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miércoles, mayo 11, 2022

Sin la Batalla de Jarkov en 1942 no habría existido la de Stalingrado

Sin la Batalla de Jarkov en 1942 no habría existido la de Stalingrado

Carlos Balladares Castillo

Publicado el 11 de mayo de 2022 en El Nacional

En este momento Rusia ataca Jarkov (Kharkiv), ciudad que durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) sufrió cuatro batallas (hoy analizaremos la segunda por cumplirse el 80 aniversario). Es la segunda ciudad de Ucrania y en tiempos de la SGM era la cuarta mayor poblada de la Unión Soviética (URSS). Su situación era considerada estratégica por ser el centro de la red de ferrocarriles y la llave de las regiones del Donbas (hoy en disputa en la guerra entre Rusia y Ucrania), el Cáucaso, Crimea y la zona fronteriza ruso-ucraniana. Desde esos tiempos poseía una importante industria armamentística (aviones, tanques, morteros, ametralladoras), siendo la más famosa la que producía el tanque T-34 (diseño del ingeniero Mijal Koshkin en 1940), aunque la misma pudo ser desmantelada y enviada más allá de los Urales y después del conflicto volvió a ser reinstalada en su lugar de origen.

No conozco ninguna película sobre la Segunda Batalla de Jarkov (del 12 al 28 de mayo de 1942) aunque sí varios documentales sobre la Tercera del año 1943, pero en cambio la historiografía es abundante y con la grata sorpresa de un reciente trabajo del historiador francés Jean Lopez (especializado en lo militar y el Frente Oriental) publicado en enero del 2022 hasta ahora solo en francés: Kharkov 1942 le dernier désastre de l’Armée rouge. Al realizar un exhaustivo análisis de la misma llega a afirmar la idea que establecimos como título; en pocas palabras, marcó lo que sería la última gran ofensiva de la Wehrmacht en la URSS: “la Operación Azul” (Fall Blau) y que llevaría a su mayor derrota: Stalingrado.

En nuestro último artículo (primera semana de febrero) sobre la situación en el Frente más importante de la SGM, explicamos cómo la contraofensiva de invierno del Ejército Rojo (1941-42) se había detenido por agotamiento de los junto a un empeoramiento del clima. Pero especialmente por la falsa percepción de Iosif Stalin y la Stavka (Alto Mando) al considerar que el Ejército alemán se había debilitado tanto que podían hacerlo retroceder de manera ininterrumpida. Este gran mal de los dictadores (creerse invencibles) lo padecía también Adolf Hitler, y esto se observó no solo en la Invasión de la URSS en 1941 sino en los nuevos planes para el verano del 42. De esa forma podemos leer en su Directiva N° 41 del 5 de abril (“Operación Azul”): “La campaña de invierno en Rusia toca a su fin. (…) Constituye para las armas alemanas un éxito defensivo de gran significado”; para después agregar lo que entiende por tal: “El enemigo ha sufrido enormes pérdidas de material y efectivos. (…) Ha desperdiciado durante el invierno la masa de reserva que destinaba a ulteriores operaciones”. Una vez más considera que la URSS ya está derrotada y lo único que daría la estocada final sería arrebatarle el combustible de su maquinaria de guerra en los pozos petrolíferos del Cáucaso (principal objetivo de Fall Blau).

La Segunda Batalla de Jarkov vendría a ratificar su errado diagnóstico y la del “mito del general invierno” (explicado en nuestra serie de noviembre y diciembre del 2021), es decir, la creencia que la Wehrmacht no puede ser derrotada por el Ejército Rojo cuando no cuenta con el apoyo del clima. Y ni siquiera usando ingentes cantidades de armas y soldados, porque en esta batalla bajo el comando del mariscal Simeón Timoshenko (y con el comisario político Nikita Jrushov), tendrán el doble de soldados (750 mil) que los alemanes y el triple de tanques (1200 aproximadamente). Los soviéticos intentarán aprovechar el saliente de Izium al sur de Jarkov para tomar la ofensiva y capturar la ciudad, pero no contaban que los preparativos de Fall Blau que había reunido al VI Ejército del general Friedrich Paulus muy cerca y el I Cuerpo Panzer del general Ewald von Kleist.

Los soviéticos atacaron el 12 de mayo tratando de rodear a los alemanes y avanzaron los primeros cinco días, pero la resistencia germana fue decisiva y el dominio del aire por parte de la Luftwaffe que con sus Stukas machacaban al Ejército Rojo que no tenía donde protegerse. El día 17 comenzaría la contraofensiva con el peligro de convertir el saliente que se había extendido en una bolsa, de inmediato Timoshenko solicitó a Stalin que aprobara la retirada pero este se negó sellando el desastre. El 24 de mayo se logró el cerco y los soldados desesperados intentaban superarlo logrando escapar solo un 10 % de los mismos. Las pérdidas soviéticas fueron impresionantes (entre 200 y 240 mil soldados, con todo su equipo: más de 1000 tanques, entre otros). Los alemanes solo habían tenido 20 mil bajas con tan solo 100 tanques destruidos. Hitler y sus generales creían volver a “los tiempos de las grandes victorias” de la Operación Barbarroja pero con el agregado de obtenerlas ahora a un bajo costo humano y material. La “Operación Azul” parecía no equivocarse en su diagnóstico, pero no se observó que los rusos aunque habían sido derrotados se les habían adelantado a los planes.

Nos falta antes de tratar el inicio formal de Fall Blau la toma de Sebastopol por parte del Tercer Reich, ambas cumplen su 80 aniversario en el próximo mes de junio. La semana que viene retomaremos el Frente del Mediterráneo con la situación del Sitio de la isla de Malta y la ofensiva del Zorro del Desierto.

miércoles, junio 24, 2020

"La extraña derrota" de Marc Bloch. El 80 aniversario de la Invasión a Francia (VIII)

Amazon.com: La extraña derrota: Testimonio escrito en 1940 ...
El 80 aniversario de la Invasión a Francia (VIII)

Carlos Balladares Castillo

Un día como el lunes (22 de junio) pero de hace 80 años se le ponía punto final a la Batalla de Francia por medio del armisticio firmado en Compiégne, que fue el mismo lugar y dentro del mismo vagón donde se acordó el fin de la Gran Guerra. Se mantendrán algunos pequeños combates por unos días más, en especial contra los italianos y en la Línea Maginot contra los alemanes. Es por ello que consideramos el momento para hacer una revisión de la historiografía que ha intentado explicar las causas de la tragedia. Pero por la brevedad del espacio solo nos dedicaremos a la obra que consideramos marca el camino y es la primera: L’étrange défaite/ La extraña derrota. La primera por el momento de ser escrita (entre julio y agosto de 1940) y porque su autor es el historiador francés (padre de la Escuela de los Annales): Marc Bloch (1886-1944). A pesar de combatir y por tanto verse afectado por la capitulación, de inmediato se puso a investigar el hecho histórico (hizo verdadera historia actual) con objetividad, afirmando que la principal causa era la militar (incapacidad de la alta oficialidad en preparar y hacer la guerra) pero también la política. “El triunfo de los alemanes fue fundamentalmente una victoria intelectual”.

En los anteriores artículos nos dedicamos a las fuentes primarias (especialmente memorias) para explicar la campaña desde la perspectiva alemana, inglesa y francesa. Dichos textos tuvieron cerca de una década o poco más para ser meditados y corregidos a partir del conocimiento del resultado final. L’étrange défaite no contó con estas ventajas y es impecable y sus conclusiones marcaron las futuras interpretaciones. Charles De Gaulle en sus Memorias de guerra (1955) confirma el factor que hemos resaltado, y que Bloch enfatiza: el apego a las doctrinas nacidas de la Primera Guerra Mundial: las defensivas. Asumieron la tecnología pero no en lo que respecta a la velocidad y el movimiento sino en la defensa, y de allí nació aquello en lo que pusieron toda su confianza y que los llevó al desastre: la Línea Maginot. Pero el historiador también agrega: “Nosotros hemos librado una guerra de ayer o de anteayer. (...) Nos basamos en nuestra historia colonial, de la azagaya contra el fusil. En esta ocasión, sin embargo, los primitivos hemos sido nosotros.”

Bloch va más allá y enumera un montón de errores que se acumularon en la preguerra e hicieron del Ejército una organización, que a pesar de ser mayor en divisiones e incluso armas que las del enemigo, se volvió lenta e inoperante. Y la principal culpa está en la élite militar y política, que era incapaz de escuchar las críticas. De Gaulle nunca dejó de hacerlas e incluso llegó a expresiones de insubordinación en enero de 1940. Es por esto que el historiador habla de una guerra que no se pensaba, organizaba o lideraba; porque el ejército tenía un deficiente servicio de información con comunicaciones que no asumieron la tecnología de la época y que se perdía en un gran papeleo y montones de cargos. Y era incapaz de renovarse al mantener el culto a una gerentocracia: a los generales que ya era viejos en la Primera Guerra Mundial, y que vivían solo para pelearse entre sí.

9781400044733: Suite Francaise - IberLibro - Nemirovsky, Irene ...Pero el autor no solo se dedica al tema militar sino que al seguir investigando la conducta del resto de la sociedad francesa examina cada sector por separado, y llega a una sola conclusión: la derrota tiene sus raíces en el abandono de la principal máxima de la Revolución: ningún francés asumió lo que es ser un ciudadano, que en fin de cuentas es lo mismo que el vivir en República. Y cuando la República necesitó de él, éste solo pensó en sus intereses más particulares, muchas veces egoístas y frívolos como muestra esa maravillosa novela escrita en el mismo momento que lo hizo Bloch con su ensayo. Nos referimos a Suite Francesa de Irene Nemirovsky. El historiador habla de una absurda distinción entre el soldado y el civil en el marco de una guerra de ocupación que pretendía barrer con los valores existenciales de Francia. Esta diferencia llevó a “éxodos sin sentido”. Los obreros con sus sindicatos seguían empeñados en sus reivindicaciones laborales en plena guerra sin pensar en los sacrificios necesarios para la victoria. La prensa y los intelectuales se aburguesaron y no solo monopolizaron la información y el conocimiento (no desarrollaban la crítica y dejaban que los mitos dominaran a las mayorías) sino que despreciaban a los sectores bajos.

Todo francés era responsable pero los que tenían mayor responsabilidad fueron los dirigentes, y ligado a ello está tanto el régimen político de la Tercera República pero también la burguesía. Era un sistema incapaz de manejar los conflictos, y que se había anquilosada burocráticamente. Los partidos ya no representaban al pueblo sino a sus cúpulas (¿les suena?) y la clase alta al despreciar al resto de la sociedad y a los partidos dejó de tener patriotismo.

La esperanza de liberar a Francia y reconstruirla el historiador la ve en los Aliados y en los jóvenes respectivamente. La libertad vendría de un rescate, de una invasión que expulsara a la dictadura tanto del Tercer Reich como de sus camaradas franceses liderados por el mariscal Petain. Marc Bloch no sobrevivirá a la guerra, pero mientras tuvo vida siguió escribiendo y formando, y cuando ya no pudo seguir con su oficio asumirá la lucha en la Resistencia; pero lamentablemente será capturado y fusilado, y dicen que en ese momento final con su último aliento gritó: “¡Viva la France!”

miércoles, abril 17, 2019

¿Para qué sirve la historia? (y II) (nuestro artículo de los miércoles en "El Nacional")


¿Para qué sirve la historia? (y II)

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Nuestra anterior entrega inició la revisión del título del último libro del historiador francés hispanoamericanista: Serge Gruzinski (1949), el cual publicó en el 2015 y yo he leído en su traducción al español del 2018 de mi querida Alianza Editorial; y que ahora finalizaremos. La segunda mitad del texto desarrolla el tema de la mundialización, el cual ha sido tratado por el autor en otras de sus obras. Se puede decir que es el problema al cual ha dedicado un mayor esfuerzo de investigación, centrándose en su origen en la expansión española y portuguesa de los siglos XV y XVI. Nuestro énfasis al estudiarlo, nos recomienda, está en construir una “historia global” que se base en cómo las sociedades, civilizaciones o localidades desarrollan “articulaciones y conjuntos”. Y cómo esos “ensamblajes humanos, económicos, sociales, religiosos o políticos homogenizan el globo o se resisten al movimiento”. Otra perspectiva que recomienda es “mundializar” el momento de la expansión europea al comparar su contacto, no solo con las sociedades “conquistadas” (civilizaciones amerindias) sino también con China y la creciente tensión con el Islam.

Gruzinski critica el eurocentrismo en el estudio de la historia, plantea su superación pero “sin caer en una historia-mundo que aplaste toda lectura bajo la losa de hormigón de las generalizaciones ni olvidar que ningún punto de vista puede prescindir de un anclaje”. La historia comparada podría ser este “anclaje” recordando que parten de una temática común que permita al historiador “enfrentarse con los períodos y los espacios” que facilitan “el analizar situaciones radicalmente diferentes o que comparten rasgos similares. Teje entonces, por analogía, vínculos entre sociedades separadas por océanos o por siglos”. La historia de la mundialización, recomienda, no puede caer en una perspectiva de confrontación aunque se aplaudan viejos esquemas de la etnohistoria que permitió visibilizar los conquistados. Y esto porque “ni las víctimas ni los vencedores son siempre los mismos,” de manera que “Ya no vale el esquematismo de los discursos sobre la alteridad cuando el horizonte global diversifica casi hasta el infinito las posiciones y las confrontaciones.” Una propuesta en este sentido sería estudiar a los ibéricos del siglo XVI en dos posiciones distintas: América y China, y allí se descubrirá que no siempre ocupan los mismos lugares del viejo esquema conquistados y conquistadores. Otra crítica que realiza es a los análisis en términos de centro y periferia las cuales “en realidad ya dejan de tener sentido”.

En los argumentos del autor creemos ver la idea que la mundialización es una forma una occidentalización del resto de las culturas. No es la exclusiva imposición de la cultura de Europa (eurocentrismo) sino una forma de mestizaje tanto de personas como de los elementos materiales y culturales. Occidente a partir del siglo XVI dejó de ser una cultura europea homogénea gracias al contacto con otras civilizaciones. Es cierto que el uso de la razón, la ciencia, el Estado moderno, los derechos humanos, la democracia-liberal y el capitalismo (¡y el cristianismo! ¿por qué no?) dieron sus primeros pasos en Europa; pero en contacto o en choque con el mundo. Y estos factores son universales y por ello los ha asumido el resto de la humanidad. No son monopolio de Occidente. Es que al final: “La historia de la humanidad se mide a golpe de grandes experiencias mestizas. La helenización del Oriente antiguo tras las conquistas de Alejando, la romanización del Mediterráneo, etc.”

Mi crítica al texto es que no percibí una unidad sistemática. Es más una obra que reconoce y debate el problema, ofreciendo unas primeras propuestas metodológicas más no historiográficas para lograr la superación del eurocentrismo y el establecimiento de una visión que permita comprender y explicar a nosotros los “glocales” la mundialización. Es verdad que el autor nos advirtió desde el principio que éste no sería su tema, que no quería hacerlo porque estos debates “solo conciernen a círculos de especialistas”, pero uno se queda esperando más. Y entonces “¿para qué sirve la historia?”: es claro que Marc Bloch ya nos había respondido: para comprender. Lo que Gruzinski ha resaltado y agregado, es que desde la afirmación de su compatriota el mundo se ha complejizado de tal forma que los viejos esquemas nos han tendido a dejar perplejos y sin respuestas ¡no sirven! ¡ya no comprendemos nada! Las nuevas “miradas” desde la historia mundial ha querido ser el aporte del autor en un intento de ofrecer luz en un presente confuso en un exceso de imágenes e información. En mi caso, como iberoamericano y venezolano - padeciendo la aplicación de la ideología marxista con sus terribles consecuencias humanitarias –, su lectura me ha permitido sentir cierta esperanza al percibir otra crítica superadora de los viejos esquemas de la historiografía nacida de Carlos Marx.

Nota de Semana Santa: nos habría gustado dedicar un artículo en solitario a los importantes días que transcurrimos pero teníamos que concluir el comentario bibliófilo. De modo que, en sintonía con el libro reseñado, decimos unas pocas palabras. Recomendamos la vivencia de la semana más importante del cristianismo, una religión de extensión mundial gracias a la primera globalización que lograron los europeos en el siglo XVI con especial protagonismo de los que hablan el mismo idioma que uso al escribirles. Somos ibéricos y cristianos mestizos, pues ¡vamos a vivirlo con orgullo y profundidad! ¡Vaya a su misa y/o récele al Dios Amor del cual somos hechos a imagen y semejanza!

miércoles, abril 10, 2019

¿Para qué sirve la historia? (I) (nuestro artículo de los miércoles en "El Nacional")


Resultado de imagen para para qué sirve la historia gruzinski¿Para qué sirve la historia? (I)

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Es el título del último libro del historiador francés hispanoamericanista: Serge Gruzinski (1949), el cual publicó en el 2015 y yo he leído en su traducción al español del 2018 de mi querida Alianza Editorial; y que ahora haremos una breve reseña dividida en dos entregas. La pregunta se inspira en el inicio de un texto “canónico” para nosotros los historiadores: Apología de la historia (1944) de Marc Bloch (1886-1944) donde su hijo le pide que profundice en la respuesta. Ahora sirve de pretexto para su actualización, y nos recuerda la primera respuesta de Bloch que es la misma que doy junto a todos mis colegas: la historia nos fascina, nos emociona, nos genera un inmenso placer. No es solo el conocimiento. Pero ciertamente ambas no son suficientes para explicar tamaño esfuerzo, que en el caso de los universitarios de Venezuela en esta terrible crisis es mucho mayor.

El autor le agrega otra cuestión: “¿qué historia debemos enseñar a las nuevas generaciones nacidas entre finales del siglo XX y principios del siglo XXI?” Y especialmente ¿qué pasado exponer a los que provienen de diferentes orígenes, que son mestizos, que son hijos tanto de los vencedores como los vencidos de los procesos de conquista? Se pregunta por el problema de una historia eurocéntrica que se ha desarrollado hasta ahora en medio de creciente mundialización y que considera algunos factores como meta única: el progreso, el Estado, la democracia, etc. ¿se puede seguir con esta forma de “relatos”? ¿cuáles son las formas de contar el pasado que se están globalizando hoy en día? La mirada del autor se fija en las formas de comprender el presente que se usan hoy para intentar identificar las relaciones entre el pasado y el futuro. Es esta la función de los historiadores: ver las tendencias a lo largo del tiempo, las relaciones de los hechos en el tiempo.

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Un aspecto que me atrajo desde el principio fue usar en su “Prefacio” un epígrafe tomado de un blog, para después pasar a la valorización de la fotografía y el cine, de sus creadores (directores según el autor) como especies de historiadores que también “pueden producir pasados”. Pero también señala la influencia de la serie Game of thrones como una forma de mostrar más que un pasado medieval un futuro donde el fin del “imperio americano” genere la ausencia de un poder estable. También están las celebraciones de hechos que cumplen fechas redondas: centenarios o décadas, o inauguraciones de juegos (mundiales de fútbol, etc.) que reconstruyen la historia desde la perspectiva no Occidental. El mejor ejemplo fue la ceremonia de apertura de las Olimpíadas del 2008 en Pekín la cual fue diseñada por el director de cine Zhang Yimou (1951) y en la cual nos señala Gruzinski: “su trama se basa en la idea de continuidad entre un presente radiante y un pasado imperial”, retomando las invenciones chinas reconocidas por Occidente (el papel, la pólvora, la brújula, la ruta de la seda) pero no señala el cliché de que no supieron aprovecharlo sino que eran “los signos anunciadores de un destino grandioso”. Y se refiere a los viajes por los océanos del almirante Zhen He (1371-1433) del siglo XV, como una forma de mostrar que la relación de China con el mundo no es algo nuevo.

En lo relativo al cine señala que es un formato que junto a otros (cómics, videojuegos, internet, etc.) está desplazado o generando una fuerte competencia al libro como el dispositivo para historiar y fijar la memoria de los pueblos. “Lo escrito y la imagen constituyen dos modos de representación diferenciados, pues cada uno tiene su léxico, su sintaxis, sus ventajas y sus carencias.” Pero Gruzinski critica la poca importancia que le dan los historiadores al cine como un medio para interpretar la historia. Las películas ofrecen un carácter testimonial, un impacto inmediato, y una fácil explicación del “encadenamiento implacable de causas y efectos”. Valora a directores como Bela Tarr (1955), Lars von Trier (1956) y muy especialmente al Aleksander Sokurov (1951) del cual no solo resalta sus películas sino sus documentales, porque éste sabe que “no existe un archivo en estado puro, que siempre está construido y que no se puede confundir un documento con el acontecimiento del que es emanación o reflejo”. El cine resulta un excelente medio para la historia, porque ella siempre es una “construcción, donde la mayoría de las piezas del rompecabezas se han perdido para siempre y que por lo tanto hay que inyectar indefectiblemente en él un orden cualquiera acompañado de una dosis alta, a menudo no revelada, de plausibilidad y de imaginación.”

Otro factor que el autor trata es que para entender la actual mundialización, que “nos inunda de imaginarios y múltiples pasados” no solo por la diversidad local y regional sino también por lo explicado anteriormente: la diversidad de soportes, hay que estudiar su origen el cual está en la expansión española y portuguesa de los siglos XV y XVI. Fue a partir de este momento que se consolidan las dimensiones humanas (mestizaje), materiales (circulación comercial mundial y primeros pasos del capitalismo) e imaginarias (iusnaturalismo, escolástica española, etc.) de Occidente. Por esta vía recomienda a construir una “historia global” que se base en cómo las sociedades, civilizaciones o localidades desarrollan “articulaciones y conjuntos”. Y cómo esos “ensamblajes humanos, económicos, sociales, religiosos o políticos homogeneízan el globo o se resisten al movimiento”. El gran problema de esta meta es qué lenguaje usar para explicar esta historia en cada “entorno cuyos legados son tan diferentes y están situados en posiciones tan distantes”. Otra perspectiva que recomienda es “mundializar” el momento de la expansión europea al comparar su contacto, no solo con las sociedades “conquistadas” (civilizaciones amerindias) sino también con China y la creciente tensión con el Islam. No repetir la tradicional revisión de la América colonial, la Europa del Renacimiento o el Mediterráneo otomano.

No nos ha parecido correcto hacer una reseña tan corta de un libro tan denso, de manera que la semana que viene daremos una respuesta “final” a la gran pregunta que se ha hecho Serge Gruzinski.

jueves, enero 10, 2019

A propósito de la Historia Actual y la imagen del pasado que nos transmite GOT

Al leer al historiador francés Serge Gruzinski en su última obra (2018, ¿Para qué sirve la historia?) me he llevado una gran impresión debido al valor que le otorga a algunas series y películas la función de ser generadores de un imaginario en lo que respecta a nuestra visión del pasado, del presente y del futuro. Entre ellas señala a Game of thrones como muestra de nuestra idea de la Edad Media pero también de un peligroso presente-futuro. En este sentido les dejo algo de los que nos enseña esta maravillosa serie. Lo tomé de su página en facebook. 
                                                                                          Profeballa

miércoles, agosto 29, 2018

Muere el historiador Josep Fontana (les dejamos 3 artículos sobre el historiador)


Josep Fontana, la huella de un investigador
Josep Fontana fue un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia
La victoria franquista en abril de 1939 y las posteriores décadas de dictadura se manifestaron, por lo que a la historiografía se refiere, en la imposición de una perspectiva reaccionaria y antiliberal que ignoró en todo momento la esfera socioeconómica y que levantó un poderoso dique de contención frente a las nuevas corrientes en las ciencias sociales occidentales y los análisis de fuerzas anónimas y colectivas.
Cuando en los últimos años de la dictadura pudo salirse poco a poco de esa miseria, no había, sobre la edad contemporánea, tradición historiográfica que reivindicar y se tuvo que aportar en unos pocos años todo un nuevo repertorio de hipótesis, problemas y estudios empíricos. Josep Fontana fue uno de los primeros en hacerlo y sus investigaciones sobre la crisis del Antiguo Régimen y las transformaciones del siglo XIX español le convirtieron, ya desde comienzos de los setenta, en un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.
En una profesión muy dada a la especialización y a las preocupaciones microscópicas, Fontana demostró dominar un amplio campo de acción. Cuando la historiografía y la teoría de la historia apenas formaban parte del aprendizaje del historiador, publicó Historia. Análisis del pasado y proyecto social (1982), tratado pionero en España. Casi 50 años separan La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), publicada en 1971, de su última obra, El siglo de la revolución.Una historia del mundo desde 1914 (2017). Cinco décadas, en suma, de investigaciones, hipótesis, teorías y preguntas sobre el quehacer del historiador.
Pero la huella de Fontana va mucho más allá de su obra y de su trayectoria como profesor universitario. Desde la editorial Crítica, de la mano durante muchos años de Gonzalo Pontón, acercó al público español a algunos de los historiadores más distinguidos del mundo, desde Eric Hobsbawm a E. P. Thompson, pasando por Mary Beard, Pierre Vilar o David S. Landes. Su currículo está lleno de libros, artículos en revistas científicas, decenas de conferencias en América Latina y, sobre todo, charlas en los centros de educación secundaria.
En los últimos años fue discutido por otros historiadores por su defensa del marxismo, por su compromiso político y por sus ideas acerca de España y Cataluña, expuestas en escritos y entrevistas en medios de comunicación. Disputas y desprecios al margen, muchos le recordarán por sus fecundos escritos sobre la España contemporánea y por su rechazo de la historia como una serie de grandes acontecimientos orquestados por los grandes hombres. Ahora parece fácil asumirlo, pero en las universidades españolas de los años setenta eso sonaba a música subversiva.


OBITUARIO
Muere a los 86 años Josep Fontana, el historiador "rojo y catalanista"
De raíz marxista y crítico con la transición política en España, fundó el Institut d'Història Jaume Vicens Vives
Barcelona - Martes, 28/08/2018 | Actualizado el 29/08/2018 a las 00:45 CEST
¿Para qué sirve un historiador? Josep Fontana, fallecido en Barcelona este martes a los 86 años, tras una larga lucha contra el cáncer, podía y sabía explicarlo bien. Analizar el pasado para iluminar el presente, ordenar el caos para tratar de entenderlo, saber de dónde venimos para intuir hacia dónde vamos. Conocer los problemas supone abrir una puerta para resolverlos. Y siempre, siempre, el rigor tiene que ver con no manejar la interpretación de los hechos con un criterio meramente partidista, que no ideológico. Dedicarse a ello le llevó a ser uno de los historiadores más influyentes y una figura clave en la implantación de la moderna historiografía en España.
Fontana se definía como un rojo catalanista, lo que puede parecer una contradicción pero él sabía explicarlo. Apuntaló con sus estudios la existencia histórica de una identidad catalana y pese a la pérdida de fuelle de la izquierda -militó en los 50 en el PSUC y se desencantó a principios de los 80- no dejó de mantener una actitud socialmente crítica, un compromiso cívico que le llevó en los últimos años a presentarse en las listas de Ada Colau de Barcelona en Comú al Ayuntamiento de Barcelona y declarar sus simpatías por la CUP, aunque ningún partido político le complacía por completo.
También pesaba su propia historia: el recuerdo de cuando vio una bandera de España por primera vez, en enero de 1939, cuando uno de aquellos marroquís reclutados por Franco asaltó la casa de veraneo familiar en Valldoreix. Esos recuerdos reverdecían cuando hablaba del nacionalismo español insuflado por el PP.
Fontana (Barcelona, 1931) se crió entre libros porque su padre los vendía en una librería de lance de la calle Boters en Ciutat Vella y él solía echarle una mano. Acostumbraba a decir que la historia aprendida en la escuela, descorazonadora y simplista, no le predisponía a acabar siendo un historiador. Pero es lo que ocurrió. Primero, Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, para acabar en la especialidad de Historia en 1956. Solía contar que la verdadera historiografía se la tuvo que buscar fuera de las aulas, con el historiador Ferran Soldevila, en las clases que impartía este en el salón de su casa tras ser depurado por el franquismo, y sobre todo con Jaume Vicens Vives, que fue uno de sus grandes maestros. Fue Vicens Vives quien descubrió a aquel alumno brillante y le presentó al hispanista francés Pierre Vilar, el autor de ‘Catalunya en la España Moderna’, con quien Fontana conectó en sus postulados marxistas.
Así que méritos no le faltaban cuando empezó a dar clases en la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona y a destacarse como uno de los historiadores jóvenes, claves en la aportación de nuevos métodos -la ciencia de la historia- a la comprensión del pasado que a principios de los 60 empezaba a implementarse en las aulas universitarias. En ese sentido, sus contactos tanto en la Sorbona parisina como en Liverpool fueron decisivos para su anclaje en la modernidad.
En 1966 fue expulsado de la universidad por su militancia comunista, más tarde ocupó plaza en la de Valencia, en la Autónoma de Barcelona de la que fue decano y finalmente creó y dirigió el centro de investigación Jaume Vicens Vives en la Pompeu Fabra, donde se jubiló en el 2001. Pese a ello y ya como profesor emérito no dejó de publicar y de interpretar los acontecimientos políticos y la crisis económica de los últimos años.
La bibliografía del historiador se mueve desde lo particular a lo universal. Empezó estudiando las transformaciones económicas del antiguo régimen en el siglo XIX tanto en España como en Catalunya, ahí están los libros que cimentaron su fama: 'La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820', 'Hacienda y Estado' y 'La crisis del Antiguo Régimen' (1808 -1832), así como 'Aribau y la industria algodonera en Catalunya'. Junto a estos, también supo cultivar ensayos divulgativos que los expertos leían con agrado y que los lectores recibían agotando ediciones. Es el caso de 'Europa ante el espejo' y sobre todo 'Por el bien del imperio' (publicado en la editorial de su amigo Gonzalo Pontón, Pasado y presente), posiblemente su obra más ambiciosa y la que mejor retrata cómo se sentía alguien que participó de la utopía del cambio social y ha acabó viendo cómo el capitalismo salvaje ha ido diluyendo la sociedad del bienestar que se perfilaba tras la segunda guerra mundial. De ahí que encima de su mesa de trabajo estuviera siempre rampante un cartel anarquista de Carles Fonseré con el lema: 'Aplastar al fascismo'.
Libros para entender el mundo 
‘LA QUIEBRA DE LA MONARQUÍA ABSOLUTA (1814-1820)’ 1971
El más prestigioso de los libros de Fontana, explica con un enfoque total la crisis del Antiguo Régimen: el proceso del que surgió la España Contemporánea. Se ha reeditado en 1987 y 2002.
‘EUROPA ANTE EL ESPEJO’ 1994
Con rediciones en el 2000 y el 2013, narra cómo Europa ha construido una conciencia de colectividad.  Una visión desmitificadora de la historia de Europa, desde la Grecia clásica hasta la actualidad.
‘POR EL BIEN DEL IMPERIO’ 2011
Con el subtítulo de ‘Una historia del mundo desde 1945’, se la considera una obra de de referencia para entender la historia posterior a la segunda guerra mundial: la guerra  fría, la caída de la URSS...
‘L’OFICI D’HISTORIADOR’  2010
Ensayo historiográfico del 2010 y reeditado en el 2018 sobre cómo Fontana entendía la manera de ejercer el oficio de historiador: útil y, sobre todo, como un compromiso con el mundo.
LA FORMACIÓ D'UNA IDENTITAT 2014
Publicado en el 2014 y actualizado en el 2016, el libro indaga en cómo se ha formado el sentimiento identitario catalán desde el siglo VIII hasta la actualidad.

Muere a los 86 años el historiador Josep Fontana
El profesor emérito de la Pompeu Fabra era uno de los grandes renovadores de la historiografía española

Josep Fontana en una entrevista en 2017. ALBERT GARCIA
Josep Fontana, uno de los grandes renovadores de la historiografía española y dueño de un inusual compromiso cívico, murió ayer en Barcelona a los 86 años tras mucho tiempo de estoica lucha contra un cáncer al que él, siempre atareado, siempre incansable, hizo el menos caso posible.
Fue quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España al compararlo por vez primera con lo que ocurría en Inglaterra o Francia en el XIX. También fue quien mejor ha leído desde la península la globalidad del siglo XX. Su credo nació de un libro que su padre le dio cuando apenas tenía siete años. El hombre era propietario de una librería de viejo en la calle Boters, en pleno centro histórico de Barcelona. Era, le dijo al niño, para que empezara su propia biblioteca, que con los años acabaría compuesta de unos 50.000 libros que donó en su mayor parte a la Universidad Pompeu Fabra. Conservó 15.000 volúmenes hasta el último día en su casa para seguir trabajando. Lo leyó siempre todo.
La obra clave de aquel regalo paterno fue uno pequeñito, ilustrado y que siempre conservó, de Ferran Soldevila. Sería uno de sus tres maestros. En los años 50 acudía a sus clases clandestinas de los Estudios Universitarios Catalanes, que Soldevila impartía en el comedor de su casa. De él, decía, aprendió que “tras un documento hay seres humanos con sentimientos y problemas”. Los otros dos faros serían Jaume Vicens Vives —“una isla de modernidad en un mar de carcas retrógrados” en la universidad franquista; él le inculcó la conciencia cívica (“me hizo ver que se puede servir al país a través de la ciencia de la Historia”)— y Pierre Vilar, al que llegó por generosidad de Vicens Vives cuando éste vio que no podía satisfacer el hambre intelectual de su discípulo. 
Un credo tatuado desde la infancia
El credo íntimo que hacía definirse a Fontana (Barcelona, 1931), desafiante en estos tiempos de neoliberalismo salvaje, como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”, lo llevaba tatuado desde su infancia, forjada por el recuerdo de los bombardeos durante la Guerra Civil “duros, porque buscaban el Palau de la Generalitat, que estaba muy cerca de casa, por eso íbamos al mismo refugio del palacio” Y, claro, por la propia actitud del padre, que en una librería anterior, en la calle de la Palla, acogía a un grupo ligado al Bloc Obrer i Camperol. “Sí, crecí en un ambiente inequívocamente catalán y de izquierdas”. La consecuencia: un rápido compromiso de joven con la lucha clandestina que le llevaría al PSUC. Como fue norma en él, decisión de lógica aplastante: “Era la fuerza más eficaz para liquidar el franquismo y unía principios sociales con la mirada de la autodeterminación”. Una fiel coherencia que mantuvo entre 1957 y 1980, cuando abandonó el partido.
Con Europa ante el espejo (1994) o Por el bien del imperio. Una historia del mundo consiguió notoriedad y prestigio dentro y fuera de España
Recién licenciado en Letras y ya fichado por Vicens Vives, que se lo llevó de ayudante junto a otra promesa, Jordi Nadal, Fontana inició una rauda y brillantísima carrera en la flamante Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona, que le llevó muy pronto a ser un año (1956) assistant lectureren la de Liverpool, lo que se tradujo en el acceso a una bibliografía inimaginable en la España de los 50. Ni la expulsión en 1966 de la universidad por su militancia comunista truncó una trayectoria que, con los años, le llevaría a ocupar la cátedra de Historia Económica en las universidades de Valencia (1974-1976), de la Autónoma de Barcelona (1976-1991, donde fue también decano y vicerrector) y de la Pompeu Fabra.
Su figura creció como experto irrefutable del modelo de transición del Antiguo Régimen hacia el capitalismo y la formación del mercado peninsular. De ahí partieron algunos de sus libros fundamentales, como La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, de 1971, Hacienda y Estado, 1823-1830 o La crisis del Antiguo Régimen (1808-1832). El truco siempre era el mismo: documentación de fuentes casi siempre inéditas, exhaustivas bibliografías consultadas  y una interpretación sagaz que, encima, exponía de manera clara y brillante.
El credo profesional de quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España parte de media docena de libros que su padre le dio cuando tenía 7 años
Títulos como esos o Aribau y la industria algodonera en Cataluña podrían dar una imagen de erudición y aridez extrema. Nada más lejos de Fontana, siempre excelente y riguroso divulgador, como pueden testimoniar las decenas de profesores de bachillerato a los que impartía Historia cada sábado por la mañana o los miles de alumnos que le escucharon en unas clases que tenían su puesta en escena: puntual, se sacaba el reloj de pulsera y lo dejaba reposar a la derecha de los folios que contenían la materia de la jornada que siempre llevaba escrita, como sus intervenciones en los tribunales académicos, lo que quizá explique su ingente producción de prólogos (superan los 150).
Vital en su labor divulgadora fue su función de editor en la sombra, primero en los años 70 en el sello Ariel y luego en el de su amigo editor Gonzalo Pontón, Crítica. Ahí remachó su labor de introductor en España de escuelas historiográficas renovadoras inspiradas en buena parte en el marxismo: la de los Annales, los propios Vilar y Eric Hobswam, E. P. Thompson, George Rudé, Michele Vovelle, Marc Bloch, Albert Soboul… Pero también gracias a él se dio la recuperación de textos del presidente de la República española Manuel Azaña, como el sincero Memorias políticas y de guerra. En esos despachos inventaba títulos, rehacía traducciones o redactaba contracubiertas sin que se le cayeron los anillos de catedrático.
Se definía como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”
Como sus maestros Soldevila y Vicens Vives, Fontana también acabó saltando de siglo y plantándose en su actualidad. Y con ambición porque “uno no puede estudiar el rinconcito en el que vive sin conocer las corrientes que le rodea”, sostenía. Por eso, a partir de los años 90 su bibliografía de más de más de una veintena de títulos se amplió con una historiografía universal que tuvo su primer gran hito en Europa ante el espejo (de 1994, con 12 traducciones) y que remachó de una manera tan espectacular como omnívora en Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011), seguramente la mejor mirada peninsular a la Guerra Fría y sus consecuencias, y en donde se aprecia el dominio de fuentes, aún con las nuevas tecnologías de por medio, que el ya veterano historiador mantuvo hasta el último día.
Sabedor de su solidez intelectual, no exento de cierta dureza que contrastaba con su generosidad para con estudiantes y entidades populares (a los que solía atender en la mesa de cristal de su domicilio atiborrado de libros y carteles en su modesto barrio de siempre, Poblesec), Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones. Así, no dudaba en señalar que en la Transición española “el juego estaba trucado, se cometieron errores serios: los políticos no estaban dispuestos a defender ya los mismos principios que habían dicho a la gente, ni a luchar por lo que se defendía en la clandestinidad; se le dijo a las fuerzas sociales que ya podían volverse para casa”. Por eso quizá apoyó a la formación de Barcelona en Comú de Ada Colau, cerrando en 2015 simbólicamente su lista: “No eran un partido, querían administrar el Ayuntamiento, no aprovecharse de sus recursos para alimentar el partido como hacen los demás”. O por ello también mostró sus simpatías hacia la CUP, movimiento “limpio y sincero”, si bien con “un programa más para hacer la revolución que para hacer una política parlamentaria y eso es un problema”. Ciudadanos le parecía “de los más peligrosos: es un invento catalán que engarza con la tradición de nuestra gran burguesía, que cuando ve obstaculizados sus intereses, se pasa al enemigo; ya lo hizo en 1936”.
Sabedor de su solidez intelectual, Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones
Con Bertolt Brecht como guía
A pesar de tener la Creu de Sant Jordi en 2006 o haber escrito hace apenas tres años un tan exitoso como inequívoco La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (“El ‘Som i serem’ de la sardana La Santa Espina es una línea perdurable de la identidad catalana”; “uno sólo puede separarse si el otro acepta que te separes”; “los catalanes sólo pueden seguir luchando; llevamos así 500 años; no hay otra salida”, ha dicho en diferentes ocasiones sobre el Procés), su contundencia también la dirigió hacia determinado nacionalismo catalán, como el representado por Artur Mas: “Su giro catalanista lo hizo porque era salvador para él”. Del resto del mundo, lo tenía, cómo no, muy claro: veía en la última gran crisis económica “la gran mentira de las políticas de austeridad; se llegó a ella por la degradación de las condiciones de trabajo y la paulatina aplicación de reformas laborales que han eliminado derechos y menoscabado la capacidad de reacción de los trabajadores”, dudaba de la supuesta estabilidad económica actual, veía en la inmigración el gran problema presente y futuro y admitía: “Sí, están ganando los ricos”.
Fiel a su concepto de que “la Historia ha de ser un análisis crítico de los acontecimientos” y de que su estudio “debe ayudar a crear una conciencia de la Historia”, en la pared de su cargadísimo despacho colgaba un poema de Bertolt Brecht que, de algún modo, él con su labor había dado sentido: “Quien todavía esté vivo que no diga jamás: lo que es seguro no es seguro. Todo no será siempre igual. Cuando hayan hablado los opresores, hablarán los oprimidos. El que haya caído, debe levantarse, el que haya perdido, debe luchar. ¿Quién podrá detener al que conoce la verdad? Porque los vencidos de hoy son los vencedores de mañana, y el jamás se va a convertir en ahora mismo”. Decía que le gustaba volver a esas palabras.


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