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martes, octubre 13, 2020

Historiador venezolano Jorge Bracho: “Los europeos inventaron América”

 

Jorge Bracho: “Los europeos inventaron América”

Cuando se cumplen 528 años del encuentro de dos mundos, el historiador reflexiona sobre América y sus contrastes. Cuestiona el debate invasión versus descubrimiento: América es una invención europea producto del azar

Jesús Piñero

12 de octubre de 2020 12:46 pm

 

Ni descubierta, ni invadida. América es una invención de Europa. Con este planteamiento el historiador mexicano Edmundo O’Gorman cuestionaba la obsolescencia de la historiografía mexicana sobre el tema, en un libro con el mismo nombre, publicado en 1958. El estudio desechaba la visión del descubrimiento de América, señalando que, cuando Cristóbal Colón partió de Puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, no lo hizo con intención de dirigirse hacia América porque no existía. América es una construcción de Europa, pues quienes habitaban ese territorio no lo concebían como tal, como la idea que vino después.

Una idea que tomó forma gracias al azar: en 1507 se publicó el primer mapa del continente; y, aunque ya se le denominaba de América, el nombre sólo se refería a su sección meridional, a la América del Sur. La autoría del trabajo recayó en Martin Waldseemüller, un cartógrafo que, al publicar los escritos de Américo Vespucci, lo creyó el descubridor de estas tierras. Tres décadas y un año después, en 1538, otro cartógrafo, Gerardus Mercator, publicó un mapamundi en el que incluyó la parte septentrional del continente americano. Así empezó a diseñarse una construcción que, 5 centurias más tarde, es un concepto ambiguo.

La ambigüedad americana es notable. Por ejemplo, los estadounidenses se denominan a sí mismos como americanos, pese a que el gentilicio agrupa a los otros 34 países que hoy conforman el continente. La cuestión se complica más cuando pensamos en América Latina como concepto, pues, si bien lo latino pareciera evocar a la lengua, Canadá no se encuentra incluido y allí el francés figura como una de las lenguas oficiales. Pasa lo contrario con Belice que, aunque su idioma oficial es el inglés, sí aparece incluido en algunas versiones del continente. Y es que definir a Latinoamérica no es fácil, entre los países hay diferencias sustanciales, más allá de las generalizaciones sobre sus habitantes.

“El otro occidente”, así se refirió a la región el historiador italiano Marcello Carmagnani, porque el subcontinente se ha mantenido al margen del desarrollo de otros confines, hijos también de la civilización occidental. Así nació el discurso de la inconformidad, el del espejo enterrado como lo llamó Carlos Fuentes: nos sentimos occidentales hasta que vemos el desarrollo de Europa y de Estados Unidos.

El historiador Jorge Bracho, doctor en Cultura y Arte Para América Latina y El Caribe por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), donde es profesor titular jubilado, reflexiona sobre América y sus contrastes, a la luz de los 528 años que se cumplen hoy de aquel suceso que cambió el mundo.


Foto: Daniel Hernández

—El debate descubrimiento versus invasión parece seguir vigente, a pesar de que una cosa no niega la otra. Usted qué dice, ¿descubrimiento o invasión?

—Sí, exacto, una cosa no niega la otra. Yo, honestamente, creo que eso fue una invasión. Claro, ¿cuáles son los nombres que se le dieron posteriormente? Descubrimiento porque fue la perspectiva del europeo. Pero también vale la perspectiva de quienes estaban aquí. El historiador búlgaro Tzvetan Todorov escribió un libro llamado Nosotros y los otros donde dijo eso: que además de una invasión fue un descubrimiento. La que cosa es que aquí a uno le exigen que eso fue así, una invasión nada más porque sí, porque si no, no amas a tu país o a tu continente. Hay historiadores serios que lo plantean. Por ejemplo, Marcello Carmagnani tiene un libro que se llama El otro occidente: América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, donde dice eso, que fue una invasión. Y después vino la colonización, la conquista y la evangelización. Es más, el historiador Edmundo O’Gorman alude a una metáfora, la de invención de América, porque fue así. Los europeos inventaron América. Ellos fueron los que la reconocieron como tal, como el continente que reconocemos hoy. Una invención.

—Claro, es una invención en el sentido de que las personas que habitaban este territorio no lo concebían así, como es concebido desde del siglo XVI.

—Exactamente, porque es que fue como lo concibieron ellos, porque en esa época, inclusive, la asociaban con las generaciones de Noé: Asia con Sem, Europa es Jafet y África es Cam. Esas eran las referencias que se tenían. Cuando Cristóbal Colón se topó con estas tierras, dijo que el mundo era como una teta de mujer, como una pera, como el paraíso terrenal. Eso demuestra que es una invención europea. Él vio en estos espacios territoriales una virginidad perdida, aunque Colón exageró en algunas cosas para poder volver. Así lo hicieron también Américo Vespucci y Alonso de Ojeda, exageraron sobre los recursos. Sólo que Vespucci se dio cuenta de que esto era un mundo nuevo y no las Indias.

—Ese reconocimiento hecho por Américo Vespucci, ¿fue lo que le concedió su nombre al territorio? Porque Colón, aunque llegó primero, figura después.

—Sí, pero fue obra de la casualidad. Hay tesis que dicen que Vespucci fue un malvado que le robó a Colón su descubrimiento, pero él no tuvo nada que ver con eso. El primero que difundió en el mundo el nombre de América, y que dijo que había sido obra de Américo, fue Martin Waldseemüller, un cartógrafo trasladado a Saint-Dié (actual Francia), donde un duque había comprado una imprenta. Él era un hombre especialista en griego y en latín, de hecho, su apellido es una creación de él mismo. Entonces, allá decidieron publicar los escritos de Ptolomeo, pero también les llegaron los escritos de Vespucci, de quien pensaron que era el descubridor de América. Fue, entonces, cuando se le colocó el nombre con el género femenino, tal como existían los otros tres. Él lo dio a conocer en 1507, con la publicación de la Introducción a la cosmografía, que eran escritos de Vespucci con una introducción de Waldseemüller. Quien determinó esto fue Alejandro de Humboldt. Él concluyó que el nombre fue producto de una casualidad, del azar.

 

—Y evocamos mucho a ese azar. ¿Por qué Latinoamérica sigue enfrascada en ese tema? Es muy recurrente volver al pasado y hablar de la invasión.

—Hay un libro de Hannah Arendt que se llama Entre el pasado y el futuro. Ella decía allí que en el mundo moderno se empezaron a reduplicar cosas de la época romana. Una de esas tuvo que ver con el momento fundacional, que debe tener hitos creíbles, en este caso, la imagen del indígena. A través de ella se intenta convencer de que fue una invasión y todo eso. Es esa imagen del indígena sometido por la Corona española lo que sirve como idea de emancipación. Y eso no es nuevo, en 1825 se reeditó el libro de José de Oviedo y Baños precisamente por eso. Lo que pasa es que hay usos de la historia. El pasado se utiliza para justificar tiempos actuales. Eso es común dentro de los conflictos políticos que existen dentro de las comunidades nacionales. Eso se ha utilizado bastante para hablar realmente si fue o no un descubrimiento que, para los europeos, sí lo fue.

—Precisamente, no es nuevo. A finales del siglo XIX, cuando se cumplieron 400 años del hecho, hubo una reconciliación con España por el mestizaje.

—Sí, porque eso tiene que ver también con los sectores sociales y quienes lo están defendiendo. Antes se tenía considerado que el indigenismo era mucho más fuerte por la presencia fenomenológica, que era lo que se veía a simple vista, por eso empezaron hacerlo los peruanos y mexicanos: José Carlos Mariátegui y José Vasconcelos, por ejemplo. Eso de la América indoespañola. En Venezuela también hubo voces que evocaban ese tipo de cosas. Al igual que el negrismo brasileño y antillano. Pero, después, la mayoría de los letrados y publicistas de esa época, por el tema del cuarto centenario de la invasión, empezaron a decir que no, que era parte del mestizaje. La cosa es que hoy la palabra mestizaje es denigratoria.

—¿Por qué es denigratoria la palabra mestizaje?

—Porque ahora hablan de afrodescendencia y la idea primigenia de mestizaje tiene que ver con lo indígena y con lo blanco nada más. Lo que pasa es que utilizan al humillado a través de la afrodescendencia, pero eso lo que hace es excluir porque ellos piensan que el problema de la afrodescendencia tiene que ver solamente con el fenotipo, con el color de la piel y no es así. En uno de los libros de la Colección Bicentenario, fuerzan muchas cosas, mezclan a Simón Bolívar con la afrodescendencia, sólo porque Bolívar llegó a decir que hasta los mismos españoles eran africanos. Pero ellos no lo manejan en ese sentido, ellos lo utilizan desde la negritud, desde el negro esclavo, para legitimarse con el pasado. Intentan decir que en Venezuela hubo una discriminación racial como la hubo en Estados Unidos, y no, eso es muy distinto. Eso, en la región, ha sido un problema más social que racial. Los conflictos no se miden por los hechos brutos, sino por las elaboraciones conceptuales de imaginación de representaciones del otro. Pero es así como se justifican situaciones. Y eso lo hacen con la figura del indígena.

—El mestizaje permite, tal vez, definir a América Latina, que es un concepto ambiguo, construido desde afuera, porque desde dentro la realidad es otra.

—Sí, América Latina es un concepto ambiguo que surge en el siglo XIX. Fueron los latinoamericanos que estaban en París y en Madrid quienes forjaron ese concepto. Un concepto que España no aceptó con facilidad, porque para ellos era la América hispana. Otra cosa que fomentó eso fueron los orígenes que no estaban nada más entre los indígenas sino también en el mundo occidental, entonces, a través de lo latino nos vinculamos a Occidente y nos incorporamos. Hubo situaciones en América Latina que derivaron cada vez más en mayor diferenciación con la América septentrional o anglosajona. Usted se pone a comparar a la América del Sur con la América del Norte en el siglo XIX, y estaban a la par: había conflictos similares. Sólo que eso empezó a diferenciarse a partir de la segunda mitad de ese siglo. Un hito fue la Guerra hispano-estadounidense, donde España fue derrotada. Entonces, ese discurso sobre la mala madre empieza a cambiar e inicia la reconciliación con ella, ahora es la madre patria.

—A pesar de ese contraste, primero con Europa y ahora con Estados Unidos, el latinoamericano persigue ese modelo de desarrollo, pero es inconforme. 

—Sí, es el espejo trizado, una metáfora que utiliza el sociólogo chileno José Joaquín Brunner, pero ya de eso había hablado Carlos Fuentes. Y eso lo dijo Bolívar en algún momento, se dio cuenta: la Carta de Jamaica te dice que nosotros no estábamos preparados para la independencia y el Manifiesto de Cartagena también te lo dice, que los acontecimientos en Europa aceleraron esta situación. Es sintomático que uno pueda ver esa idea en alguien que se tiene como un ícono de la nacionalidad. Y hay toda una literatura de finales del siglo XIX y principios del XX sobre eso: Rufino Blanco Fombona, Eduardo Blanco. Verte extraño ante la realidad, aunque nacieras acá. Ese discurso disconforme, descontento, el espejo trizado, está plasmado entre los positivistas, los llamados modernizadores, porque no se sentían a gusto con la realidad regional, por eso a mí me causa suspicacia cuando la gente habla de identidad y de venezolanidad. Mucha gente sigue creyendo que la identidad es algo sustantivo y no un uso. Son cortes de la realidad, eso tiene que ver con los gustos. Tú puedes decir lo que no te gusta de la historiografía, que nació vinculada a un proyecto excluyente, pero eso no significa que vas a exagerar e incluir a ciertos actores que no estuvieron presentes. No se puede porque hay todo un credo historiográfico que impide eso.

 

 

 

 

https://elestimulo.com/jorge-bracho-los-europeos-inventaron-america/

 

miércoles, mayo 01, 2019

“La fiesta del chivo” y los tiempos que vivimos (y II) (mi columna de los miércoles en "El Nacional")


Resultado de imagen para vargas llosa y trujillo“La fiesta del chivo” y los tiempos que vivimos (y II)

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

El 27 de febrero pasado publicamos el primer comentario sobre la lectura conjunta de La Fiesta del Chivo (2000) de Mario Vargas Llosa con mis alumnos del curso sobre Historia de Iberoamérica. Tal como dije, la discusión se haría en dos momentos, y ahora nos tocó el segundo el pasado lunes 29 de abril, y les ofrezco la reseña de la misma junto a las respectivas conclusiones. La primera de ella es que la considero la mejor novela histórica. Fue mi impresión en el año 2000 y lo es ahora con esta relectura. Y en sus últimos capítulos lo demuestra al explicar el fracaso del golpe que vendría después del asesinato del dictador Rafael Leonidas Trujillo el 30 de mayo de 1961, y donde Joaquín Balaguer (1906-2002) jugará un papel fundamental para iniciar un proceso de transición democrático. Su accionar en los momentos álgidos a penas se sabe el asesinato, representa una trama digna de los mejores capítulos de Juego de trono.

La experiencia de su lectura en el aula me confirmó que el uso de las novelas históricas para debatir, ilustrar, explicar y animar a los estudiantes a comprender la historia y las teorías sociológicas y políticas, es una excelente estrategia. A pesar de que muchos no la leen y tienden por optar el revisar los resúmenes o sus adaptaciones cinematográficas. Los que la leyeron quedaron fascinados, pero la mayoría tendió a generalizar los regímenes autoritarios y confundirlos con los totalitarismos. E incluso señalar que en Venezuela se dan todos los rasgos de este sistema de gobierno pero “que no nos enteramos”. Hice un esfuerzo para volver a explicar las diferencias, resaltando que los autoritarismos no totalitarios – además de concentrar el poder eliminando el Estado de derecho - buscan evitar que los gobernados participen en política, pero en los totalitarios en cambio el dominio es total, es decir: se llega hasta el control de la conciencia y el cuerpo. Es por ello que en la Fiesta del Chivo se describen estos dos aspectos de manera magistral aunque extremadamente cruda.

El control total tiene como medio y fin el envilecimiento de los gobernados, y esto se logra por medio de la propaganda y el terror. La vida de cada persona siempre está al filo de la navaja y nos hacen creer que la única manera de “salvarnos” es con una mayor entrega al Jefe. Es lo que se relata a partir del capítulo 13 con la destrucción de la vida de uno de los más cercanos colaboradores del dictador: el senador Agustín Cabral, el padre de la protagonista: el personaje de ficción: Urania Cabral. Los hechos que se empiezan a suceder a partir de este momento simultáneamente con el asesinato del tirano pero con la captura de los conspiradores salvo uno de ellos (Antonio Imbert, 1920-2016). El comienzo de una nueva lucha por el poder como herederos entre Balaguer y el hijo más despierto de Trujillo: Ramfis (1929-1969). Lucha donde lo internacional y en especial Estados Unidos tiene un papel fundamental sin pegar un tiro. Todos ellos generan un final muy emocionante.

La novela me hizo pensar que a pesar de un gran rechazo popular a un gobierno, siempre quedan algunos grupos que terminan por adorarlo, más aún si es un sistema totalitario con pretensiones de serlo: como era el de Trujillo y como es el de la Venezuela del presente. En la cultura iberoamericana hemos vivido (¡y vivimos tristemente en el presente aunque en menor grado!) esa visión mesiánica, que en el relato se describe perfectamente con el siguiente párrafo: “Trujillo es una de esas anomalías e la historia. Carlomagno, Napoleón, Bolívar: de esa estirpe. Fuerzas de la Naturaleza, instrumentos de Dios, hacedores de pueblos. Él es uno de ellos. Hemos tenido el privilegio de estar a su lado, de verlo actuar, de colaborar con él. Eso no tiene precio.” Ningún ser humano puede ser considerado de esta forma, y mucho menos doblegar nuestra consciencia y vida ante él. Pero lamentablemente hay personas que han sido enajenadas por un terrible aparato de propaganda y terror.

La mayor conclusión, que está íntimamente relacionada con lo que padecemos los venezolanos hoy, es que un régimen autoritario sea o no totalitario siempre daña a los gobernados. Nadie es impune a sus acciones, pero especialmente si sufrimos su violencia en un mayor grado (torturas, asesinatos de familiares y seres queridos, etc.). El resentimiento, el odio, el envilecimiento, la alienación; el despertar de lo que en la doctrina católica llamamos: el pecado original que no es más que las tendencias a la maldad de todo ser humano; será su principal consecuencia en nosotros. Debemos combatir su siembra con todas nuestras fuerzas. De lo contrario, un nuevo tirano volverá al poder y nosotros ayudaremos a ello. No lo permitamos jamás. Para ello debemos dedicar todos nuestros esfuerzos en construir, fortalecer y consolidar las instituciones y la cultura democrática.

Resultado de imagen para guaidó en la carlotaNota de actualidad: Cuando mando este artículo todavía no sabemos en qué concluirán los sucesos que se iniciaron en la mañana del martes 30 de abril, en el cual un grupo de militares ha apoyado al Presidente Juan Guaidó y éste ha llamado al pueblo a la calle. Solo una cosa me parece clara: es una prueba más de la inestabilidad política del país, en especial en el aspecto que habíamos dudado últimamente: el militar; y muy especialmente el crecimiento del liderazgo de Guaidó. Éste ha demostrado algo que es muy valorado en la cultura política iberoamericana: el coraje al asumir un gran riesgo de cara a un objetivo. Pase lo que pase, esto resta fuerzas a los que detentan el poder, los cuales demuestran lo contrario al mantenerse alejados del tradicional centro geográfico de la política en Venezuela: Caracas. ¡Dios, el Pueblo y la Comunidad Internacional nos ayuden a recuperar la democracia y la prosperidad en nuestra Patria!

miércoles, abril 24, 2019

¿Qué piensan los jóvenes venezolanos de la Revolución Cubana?


¿Qué piensan los jóvenes venezolanos de la Revolución Cubana?

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Al dictar un curso de historia de Iberoamérica considero que el estudio del siglo XX debería estar centrado en el proceso de democratización. Dicho proceso ha sufrido muchos problemas pero entre ellos son tres obstáculos los fundamentales: el pretorianismo, el populismo y el comunismo. Antes de tratar el comunismo el cual se hace protagónico en nuestro continente con la Revolución Cubana (1959-actualidad), realicé una evaluación exploratoria o entrevista sobre el conocimiento previo a mis jóvenes estudiantes. Cuando estudié pregrado en los noventa mis compañeros de clases no tenían tan mal estima al régimen de Fidel Castro en Cuba. Ahora que soy el profesor quise identificar cómo una nueva generación que había vivido en Venezuela bajo un gobierno cuyo principal modelo es el cubano “miraba” tanto los hechos que le dieron origen como la sociedad que generaron.

Las preguntas que les hice a cada uno (más de 50 alumnos) fueron tres, y solo podían responder con una oración en cada caso. La primera: ¿qué significado tiene para ti la Revolución Cubana? De todas las respuestas que dieron solo tres no usaron algún calificativo negativo, señalando que fue una revolución con un gran impacto en el mundo y la región la cual estableció un régimen comunista. La inmensa mayoría le dio adjetivos como: fracaso, pobreza, tragedia, desgracia, peste, dictadura, error, retroceso de la libertad, atraso, violación de los derechos humanos, etc. El cambio con mi generación ha sido radical. Me pregunto: ¿teníamos que aplicar un sistema cercano al castrismo para llegar a estas conclusiones? ¿no había manera que el estudio de la historia nos ayudara a prever el peligro? Pero la pregunta más importante que me hago a partir de las respuestas anteriores: ¿aprenderemos la lección? ¿nos vacunaremos en relación a modelos parecidos? En el caso de estos jóvenes la aversión es inmensa. De total horror ¿cómo la amenaza nazi o comunista en la Europa de post-Segunda Guerra y post-Guerra Fría? El tiempo lo dirá.

La segunda pregunta fue: ¿cuándo y cómo se instaló el régimen de la Revolución cubana? La inmensa mayoría sabía que fue a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, y aunque escribieron “con la llegada de los Castro” no tenían claro la forma. Y la última pregunta fue: ¿cuál fue el impacto de la Revolución cubana en Iberoamérica? Algunos señalaron que la destrucción de Venezuela, la mayoría resaltaron el comienzo de los conflictos en la región ante la imitación por muchos políticos de la Revolución. Pero en general no conocían de la proliferación de guerrillas que quisieron emularlas ni la reacción en su contra, de modo que se puede hablar de una guerra civil en nuestro continente con diversas intensidades en cada país.

A partir de estas respuestas es evidente que el interés por el tema existe. Será más fácil explicar y estudiar los detalles en relación a los mecanismos por medio de los cuales la Revolución cubana generó todos estos males. Pero muy especialmente por su capacidad de mantenerse en el poder por tanto tiempo (60 años hasta el presente). Considero que este aspecto es el más importante para aprender como científicos sociales y como ciudadanos amantes de la democracia, las libertades y la dignidad de cada persona humana. Cada vez que pienso en Cuba me aterra el hecho de su longevidad ¡Dios y el pueblo nos amparen! ¡La libertad está en nuestras manos!

miércoles, febrero 27, 2019

“La fiesta del chivo” y los tiempos que vivimos (mi artículo de los miércoles en El Nacional)


“La fiesta del chivo” y los tiempos que vivimos

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Es la primera vez que llevo La fiesta del chivo (2000) del gran Mario Vargas Llosa a las aulas. Lo hice con la intención de animar a mis alumnos a la lectura con la que considero la mejor novela histórica (sobre el dictador Rafael Leonidas Trujillo, la cual les permitirá una primera aproximación al fenómeno del personalismo político en especial el iberoamericano en el siglo XX. Era el pretexto para desarrollar temas de historia política y social. El método usado fue darles un tiempo prudente para un primer “encuentro” (los 12 primeros capítulos) y después unas semanas para la otra mitad del texto, ya hicimos el primero y nos faltaría el segundo (les contaremos, Dios mediante, en otro artículo). No lo niego, tengo mis razones para elegir éste libro, no solo las que ya dimos sino también que el mismo me animó a dedicarme al estudio de los autoritarismos por ser uno de los mayores males de la humanidad, principalmente los más radicales: aquellos que como dice el personaje: Urania Cabral: hacen que los que están cercanos al poder (¡o incluso “el país entero”!) pierdan “los escrúpulos, la sensibilidad, el menor asomo de rectitud. ¿Era ése el requisito para mantenerse en el poder y no morirse de asco? Volverse un desalmado, un monstruo…” (capítulo VII).

Al principio, después de preguntar por el autor y el contexto histórico de la República Dominicana, pedimos algunas impresiones sobre la lectura y las técnicas literarias usadas. Fue evidente que cada tres capítulos se repiten tres historias paralelas que poco a poco se empiezan a entrelazar: la primera: Urania Cabral en 1995 visita a su padre anciano y enfermo y llena de resentimiento comienza recriminarle su papel como senador y parte del círculo íntimo del dictador, y por medio de flashbacks  y un diálogo consigo misma (se usan ambas técnicas en todos los personajes) se comienza recordar su vida de niña y de las familias de dicho círculo sobretodo en 1960 y 61. La segunda es el propio Trujillo junto con su séquito más cercano ante la crisis de su régimen por las sanciones que les aplicó la Comunidad Internacional liderizadas por el gobierno de Rómulo Betancourt (no olvidar la doctrina en relaciones exteriores que lleva su nombre) y los Estados Unidos; y la tercera son la vida de los conspiradores y sus razones para intentar matarlo en torno al 30 de mayo de 1961. Les pegunté por las características del personalismo político con ejemplos basados en la novela y muy especialmente si lograban identificar algunas ideas marco o generales que el autor quiera mostrar en su texto sobre este fenómeno histórico.

Al principio describieron los abusos a los derechos humanos, lo sanguinario, pero la mayoría se leyó un pésimo resumen que se “pasaron” por whatsapp. Pésimo porque no explicaba correctamente cada capítulo ni el sentido de la novela y hacía odas al dictador en el sentido: "quería el bien de su país y no robó", afirmaciones falsas pero que los estudiantes por no leer la novela terminaron adoptando. Aunque este hecho fue perfecto para advertir cómo los pueblos son seducidos por los “tiranos”. Son engañados por sus medias verdades, mitos o grosera propaganda. Al final, más de tres creo que se la leyeron por sus intervenciones y ya eso es ganancia. Mario Vargas Llosa nos da a entender que para la época era la más brutal y la que había logrado desarrollar las características del totalitarismo. “En el sistema de Trujillo (…) todos los dominicanos tarde o temprano participaban como cómplices, un sistema del que solo podían ponerse a salvo los exiliados (no siempre) y los muertos.” En lo económico, por ejemplo, “los ricos, si querían seguir siendo ricos, debían aliarse con el Jefe, venderle parte de sus empresas o comprarle parte de las suyas” (capítulo 9). De manera que todos eran empleados y obedientes al dictador por medio de la dependencia económica, la propaganda o el terror de su sistema represivo; pero muy especialmente por el envilecimiento. Al final todos, de alguna manera, habían perdido el libre albedrío.

No eran libres y Trujillo obligaba a sus más cercanos servidores, y como dice Urania: a todo el país, a envilecerse. Participar de un sistema que lo despoja de su conciencia y te terminas convirtiendo en un monstruo. Esto es lo que descubren los conspiradores en sus vidas y por ello toman la decisión del tiranicidio. Y la peor expresión de dicho envilecimiento será la violencia sexual con la complicidad de las personas más cercanas. Es inevitable la pregunta en la Venezuela actual: ¿nos pasa lo mismo? ¿el chavismo ha construido un sistema de complicidades corruptas? Creo que sí, y lo que vimos este fin de semana fue espantoso: otra vez los colectivos y ahora la fuerte sospecha del uso de presos para reprimir en esos grupos paramilitares. La quema de insumos médicos y alimentos por parte de los organismo represivos cuando las mayorías los necesitan con tanta urgencia nos interpela: ¿por qué tanta maldad? ¿por qué lo hacen? Solo se puede explicar por un régimen que combina un conjunto de medios que destruyen las libertades y del cual la gente solo puede salvarse, por ahora, huyendo. Es así como ya van más de 300 miembros de los órganos de seguridad venezolanos que han cruzado la frontera, incluso frente a sus compañeros en plenas labores represivas. Y lo han hecho llenos de terror. Preocupa mucho, pero nunca antes la democracia venezolana había tenido tantos apoyos para superar esta pesadilla. No podemos por ello desfallecer y el despertar a estas realidades en su sentido más profundo, tal como explica la novela de Vargas Llosa, considero que es una tarea fundamental. Sirva este ejemplo de mis clases como una pequeña y humilde contribución al fortalecimiento de nuestra cultura democrática ¡para que más nunca vivamos un horror parecido!

Última foto: el único sobreviviente de los conspiradores: Antonio Imbert. 

miércoles, diciembre 19, 2018

Todos los caminos de Iberoamérica conducen a “Roma” (mi columna de los miércoles en El Nacional)


Todos los caminos de Iberoamérica conducen a “Roma”

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Imagen relacionadaDon José Pisano entre otros, según lo que he leído a los entendidos, hicieron posible que desde el sábado tengamos la película “Roma” de Alfonso Cuarón en el cine Trasnocho del Paseo Las Mercedes de Caracas. Desde acá mi agradecimiento a todos ellos por permitirnos admirar éste film que sin duda formará parte de los clásicos del cine iberoamericano. Cuarón nos permite recrear muchos aspectos de nuestra realidad civilizatoria desde el tiempo específico de los años setenta en México. Es una mirada que supera la ya trajinada perspectiva de odios sociales y resentimientos ancestrales. Tampoco es una visión idílica, es un drama que nos afecta y especialmente a los que nacimos en éste continente. La vida de una humilde y joven doméstica (Cleo) que trabaja fija en la casa de una familia de clase media de la Ciudad de México sirve como perspectiva para mostrar múltiples realidades de su tiempo, en especial las relaciones con los niños de la casa. Con la influencia del neorrealismo italiano, el cine japonés especialmente del gran Yasujiro Ozu (1903-1963), el cine mexicano; pero sin caer en trilladas imitaciones sino generando una muestra original que no dudamos de calificar como obra maestra.

Al comenzar a ver un film tiendo a usar algo que he llamado “la norma de los primeros cinco minutos”, la cual consiste en evaluar si la misma me logra atrapar o no en ese tiempo. En esta ocasión fue “amor al primer cuadro”, en especial sus planos generales y la cámara que va recorriendo cada uno de ellos, los encuadres tienen a Cleo (Yalitza Aparicio) como centro pero muestran los espacios de la casa y sus personajes al igual cuando sale a los espacios abiertos y usa los planos panorámicos. El sonido es todo el que puede existir en dichos lugares por lo que no posee banda sonora musical. Las imágenes lograron meterme dentro de la historia y casi tocar cada objeto y persona. La escena en la playa hizo que las olas me mecieran. Técnicamente es perfecta, permitiéndonos emocionarnos a través de las imágenes.

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En el transcurrir de la película me dije: ¡Yo viví eso! ¡Yo fui un niño de clase media, aunque vivía en apartamentos por lo general, que hasta mis once años siempre compartió con domésticas que dormían en casa y veían la TV en la noche con nosotros! Nunca fue una sola, pero a algunas les tomamos un gran cariño y éste fue recíproco. La escena que muestra la azotea como el lugar para lavar y secar al sol la ropa me recordó mucho a la casa de mi abuela materna, porque era así y hasta un tragaluz parecido tenía. Sé de muchísimas familias que en el pasado tuvieron domésticas que al final se integraron de algún modo siendo un miembro más. En la primera hora del film dicha relación no está muy clara, y la vida de Cleo se ve como algo frustrante y con tendencia a un claro servilismo. Pero poco a poco ¡no haré spoiler! surgen crisis que cambian ésta visión. Se nos muestra la marginalidad y violencia que padece la clase social a la que pertenece Cleo pero nunca sufre racismo o discriminación por parte de la familia “empleadora”; aunque el machismo (“las mujeres siempre estamos solas”) se hace presente en todos los ámbitos. Las “señoras de servicio” que trabajaban en las casas siempre tuvieron un papel especial a lo largo de nuestra historia, y considero que Cuarón ha hecho un hermoso homenaje que sirve para mostrar un rasgo de nuestra identidad latinoamericana sin pacaterías, cursilerías o exagerados conflictos. Al  final se da una reformulación y síntesis nada hollywoodense (¡gracias a Dios!) pero que ofrece sentido en la vida de la gran familia.

Nota importante: La semana pasada nos ha impactado y preocupado una triste noticia. Nos referimos a la despedida ¡por poco tiempo Dios mediante! de la edición impresa de nuestro admiradísimo y querido periódico El Nacional, debido a la negación del régimen para facilitarle la adquisición del papel. Rogamos a Dios y a todas las personas de buena voluntad para que pueda seguir resistiendo aunque sea en digital, hasta lograr una vez más volver a nuestras manos. Desde acá expresamos nuestra solidaridad ante tal atropello, siempre agradecidos por permitirnos ser parte de tan digna prensa.

miércoles, agosto 29, 2018

Muere el historiador Josep Fontana (les dejamos 3 artículos sobre el historiador)


Josep Fontana, la huella de un investigador
Josep Fontana fue un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia
La victoria franquista en abril de 1939 y las posteriores décadas de dictadura se manifestaron, por lo que a la historiografía se refiere, en la imposición de una perspectiva reaccionaria y antiliberal que ignoró en todo momento la esfera socioeconómica y que levantó un poderoso dique de contención frente a las nuevas corrientes en las ciencias sociales occidentales y los análisis de fuerzas anónimas y colectivas.
Cuando en los últimos años de la dictadura pudo salirse poco a poco de esa miseria, no había, sobre la edad contemporánea, tradición historiográfica que reivindicar y se tuvo que aportar en unos pocos años todo un nuevo repertorio de hipótesis, problemas y estudios empíricos. Josep Fontana fue uno de los primeros en hacerlo y sus investigaciones sobre la crisis del Antiguo Régimen y las transformaciones del siglo XIX español le convirtieron, ya desde comienzos de los setenta, en un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.
En una profesión muy dada a la especialización y a las preocupaciones microscópicas, Fontana demostró dominar un amplio campo de acción. Cuando la historiografía y la teoría de la historia apenas formaban parte del aprendizaje del historiador, publicó Historia. Análisis del pasado y proyecto social (1982), tratado pionero en España. Casi 50 años separan La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), publicada en 1971, de su última obra, El siglo de la revolución.Una historia del mundo desde 1914 (2017). Cinco décadas, en suma, de investigaciones, hipótesis, teorías y preguntas sobre el quehacer del historiador.
Pero la huella de Fontana va mucho más allá de su obra y de su trayectoria como profesor universitario. Desde la editorial Crítica, de la mano durante muchos años de Gonzalo Pontón, acercó al público español a algunos de los historiadores más distinguidos del mundo, desde Eric Hobsbawm a E. P. Thompson, pasando por Mary Beard, Pierre Vilar o David S. Landes. Su currículo está lleno de libros, artículos en revistas científicas, decenas de conferencias en América Latina y, sobre todo, charlas en los centros de educación secundaria.
En los últimos años fue discutido por otros historiadores por su defensa del marxismo, por su compromiso político y por sus ideas acerca de España y Cataluña, expuestas en escritos y entrevistas en medios de comunicación. Disputas y desprecios al margen, muchos le recordarán por sus fecundos escritos sobre la España contemporánea y por su rechazo de la historia como una serie de grandes acontecimientos orquestados por los grandes hombres. Ahora parece fácil asumirlo, pero en las universidades españolas de los años setenta eso sonaba a música subversiva.


OBITUARIO
Muere a los 86 años Josep Fontana, el historiador "rojo y catalanista"
De raíz marxista y crítico con la transición política en España, fundó el Institut d'Història Jaume Vicens Vives
Barcelona - Martes, 28/08/2018 | Actualizado el 29/08/2018 a las 00:45 CEST
¿Para qué sirve un historiador? Josep Fontana, fallecido en Barcelona este martes a los 86 años, tras una larga lucha contra el cáncer, podía y sabía explicarlo bien. Analizar el pasado para iluminar el presente, ordenar el caos para tratar de entenderlo, saber de dónde venimos para intuir hacia dónde vamos. Conocer los problemas supone abrir una puerta para resolverlos. Y siempre, siempre, el rigor tiene que ver con no manejar la interpretación de los hechos con un criterio meramente partidista, que no ideológico. Dedicarse a ello le llevó a ser uno de los historiadores más influyentes y una figura clave en la implantación de la moderna historiografía en España.
Fontana se definía como un rojo catalanista, lo que puede parecer una contradicción pero él sabía explicarlo. Apuntaló con sus estudios la existencia histórica de una identidad catalana y pese a la pérdida de fuelle de la izquierda -militó en los 50 en el PSUC y se desencantó a principios de los 80- no dejó de mantener una actitud socialmente crítica, un compromiso cívico que le llevó en los últimos años a presentarse en las listas de Ada Colau de Barcelona en Comú al Ayuntamiento de Barcelona y declarar sus simpatías por la CUP, aunque ningún partido político le complacía por completo.
También pesaba su propia historia: el recuerdo de cuando vio una bandera de España por primera vez, en enero de 1939, cuando uno de aquellos marroquís reclutados por Franco asaltó la casa de veraneo familiar en Valldoreix. Esos recuerdos reverdecían cuando hablaba del nacionalismo español insuflado por el PP.
Fontana (Barcelona, 1931) se crió entre libros porque su padre los vendía en una librería de lance de la calle Boters en Ciutat Vella y él solía echarle una mano. Acostumbraba a decir que la historia aprendida en la escuela, descorazonadora y simplista, no le predisponía a acabar siendo un historiador. Pero es lo que ocurrió. Primero, Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, para acabar en la especialidad de Historia en 1956. Solía contar que la verdadera historiografía se la tuvo que buscar fuera de las aulas, con el historiador Ferran Soldevila, en las clases que impartía este en el salón de su casa tras ser depurado por el franquismo, y sobre todo con Jaume Vicens Vives, que fue uno de sus grandes maestros. Fue Vicens Vives quien descubrió a aquel alumno brillante y le presentó al hispanista francés Pierre Vilar, el autor de ‘Catalunya en la España Moderna’, con quien Fontana conectó en sus postulados marxistas.
Así que méritos no le faltaban cuando empezó a dar clases en la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona y a destacarse como uno de los historiadores jóvenes, claves en la aportación de nuevos métodos -la ciencia de la historia- a la comprensión del pasado que a principios de los 60 empezaba a implementarse en las aulas universitarias. En ese sentido, sus contactos tanto en la Sorbona parisina como en Liverpool fueron decisivos para su anclaje en la modernidad.
En 1966 fue expulsado de la universidad por su militancia comunista, más tarde ocupó plaza en la de Valencia, en la Autónoma de Barcelona de la que fue decano y finalmente creó y dirigió el centro de investigación Jaume Vicens Vives en la Pompeu Fabra, donde se jubiló en el 2001. Pese a ello y ya como profesor emérito no dejó de publicar y de interpretar los acontecimientos políticos y la crisis económica de los últimos años.
La bibliografía del historiador se mueve desde lo particular a lo universal. Empezó estudiando las transformaciones económicas del antiguo régimen en el siglo XIX tanto en España como en Catalunya, ahí están los libros que cimentaron su fama: 'La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820', 'Hacienda y Estado' y 'La crisis del Antiguo Régimen' (1808 -1832), así como 'Aribau y la industria algodonera en Catalunya'. Junto a estos, también supo cultivar ensayos divulgativos que los expertos leían con agrado y que los lectores recibían agotando ediciones. Es el caso de 'Europa ante el espejo' y sobre todo 'Por el bien del imperio' (publicado en la editorial de su amigo Gonzalo Pontón, Pasado y presente), posiblemente su obra más ambiciosa y la que mejor retrata cómo se sentía alguien que participó de la utopía del cambio social y ha acabó viendo cómo el capitalismo salvaje ha ido diluyendo la sociedad del bienestar que se perfilaba tras la segunda guerra mundial. De ahí que encima de su mesa de trabajo estuviera siempre rampante un cartel anarquista de Carles Fonseré con el lema: 'Aplastar al fascismo'.
Libros para entender el mundo 
‘LA QUIEBRA DE LA MONARQUÍA ABSOLUTA (1814-1820)’ 1971
El más prestigioso de los libros de Fontana, explica con un enfoque total la crisis del Antiguo Régimen: el proceso del que surgió la España Contemporánea. Se ha reeditado en 1987 y 2002.
‘EUROPA ANTE EL ESPEJO’ 1994
Con rediciones en el 2000 y el 2013, narra cómo Europa ha construido una conciencia de colectividad.  Una visión desmitificadora de la historia de Europa, desde la Grecia clásica hasta la actualidad.
‘POR EL BIEN DEL IMPERIO’ 2011
Con el subtítulo de ‘Una historia del mundo desde 1945’, se la considera una obra de de referencia para entender la historia posterior a la segunda guerra mundial: la guerra  fría, la caída de la URSS...
‘L’OFICI D’HISTORIADOR’  2010
Ensayo historiográfico del 2010 y reeditado en el 2018 sobre cómo Fontana entendía la manera de ejercer el oficio de historiador: útil y, sobre todo, como un compromiso con el mundo.
LA FORMACIÓ D'UNA IDENTITAT 2014
Publicado en el 2014 y actualizado en el 2016, el libro indaga en cómo se ha formado el sentimiento identitario catalán desde el siglo VIII hasta la actualidad.

Muere a los 86 años el historiador Josep Fontana
El profesor emérito de la Pompeu Fabra era uno de los grandes renovadores de la historiografía española

Josep Fontana en una entrevista en 2017. ALBERT GARCIA
Josep Fontana, uno de los grandes renovadores de la historiografía española y dueño de un inusual compromiso cívico, murió ayer en Barcelona a los 86 años tras mucho tiempo de estoica lucha contra un cáncer al que él, siempre atareado, siempre incansable, hizo el menos caso posible.
Fue quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España al compararlo por vez primera con lo que ocurría en Inglaterra o Francia en el XIX. También fue quien mejor ha leído desde la península la globalidad del siglo XX. Su credo nació de un libro que su padre le dio cuando apenas tenía siete años. El hombre era propietario de una librería de viejo en la calle Boters, en pleno centro histórico de Barcelona. Era, le dijo al niño, para que empezara su propia biblioteca, que con los años acabaría compuesta de unos 50.000 libros que donó en su mayor parte a la Universidad Pompeu Fabra. Conservó 15.000 volúmenes hasta el último día en su casa para seguir trabajando. Lo leyó siempre todo.
La obra clave de aquel regalo paterno fue uno pequeñito, ilustrado y que siempre conservó, de Ferran Soldevila. Sería uno de sus tres maestros. En los años 50 acudía a sus clases clandestinas de los Estudios Universitarios Catalanes, que Soldevila impartía en el comedor de su casa. De él, decía, aprendió que “tras un documento hay seres humanos con sentimientos y problemas”. Los otros dos faros serían Jaume Vicens Vives —“una isla de modernidad en un mar de carcas retrógrados” en la universidad franquista; él le inculcó la conciencia cívica (“me hizo ver que se puede servir al país a través de la ciencia de la Historia”)— y Pierre Vilar, al que llegó por generosidad de Vicens Vives cuando éste vio que no podía satisfacer el hambre intelectual de su discípulo. 
Un credo tatuado desde la infancia
El credo íntimo que hacía definirse a Fontana (Barcelona, 1931), desafiante en estos tiempos de neoliberalismo salvaje, como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”, lo llevaba tatuado desde su infancia, forjada por el recuerdo de los bombardeos durante la Guerra Civil “duros, porque buscaban el Palau de la Generalitat, que estaba muy cerca de casa, por eso íbamos al mismo refugio del palacio” Y, claro, por la propia actitud del padre, que en una librería anterior, en la calle de la Palla, acogía a un grupo ligado al Bloc Obrer i Camperol. “Sí, crecí en un ambiente inequívocamente catalán y de izquierdas”. La consecuencia: un rápido compromiso de joven con la lucha clandestina que le llevaría al PSUC. Como fue norma en él, decisión de lógica aplastante: “Era la fuerza más eficaz para liquidar el franquismo y unía principios sociales con la mirada de la autodeterminación”. Una fiel coherencia que mantuvo entre 1957 y 1980, cuando abandonó el partido.
Con Europa ante el espejo (1994) o Por el bien del imperio. Una historia del mundo consiguió notoriedad y prestigio dentro y fuera de España
Recién licenciado en Letras y ya fichado por Vicens Vives, que se lo llevó de ayudante junto a otra promesa, Jordi Nadal, Fontana inició una rauda y brillantísima carrera en la flamante Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona, que le llevó muy pronto a ser un año (1956) assistant lectureren la de Liverpool, lo que se tradujo en el acceso a una bibliografía inimaginable en la España de los 50. Ni la expulsión en 1966 de la universidad por su militancia comunista truncó una trayectoria que, con los años, le llevaría a ocupar la cátedra de Historia Económica en las universidades de Valencia (1974-1976), de la Autónoma de Barcelona (1976-1991, donde fue también decano y vicerrector) y de la Pompeu Fabra.
Su figura creció como experto irrefutable del modelo de transición del Antiguo Régimen hacia el capitalismo y la formación del mercado peninsular. De ahí partieron algunos de sus libros fundamentales, como La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, de 1971, Hacienda y Estado, 1823-1830 o La crisis del Antiguo Régimen (1808-1832). El truco siempre era el mismo: documentación de fuentes casi siempre inéditas, exhaustivas bibliografías consultadas  y una interpretación sagaz que, encima, exponía de manera clara y brillante.
El credo profesional de quien mejor entendió el hundimiento del Antiguo Régimen en España parte de media docena de libros que su padre le dio cuando tenía 7 años
Títulos como esos o Aribau y la industria algodonera en Cataluña podrían dar una imagen de erudición y aridez extrema. Nada más lejos de Fontana, siempre excelente y riguroso divulgador, como pueden testimoniar las decenas de profesores de bachillerato a los que impartía Historia cada sábado por la mañana o los miles de alumnos que le escucharon en unas clases que tenían su puesta en escena: puntual, se sacaba el reloj de pulsera y lo dejaba reposar a la derecha de los folios que contenían la materia de la jornada que siempre llevaba escrita, como sus intervenciones en los tribunales académicos, lo que quizá explique su ingente producción de prólogos (superan los 150).
Vital en su labor divulgadora fue su función de editor en la sombra, primero en los años 70 en el sello Ariel y luego en el de su amigo editor Gonzalo Pontón, Crítica. Ahí remachó su labor de introductor en España de escuelas historiográficas renovadoras inspiradas en buena parte en el marxismo: la de los Annales, los propios Vilar y Eric Hobswam, E. P. Thompson, George Rudé, Michele Vovelle, Marc Bloch, Albert Soboul… Pero también gracias a él se dio la recuperación de textos del presidente de la República española Manuel Azaña, como el sincero Memorias políticas y de guerra. En esos despachos inventaba títulos, rehacía traducciones o redactaba contracubiertas sin que se le cayeron los anillos de catedrático.
Se definía como “rojo y nacionalista, que no son dos cosas incompatibles”
Como sus maestros Soldevila y Vicens Vives, Fontana también acabó saltando de siglo y plantándose en su actualidad. Y con ambición porque “uno no puede estudiar el rinconcito en el que vive sin conocer las corrientes que le rodea”, sostenía. Por eso, a partir de los años 90 su bibliografía de más de más de una veintena de títulos se amplió con una historiografía universal que tuvo su primer gran hito en Europa ante el espejo (de 1994, con 12 traducciones) y que remachó de una manera tan espectacular como omnívora en Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011), seguramente la mejor mirada peninsular a la Guerra Fría y sus consecuencias, y en donde se aprecia el dominio de fuentes, aún con las nuevas tecnologías de por medio, que el ya veterano historiador mantuvo hasta el último día.
Sabedor de su solidez intelectual, no exento de cierta dureza que contrastaba con su generosidad para con estudiantes y entidades populares (a los que solía atender en la mesa de cristal de su domicilio atiborrado de libros y carteles en su modesto barrio de siempre, Poblesec), Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones. Así, no dudaba en señalar que en la Transición española “el juego estaba trucado, se cometieron errores serios: los políticos no estaban dispuestos a defender ya los mismos principios que habían dicho a la gente, ni a luchar por lo que se defendía en la clandestinidad; se le dijo a las fuerzas sociales que ya podían volverse para casa”. Por eso quizá apoyó a la formación de Barcelona en Comú de Ada Colau, cerrando en 2015 simbólicamente su lista: “No eran un partido, querían administrar el Ayuntamiento, no aprovecharse de sus recursos para alimentar el partido como hacen los demás”. O por ello también mostró sus simpatías hacia la CUP, movimiento “limpio y sincero”, si bien con “un programa más para hacer la revolución que para hacer una política parlamentaria y eso es un problema”. Ciudadanos le parecía “de los más peligrosos: es un invento catalán que engarza con la tradición de nuestra gran burguesía, que cuando ve obstaculizados sus intereses, se pasa al enemigo; ya lo hizo en 1936”.
Sabedor de su solidez intelectual, Fontana nunca rehuyó el debate dialéctico ni se escondió en sus opiniones
Con Bertolt Brecht como guía
A pesar de tener la Creu de Sant Jordi en 2006 o haber escrito hace apenas tres años un tan exitoso como inequívoco La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (“El ‘Som i serem’ de la sardana La Santa Espina es una línea perdurable de la identidad catalana”; “uno sólo puede separarse si el otro acepta que te separes”; “los catalanes sólo pueden seguir luchando; llevamos así 500 años; no hay otra salida”, ha dicho en diferentes ocasiones sobre el Procés), su contundencia también la dirigió hacia determinado nacionalismo catalán, como el representado por Artur Mas: “Su giro catalanista lo hizo porque era salvador para él”. Del resto del mundo, lo tenía, cómo no, muy claro: veía en la última gran crisis económica “la gran mentira de las políticas de austeridad; se llegó a ella por la degradación de las condiciones de trabajo y la paulatina aplicación de reformas laborales que han eliminado derechos y menoscabado la capacidad de reacción de los trabajadores”, dudaba de la supuesta estabilidad económica actual, veía en la inmigración el gran problema presente y futuro y admitía: “Sí, están ganando los ricos”.
Fiel a su concepto de que “la Historia ha de ser un análisis crítico de los acontecimientos” y de que su estudio “debe ayudar a crear una conciencia de la Historia”, en la pared de su cargadísimo despacho colgaba un poema de Bertolt Brecht que, de algún modo, él con su labor había dado sentido: “Quien todavía esté vivo que no diga jamás: lo que es seguro no es seguro. Todo no será siempre igual. Cuando hayan hablado los opresores, hablarán los oprimidos. El que haya caído, debe levantarse, el que haya perdido, debe luchar. ¿Quién podrá detener al que conoce la verdad? Porque los vencidos de hoy son los vencedores de mañana, y el jamás se va a convertir en ahora mismo”. Decía que le gustaba volver a esas palabras.


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