracia, que pretende negar que en Venezuela durante cuarenta años de gobiernos civiles, la tasa de analfabetismo llegara a ubicarse en 7% para 1998, que la mortalidad infantil se redujo de 62% en 1958 a 21% en 1998 y la esperanza de vida de hombres y mujeres pasó de 58 años en 1960 a 72 años en 1998.
Carreteras y autopistas, por su puesto que los gobiernos civiles después de 1958 dejaron su impronta en este segmento de la infraestructura nacional. De hecho, el Plan Preliminar de Vialidad de 1947, preparado durante el trienio adeco, y seguido sin mayores modificaciones por la dictadura militar, fue finalmente concluido durante los primeros tres lustros de la Democracia.
Empero, mucho más efectivo resultó proporcionarle vivienda propia, cómoda e higiénica a una proporción de venezolanos que rehuían del flagelo de la miseria. Ahí están las miles de casas y apartamentos que no solo en Caracas, sino en el interior del país fueron levantados gracias al presupuesto público. Les suena algo los bloques de Menca de Leoni en Guarenas, la urbanización Caña de Azúcar en Maracay, las viviendas obreras del sector La Sabanita en Ciudad  Bolívar, por ejemplo.
Pues bien, Mario Buffone, no pretende erigirse en apologista de los gobiernos de AD y COPEI, ni mucho menos falsear datos para ocultar falencias que sí las hubo, claro que las hubo, sobre todo durante el lapso que hemos denominado el tercer momento del período la democracia.
Permitamos ser un poco más precisos. A nuestro modo de ver existieron tres momentos bien diferenciados en los que la capacidad financiera del Estado marcó el ritmo acelerado o no de la construcción en infraestructura. El primero comprende los quince años iniciales del período democrático, luego un momento expansivo de la estrategia de desarrollo en el lapso comprendido entre 1974 y 1982 y finalmente una fase de desaceleración, repuntes discontinuos y estancamiento en los últimos tres lustros del siglo XX. Es decir, tres momentos de despegue, auge y declive de la obra física resumida por Buffone en su obra.
De ahí que el aporte de Mario Buffone, puede servir de excusa perfecta para estimular la discusión asertiva y preparar en paralelo a la lucha activa contra la dictadura, una verdadera plataforma programática que llegada la hora deberá aplicarse de manera consensuada y eficiente. De manera de evitar la improvisación y lo que puede ser peor otorgarle un segundo aire a un sombrío neochavismo que a no dudarlo estará al acecho.  Véase las más recientes experiencias frustrantes que representan los procesos de recuperación democrática operados en Nicaragua luego del primer sandinismo y el Perú postfujimorista.


domingo, julio 22, 2018

Entrevista al amigo e historiador Tomás Straka en el "2001" sobre Simón Bolívar


LA CONVERSA.HISTORIADOR TOMAS STRAKA. GUSTAVO ORTIZ97


Roberto Romanelli | rromanelli@bloquedearmas.com
Aunque otros gobiernos y mandatarios manipularon la figura de Simón Bolívar a través de la historia, el chavismo lo usó como un factor de división de los venezolanos, lo que “ha hecho que sectores importantes de venezolanos se estén distanciando de Bolívar, sobretodo los más jóvenes, y gente que hasta le está teniendo rabia a Bolívar”.
Así lo expresa el historiador y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Tomás Straka, en vísperas de un nuevo aniversario del natalicio del Libertador.
El investigador añadió que por esta “identificación en una bandería política" de la imagen de Bolívar, “la connotación bolivariana en Venezuela que era de por si positiva, se ha diluido en términos de la sociedad”.
“Muchos se han dado cuenta de lo peor que puede haber en el culto a Bolívar, asi como había cosas positivas, podía tener consecuencias negativas, entonces, la gente se asustó del constructo, del artefacto de Bolívar, miren como esta forma de narrar, de explicar la historia, se ha traducido en esta forma de entender la realidad y de gestionarla”, dijo en alusión a la situación actual.
¿Qué podemos reivindicar de Bolívar que pueda servir para hacer avanzar al país?
Lo primero que habría que subrayar es su carácter de venezolano universal. Bolívar, de lejos, tuvo una ejecutoria, un protagonismo en la historia americana que le da una proyección universal, en el sentido de expandir la libertad y los derechos de los ciudadanos. Indistintamente de las observaciones que pudieran hacerse desde el 2018 a Bolívar, y las críticas que se hicieron en su momento -porque Bolívar no tuvo una aprobación unánime ni tenia porque tenerla- pero tal vez de cara al porvenir, la posibilidad de que desde las oportunidades que daba una Venezuela muy restringida, muy pobre, muy aislada del mundo como era la Venezuela del siglo 19, se pueden hacer ejecutorias que empujan realmente o ayudan a empujar a la sociedad a una civilización mas amplia de libertad e igualdad para todos. Creo que Bolívar une en eso.
¿Qué es lo más dañino que se ha hecho con Bolívar, no sólo en este régimen?
Convertirlo en una especie de dogma, de dios tutelar, convertir el bolivaniarismo como dijo (el abogado e historiador) Luis Castro Leiva, en una teología, la teología bolivariana. Es decir agarrar a Bolívar como un héroe para todas las cosas, en base a lo cual Bolívar es una especie de bola de cristal donde cada quien ve reflejado lo que quiere y en esa suerte de saco de sastre la gente mete la mano y toma el pedazo de Bolívar que más le convenga. Esto tuvo muchas consecuencias negativas, una de las cosas negativas de esa conversión de Bolívar en ese dios tutelar de la sociedad venezolana es que apuntala al personalismo. Todos nuestros presidentes o nuestros dictadores han querido verse a si mismo como una especie de segundo Bolívar, lo dicen deliberadamente. Entonces, la construcción de ese culto a Bolívar es una emanación que se retroalimenta con el culto a la personalidad, buscar salvadores, buscar un hombre providente que resuelva todo, está íntimamente relacionado con la educación que recibimos los venezolanos ante Bolívar.
¿Es un culto a la personalidad?
Bolívar fue un hombre capaz de todo, del cual habría que esperar todo lo bueno, al que había que obedecer acríticamente, un hombre que era perfecto, un hombre sin fisuras, ese modelo del hombre perfecto a cuya ausencia se atribuye muchos de los males de Venezuela, es un terreno fértil para que la gente busque otro hombre perfecto. La construcción del personalismo está intímamente vinculado con ese culto a Bolívar que en última instancia es un culto a la personalidad.
¿Bolívar no sustituye la figura del Rey?
En buena medida hay de esto, ¿Qué ocurre? ya había un terreno, unas condiciones propicias para que ello ocurriera, más o menos en el mundo había el culto a Napoleón, el culto a Washington, son los referentes que se toman para comenzar en vida el culto a Bolívar, es decir las acusaciones de personalista, de que era un rey, de no fomentar el equilibrio, arranca con Bolívar en vida, pero en nuestro caso eso se va a vincular además con la necesidad de que la República tenía que buscar alguna legitimidad que estaba asociada o que ocupara el espacio que había dejado vacío la ausencia del rey.
¿Habría que redimensionar a Bolívar?
Que una sociedad tenga héroes no es un problema en sí mismo. Que tenga un héroe máximo no es un problema en si mismo. El problema es el uso, la dimensión que tiene ese culto al héroe y las consecuencias que puede tener por ejemplo cuando no promueve determinados valores. Entonces redimensionar el culto a Bolívar en función del venezolano excepcional que fue, un hombre con realizaciones importantes que tuvo, entendiéndolo en los justos límites de un hombre que por muy excepcional al fin y al cabo era hombre y que tenía ideas que no tenemos que aceptar como un dogma de fe sino que son ideas que son merecedoras de ser discutidas, de ser comprendidas pero no de ser obedecidas como un libro sagrado, creo que ese redimensionamiento puede ser positivo.
¿Qué significado tiene Bolívar ahora, con dos bandos que lo reivindica para sí?
Bolívar ha tenido muchos significados a través de la historia, porque cada régimen se ha cosido un Bolívar a la medida, desde el Bolívar magistrado católico, con ese catolicismo que impulsaba la Iglesia bajo la figura del cardenal Humberto Quintero, al Bolívar de López Contreras que era exaltado como la base posible para una ideología nacional que sirviera para contrarrestar lo que el veía como las ideologías extranjeras, un Bolívar anticomunista, al Bolívar de Chávez como uno de los precursores del socialismo, nos damos cuentas que hay muchos Bolívar posibles. Es una especie de dios como Krisna, el dio hindú que cuando le piden que enseñe todos sus rostros, tiene millares de rostros distintos.
Hoy, en Venezuela, ocurre una cosa que no había ocurrido nunca, el exceso de utilización de Bolívar en el discurso político, los excesos a los que se ha llegado con el culto a Bolívar y su identificación con una bandería en particular, el chavismo, ha hecho que la suerte de la imagen de Bolívar esté más o menos atada a la suerte del chavismo. Es decir la connotación bolivariana en Venezuela que era de por si positiva, la apelación a Bolívar como referente inapelable, el referente más alto que podíamos tener nosotros para cualquier cosa, se ha diluido en términos de la sociedad.
¿Lo convierten en un factor de división?
Sin duda porque los chavistas comenzaron a hacer algo que no era la primera vez que ocurría, eso había pasado con el partido liberal, diciendo ‘todos los que están en contra nuestra son simplemente enemigos de Bolívar y de Venezuela’. Ese es el discurso de Guzmán Blanco, lo que pasa es que Guzmán Blanco ganó la partida y tenía a su favor una abrumadora mayoría de los venezolanos, de tal manera que logró utilizarse como un discurso federal en el siglo 20. Luego viene el caso de José Vicente Gómez que decía lo mismo, ‘yo soy el auténtico interprete de Bolívar y todos los malos hijos de la patria son los que están en contra mía', él va a confundir a Bolívar consigo mismo.
Luego, a lo largo del siglo 20 habíamos logrado unificar y sacar a Bolívar del discurso político cotidiano y dejarlo para el discurso de Estado. Esto que se decidió después de la democracia del 58, de que ningún partido político podía utilizar símbolos patrios para su parcialidad porque tenía que ser un patrimonio compartido de todos los venezolanos, iba en esa dirección, de manera que a partir de la década de los 40, Bolívar termina de ser una figura de integración para todos los venezolanos.
Pero no era intocable...
No se podía cuestionar, era el dios de todos los venezolanos, precisamente por esto era una oportunidad en donde podíamos sentarnos a dialogar, tenía esa función, unificadora, esa es la función del héroe nacional, es una especie de padre de patriarca del cual venimos todos, de cuyo simiente venimos todos.
¿Eso cambió con Chávez?
Cambió con el chavismo, Bolívar va a ser el héroe de una bandería. En esto ocurren dos cosas, el chavismo nunca fue una mayoría tan abrumadora como la que había sido la que apoyó al sistema democrático, o que apoyó al guzmancismo. Chávez siempre tuvo al menos un 40% de la sociedad que no lo apoyó y que estuvo en su contra, eso no la tuvo en contra Betancourt ni Guzmán Blanco y probablemente en sus mejores tiempos, José Vicente Gómez. El enorme poder de Chávez fue que tuvo la capacidad de tomar un Estado que era todopoderoso, que tenía unos superpoderes que no tenia el Estado de Betancourt, ni de Gómez, ni de Guzmán Blanco. Eso vuelve a Chávez un hombre todopoderoso y explica porque Nicolás Maduro está en el poder -pero éste es otro tema- al Chávez y los chavistas declararse bolivarianos, hay 40% de la población que sienten por lo menos algún tipo de reserva frente a Chávez.
¿Ha encontrado algún indicio de un Bolívar como precursor del socialismo?
Bolívar es un hombre complejo, porque su pensamiento fue una amalgama de distintas cosas que él elabora con bastante originalidad para resolver los problemas concretos de esa América (...) en esa amalgama, hay aspectos en Bolívar que son muy revolucionarios, muy de vanguardia como el abolicionismo de la esclavitud o la educación popular, hay aspectos que en su momento era bastantes liberales, de avanzada, bastante democráticos, Bolívar nunca puso en duda la necesidad de las elecciones, del voto (...) junto a eso tiene otras aspectos que son bastante aristocratizantes, él quiere conseguir desesperadamente orden para un país que es un enorme desorden, (...) y ve el orden encima de cualquier cosa porque le va a permitir hacer las otras transformaciones,
Pero aspectos socialistas...
Socialista no puede ser ninguno. La verdad que ni el mismo Chávez ha dicho que Bolívar fue un primer socialista o no lo dijo de esa manera. Las principales tesis que plantea el Plan de la Patria no tienen que ver con el proyecto político de Bolívar.
¿Chávez “enchavó” o “rayó” a Bolívar?
Sin duda.
¿Quién se beneficia de eso?
Yo creo que uno de los grandes ganadores en el pensamiento, en la memoria histórica venezolana, con las limitaciones del caso, es Betancourt y los héroes de la democracia, en el año 98 nadie daba tres lochas por la democracia, ahora la gente siente como aquel que deja un trabajo o una pareja porque está muy bravo y después de no conseguir un trabajo o una pareja mejor, empieza a arrepentirse.

sábado, julio 07, 2018

Entrevista al historiador Germán Carrera Damas en "Clímax"


06/07/2018 
  
TEXTO: JESÚS PIÑERO | FOTOGRAFÍA: DANIEL HERNÁNDEZ
 foto 4 carrera damas

Han pasado 50 años desde que el historiador Germán Carrera Damas publicó su libro más emblemático, Culto a Bolívar. A sus 88 años, considera que su momento histórico es el presente y no hay otra época del pasado que le hubiese gustado vivir más que ésta. Su propia vida acompaña el devenir de la sociedad global, tanto como la venezolana. Aquí la cuenta en primera persona

Germán Carrera Damas acaba de cumplir 88 años. Su vida ha sido un recorrido por los más importantes momentos de la historia de la Venezuela contemporánea, de la que no sólo escribe como historiador, sino que además la recuerda con la emoción de un testigo de los hechos. Es escritor de más de 40 obras sobre los estudios históricos venezolanos. No hay un solo universitario de las humanidades o de las ciencias sociales que no conozca su nombre o no haya escuchado hablar de su popular trabajo sobre el Culto a Bolívar, que en este 2018 cumple 50 años de haber sido publicado por Ediciones de la Biblioteca Central.
“Yo tengo una admiración muy grande por Simón Bolívar. Considero que ha sido uno de los grandes hombres de la humanidad, no de América, ni de los siglos xviii o xix. Fue un gran hombre y yo veía con verdadero desagrado de historiador el cómo podía ser utilizado para mal dirigir un pueblo, desvirtuándolo y convirtiéndolo en una especie de pacotilla, el culto. Veía que la democracia seguía con aquellas ideas. Aquello me parecía muy peligroso, entonces publiqué un trabajito en una revista de la Escuela de Letras, Los ingenuos patricios del 19 de abril y el testimonio de Bolívar, donde digo eso, que el testimonio de Bolívar había sido utilizado para desacreditar el poder civil y enaltecer el militar. Se armó un escándalo tremendo. Porque, en un exceso mío, dije que había que liberarse del Libertador, pero en tanto testigo de los hechos, no en tanto los hechos. No entendieron o no quisieron entender y pensaron que yo quería que quemaran a Bolívar. Publicaron cosas horribles. Fíjate que en el libro yo digo que no me ocupo de Bolívar, sino del culto”.

Carrera Damas es profesor titular de la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde además revalidó su formación en el Colegio de México y en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), alcanzando el título de Doctor en la Escuela de Historia. Allí también se desempeñó como director, fundando las cátedras de Historia de la Historiografía Venezolana y la de Técnicas de Investigación Documental. Además, dictó la Cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) y la fundó en la Universidad de Colonia (Alemania) y en la UNAM (México). Trabajó en la Universidad de Florida con la Bacardy Family Chair for Eminent Scholars y es experto colaborador de la Unesco, en el comité que redacta la Historia General de América Latina y la nueva versión de la Historia del Desarrollo Científico y Cultural de la Humanidad.

Su actividad diplomática comenzó una vez fue elegido miembro de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre), bajo el gobierno de Jaime Lusinchi. Igualmente se destacó como embajador en México, Colombia y República Checa durante las presidencias de Jaime Lusinchi, Carlos Andrés Pérez, Ramón J. Velásquez y Rafael Caldera.

En 2007 fue incorporado como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, una institución a la que adversó desde joven por su defensa de la llamada Historia Patria que, según su visión, los gobiernos han utilizado para justificar sus acciones desde el siglo XIX.

“Yo escribí mucho contra la Academia Nacional de la Historia. Porque uno de los factores de atraso de la conciencia histórica del venezolano era el culto a Bolívar y ellos eran quienes administraban eso, hasta pidieron mi destitución de la universidad. No escribía por cuestiones personales, sino conceptuales. Una sociedad necesita una conciencia histórica que la estimule, no que la degrade al decir simplemente ‘cepíllate los dientes para que honres a Bolívar’. Ahora he dejado de asistir por varias razones, entre ellas el giro hacia lo que yo llamo la ‘historiografía de aeropuerto’ y ese tipo de cosas no son para mí. Cuando uno iba a las sesiones lo que trataban eran cuestiones administrativas. Una vez publicamos algunas cosas en defensa de la República porque las llevé yo escritas y ahí estaban Simón Alberto (Consalvi), Manuel Caballero y José Rafael Lovera, pero ya sin ellos volvió a ser la misma Academia que para mí no representaba nada”.

En 2018 y octogenario, sigue activo. Se dedica a dictar conferencias tanto en universidades venezolanas como extranjeras y coordina actividades de la Fundación Rómulo Betancourt.
La educación va primero

Tuve noción de la historia como a los 6 o 7 años, cuando todavía vivíamos en Caigüire (estado Sucre). Estando el régimen gomecista, recuerdo muy bien que un día mi mamá salió a donde el jefe civil a rescatar un muchacho de 16 años que lo habían reclutado, y era el único sostén de su familia. Se lo querían traer para el cuartel y ella fue allá y se lo entregaron. Ese fue quizás mi primer recuerdo de lo que significaba un régimen dictatorial y autocrático.

Luego nos trasladamos a Caracas por dos razones fundamentales:una de carácter familiar, pues era muy importante para mis padres darnos la oportunidad de estudiar porque en Cumaná no había liceos; y la otra por mi mamá, quien no quería quedarse viuda por el paludismo. Sí, así mismo lo decía. Entonces nos vinimos a Caracas donde no estaba la epidemia.

Éramos cinco hermanos. Mi padre era comerciante, muy emprendedor. Hombre extraordinariamente culto y gran lector. Es más, yo creo que le debo a él mi dedicación a la historia. Fue la persona que realmente me dio ese horizonte. Aunque no pudo estudiar, tenía una cultura muy vasta y, además de juguetes, siempre nos llevaba libros y conversaba con nosotros sobre ellos porque los leía. Yo estoy recordando a Carlomagno desde que tenía 12 años. A los 14 leí junto a él la biografía de Leonardo da Vinci y El Quijote, y esto no lo digo con jactancia. También tuve buenos profesores de primaria y, además, estaba él como un maestro permanente, pero no enseñándonos sino planteando las cosas. Había la obligación de ver cómo hacíamos para poder hablar de esos temas en casa.

Un día de 1939, a este señor, nacido en Cariaco, se le ocurre que quiere ver el mundo. Se va con mi mamá a Nueva York y estando allá se deslumbró totalmente. Tomaron un barco y se fueron a Europa. En París lo sorprendió el inicio de la guerra, lograron irse en el último barco francés que salió a Nueva York. Cuando regresaron, ya la guerra estaba en curso.
Él tenía un pensamiento democrático y, de cierta forma, yo diría que adquirí esa misma orientación. Por ejemplo: 1945. Noche del 17 de octubre. Nuevo Circo de Caracas, lleno de gente. En las gradas están Antonio Carrera con Germán Carrera. Estamos oyendo aquel famoso mitin en el que hablaron Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt. Al día siguiente inició la primera y genuina revolución en la historia de Venezuela. Yo estaba en la tribuna junto a mi papá. Tenía 15 años y sentido político.
La juventud de aquellos años tiene una diferencia fundamental con la de ahora: en aquel momento nosotros podíamos imaginar la democracia… Imaginarla. En cambio, la juventud de ahora puede recordarla. ¿Ves la pequeña diferencia? Podíamos imaginarla pero no teníamos ni la menor idea de qué era aquello. Sólo la asociábamos con el concepto de libertad, nada más. Pero ahora nosotros podemos recordarla, que es diferente.

Deslumbrado en París

Mi padre, siempre preocupado por nuestra formación, un día nos reunió y nos dijo: “Yo no puedo dejarles una herencia pero les voy a dar la oportunidad de que se preparen para su vida. Nos vamos todos a París”. Nosotros no fuimos ni con lujos ni con exceso de dinero. Buscábamos un modo de ganarnos la vida y con la mejor formación posible.

Gracias a él llegamos todos a París y allí fui donde por primera vez vi lo que era una agitación política. Te estoy hablando de julio de 1948, es decir, yo me acababa de graduar de bachiller y llego allá con 18 años. Bueno, lógicamente a mí se me produjo una especie de embriaguez política de la que no me arrepiento en lo absoluto.

En noviembre recibimos la noticia del golpe a Gallegos. Un grupo de estudiantes firmamos un telegrama dirigido a Pérez Jiménez, protestando por aquel hecho y eso significó que por 10 años no pudiera volver a Venezuela. Para esa época, los consulados tenían una lista de “indeseables” y yo estaba en ella. Entonces no pude volver hasta la caída de Pérez Jiménez. Mi papá y mi mamá sí venían, pero mis hermanos y yo no podíamos regresar.

En búsqueda de la historia

Terminé mi primer libro a los 17 años. Es una biografía de Simón Rodríguez. Yo estudiaba en el liceo Fermín Toro y tuve un maestro extraordinario, el poeta Héctor Guillermo Villalobos, que en literatura venezolana nos mandó hacer un trabajo de fin de curso. Yo hice uno como de ciento y pico de cuartillas y ese fue mi primer libro de historia.
Llegué a París con mi vocación de historiador y mi papá me decía que con qué me iba a ganar la vida, porque ser historiador era lo mismo que condenarse a la pobreza. Entonces me persuadió y entré a la Facultad de Derecho de la Universidad de París, destinado a ser como José Gil Fortoul, un abogado historiador. Marché muy bien en el primero y segundo año, ya en el tercero me planteé que no quería ser abogado. Me habían interesado esos dos años porque eran de las materias generales.

Entonces fui a Geografía, hice un semestre y vi que tampoco era mi camino. Así que presenté examen de ingreso a la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y aprobé, allí estudié dos años, pero por razones de la Guerra de Corea y la inminencia de otra guerra mundial, decidimos irnos a México.

Exiliado e indocumentado

En 1952 llegué a México. Ya era militante del Partido Comunista, pero cometí el peor error que puede cometer un comunista: estudiar a fondo el humanismo marxista. Yo soy de los sobrevivientes de El Capital y llegó un momento en el que me di cuenta que ese humanismo marxista, como todos los humanismos, es un cuerpo doctrinario en torno a un valor fundamental para el hombre: la libertad. La libertad del trabajo humillante, de la credulidad y de la superstición. El poder ser libre del sometimiento al despotismo. Entonces, yo me preguntaba qué hacía allí si estaba en un partido que buscaba la dictadura del proletariado con un centralismo absoluto y el abandono de la libertad.

Pero convivía con los comunistas exiliados. Tenía visa de estudiante y había que renovarla cada año. Gracias a la corrupción administrativa, había un señor al que le entregaba el pasaporte, le daba 200 pesos y entonces me quedaba encerrado en mi apartamento cuatro o cinco días, mientras lo mandaban a la frontera con Guatemala y allí el cónsul le ponía un sello de salida y entrada. Así yo tenía un año más y cuando por fin llegaba el pasaporte podía salir, sino me detenían como indocumentado. Era duro, pero no me arrepiento.

“Señor, el decano lo llama”

Fue cuando regresé que conocí a mi segunda esposa. Yo estuve casado primero en México con una venezolana, pero ella se fastidió de mí porque siempre andaba metido en los libros, y se divorció. Después conocí a Alida, ella era secretaria de la Biblioteca Central y había sido candidata en el Miss Venezuela de 1956. Salía en la revista Élitecon fotografías y todo eso. Era la mujer más bella que yo había visto, y eso que yo venía de Francia. Me condenó a 50 años de felicidad. Ella murió cuando cumplía 80 años como yo, en 2010. Tuvimos dos hijas: Gabriela y Daniela.

Regresé a Venezuela en mayo el 58, pero repatriado. El gobierno mandó un avión a México a buscar a los exiliados. Yo sólo conocía a una persona en toda la Universidad Central de Venezuela (UCV): el director de la Biblioteca Central, porque habíamos sido compañeros en el Fermín Toro. De resto no conocía a más nadie. Mi destino era ser profesor de la UCV pero también ser un historiador. Lo que se me planteaba era el problema de ser un comunista historiador o un historiador comunista. Podía ser un comunista que escribiera cosas de historia, pero también podía ser un historiador afiliado al Partido Comunista. Como yo quería mi libertad, no elegí ni lo uno ni lo otro.

La persona que dirigía el Colegio de México era Alfonso Reyes, un humanista mexicano con quien yo hice buena amistad. Un día me dijo: “Carrera, tengo entendido que te regresas a Venezuela porque ya cayó la dictadura” y me entregó una carta para que se la diera a un amigo suyo, Juan David García Bacca, el decano de la Facultad de Humanidades y Educación. Era una carta cerrada que se la di a la secretaria del Decanato. Me tardé unos minutos haciendo no recuerdo qué y, cuando voy a bajar las escaleras, la muchacha me detiene: “Señor, el decano lo llama”. Al entrar a la oficina, me encuentro a García Bacca leyendo la carta. Se voltea hacia mí y me dice: “Yo no sé cómo ni dónde pero desde este momento usted trabaja aquí. Tenga esta carta y guárdela”.

En la carta, don Alfonso hizo un gran elogio mío en unas pocas líneas. Eso fue en mayo de 1960. Entonces me designó como auxiliar de investigación en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos, dirigido por Eduardo Arcila Farías, con un fabuloso sueldo de 500 bolívares mensuales. Ya yo estaba casado, tenía una hija y el apartamento me costaba 750. También escribía algunas cosas en los periódicos y corregía algunos libros, hasta de cocina.

Haciendo historia

Nunca pensé en ser embajador. Todo empezó cuando me nombraron en la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre), como director de la Subcomisión de Reforma Institucional. Yo le pregunté a Ramón J. Velásquez el porqué de mi nombramiento y él, como perfecto andino, me dijo: “Es que yo leí unas cosas tuyas y quería ver si funcionaban”. En la Copre pasé de escribir historia a hacer historia.

Un día me llamó Simón Alberto Consalvi, canciller de Jaime Lusinchi, y me dice que el presidente me ofrecía la Embajada de Venezuela en México pero que respondiera ya. No me quedó más recurso que decir “Bueno, Canciller, en realidad, lo he pensado detenidamente y creo que sí”. Después me dijo que había una condición, que no se lo dijera a nadie hasta que el Presidente lo anunciara. Así que llegué a mi casa y no le dije nada a nadie porque la primera virtud de un diplomático es la discreción. En la mañana sonó el teléfono y Daniela se enteró. Yo no le había dicho ni a Alida y ya los periodistas lo sabían.

Duré 13 años y medio como embajador y ni siquiera me preguntaron si estaba inscrito en un partido. Cuando le pregunté a Lusinchi: “Presidente, ¿por qué me nombró usted como embajador en México?”, él me miró y me dijo: “Porque hablas el idioma”. Bueno, es verdad, yo había sido compañero universitario de muchos de los funcionarios de cancillería mexicana y tenía muy buena relación con ellos.

Ningún Presidente me exigió juramento de fidelidad, ni me pidió cuenta de mi concepción política. Es más, recuerdo cuando Ramón J. Velásquez fue presidente provisional, yo vine de Colombia y le dije: “Presidente, ¿qué tiene usted resuelto para mí?”, porque él podía destituirme y nombrar a otra persona. ¿Sabe lo que me respondió mi amigo? “Mientras yo esté aquí, usted estará allá”. Yo valoro mucho la autenticidad. Y eso requiere que uno asuma la responsabilidad de sus actos. Pero no por vanidad, sino por autoestima.
Recuerdo que en enero de 1999, una delegación llegó a la oficina del consulado. Conversamos sobre algunas cosas y nos dimos cuenta de lo que se avecinaba para el país. Esa misma noche le dije a Alida: “Creo que nuestra vida diplomática está por terminar”. En la mañana llamé al presidente Rafael Caldera y le dije: “Presidente, apenas entregue la banda, por favor solicite mi retiro”. Él me preguntó por qué y yo le dije que no quería ser parte del período que venía para Venezuela.


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