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martes, octubre 13, 2020

Historiador venezolano Jorge Bracho: “Los europeos inventaron América”

 

Jorge Bracho: “Los europeos inventaron América”

Cuando se cumplen 528 años del encuentro de dos mundos, el historiador reflexiona sobre América y sus contrastes. Cuestiona el debate invasión versus descubrimiento: América es una invención europea producto del azar

Jesús Piñero

12 de octubre de 2020 12:46 pm

 

Ni descubierta, ni invadida. América es una invención de Europa. Con este planteamiento el historiador mexicano Edmundo O’Gorman cuestionaba la obsolescencia de la historiografía mexicana sobre el tema, en un libro con el mismo nombre, publicado en 1958. El estudio desechaba la visión del descubrimiento de América, señalando que, cuando Cristóbal Colón partió de Puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, no lo hizo con intención de dirigirse hacia América porque no existía. América es una construcción de Europa, pues quienes habitaban ese territorio no lo concebían como tal, como la idea que vino después.

Una idea que tomó forma gracias al azar: en 1507 se publicó el primer mapa del continente; y, aunque ya se le denominaba de América, el nombre sólo se refería a su sección meridional, a la América del Sur. La autoría del trabajo recayó en Martin Waldseemüller, un cartógrafo que, al publicar los escritos de Américo Vespucci, lo creyó el descubridor de estas tierras. Tres décadas y un año después, en 1538, otro cartógrafo, Gerardus Mercator, publicó un mapamundi en el que incluyó la parte septentrional del continente americano. Así empezó a diseñarse una construcción que, 5 centurias más tarde, es un concepto ambiguo.

La ambigüedad americana es notable. Por ejemplo, los estadounidenses se denominan a sí mismos como americanos, pese a que el gentilicio agrupa a los otros 34 países que hoy conforman el continente. La cuestión se complica más cuando pensamos en América Latina como concepto, pues, si bien lo latino pareciera evocar a la lengua, Canadá no se encuentra incluido y allí el francés figura como una de las lenguas oficiales. Pasa lo contrario con Belice que, aunque su idioma oficial es el inglés, sí aparece incluido en algunas versiones del continente. Y es que definir a Latinoamérica no es fácil, entre los países hay diferencias sustanciales, más allá de las generalizaciones sobre sus habitantes.

“El otro occidente”, así se refirió a la región el historiador italiano Marcello Carmagnani, porque el subcontinente se ha mantenido al margen del desarrollo de otros confines, hijos también de la civilización occidental. Así nació el discurso de la inconformidad, el del espejo enterrado como lo llamó Carlos Fuentes: nos sentimos occidentales hasta que vemos el desarrollo de Europa y de Estados Unidos.

El historiador Jorge Bracho, doctor en Cultura y Arte Para América Latina y El Caribe por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), donde es profesor titular jubilado, reflexiona sobre América y sus contrastes, a la luz de los 528 años que se cumplen hoy de aquel suceso que cambió el mundo.


Foto: Daniel Hernández

—El debate descubrimiento versus invasión parece seguir vigente, a pesar de que una cosa no niega la otra. Usted qué dice, ¿descubrimiento o invasión?

—Sí, exacto, una cosa no niega la otra. Yo, honestamente, creo que eso fue una invasión. Claro, ¿cuáles son los nombres que se le dieron posteriormente? Descubrimiento porque fue la perspectiva del europeo. Pero también vale la perspectiva de quienes estaban aquí. El historiador búlgaro Tzvetan Todorov escribió un libro llamado Nosotros y los otros donde dijo eso: que además de una invasión fue un descubrimiento. La que cosa es que aquí a uno le exigen que eso fue así, una invasión nada más porque sí, porque si no, no amas a tu país o a tu continente. Hay historiadores serios que lo plantean. Por ejemplo, Marcello Carmagnani tiene un libro que se llama El otro occidente: América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, donde dice eso, que fue una invasión. Y después vino la colonización, la conquista y la evangelización. Es más, el historiador Edmundo O’Gorman alude a una metáfora, la de invención de América, porque fue así. Los europeos inventaron América. Ellos fueron los que la reconocieron como tal, como el continente que reconocemos hoy. Una invención.

—Claro, es una invención en el sentido de que las personas que habitaban este territorio no lo concebían así, como es concebido desde del siglo XVI.

—Exactamente, porque es que fue como lo concibieron ellos, porque en esa época, inclusive, la asociaban con las generaciones de Noé: Asia con Sem, Europa es Jafet y África es Cam. Esas eran las referencias que se tenían. Cuando Cristóbal Colón se topó con estas tierras, dijo que el mundo era como una teta de mujer, como una pera, como el paraíso terrenal. Eso demuestra que es una invención europea. Él vio en estos espacios territoriales una virginidad perdida, aunque Colón exageró en algunas cosas para poder volver. Así lo hicieron también Américo Vespucci y Alonso de Ojeda, exageraron sobre los recursos. Sólo que Vespucci se dio cuenta de que esto era un mundo nuevo y no las Indias.

—Ese reconocimiento hecho por Américo Vespucci, ¿fue lo que le concedió su nombre al territorio? Porque Colón, aunque llegó primero, figura después.

—Sí, pero fue obra de la casualidad. Hay tesis que dicen que Vespucci fue un malvado que le robó a Colón su descubrimiento, pero él no tuvo nada que ver con eso. El primero que difundió en el mundo el nombre de América, y que dijo que había sido obra de Américo, fue Martin Waldseemüller, un cartógrafo trasladado a Saint-Dié (actual Francia), donde un duque había comprado una imprenta. Él era un hombre especialista en griego y en latín, de hecho, su apellido es una creación de él mismo. Entonces, allá decidieron publicar los escritos de Ptolomeo, pero también les llegaron los escritos de Vespucci, de quien pensaron que era el descubridor de América. Fue, entonces, cuando se le colocó el nombre con el género femenino, tal como existían los otros tres. Él lo dio a conocer en 1507, con la publicación de la Introducción a la cosmografía, que eran escritos de Vespucci con una introducción de Waldseemüller. Quien determinó esto fue Alejandro de Humboldt. Él concluyó que el nombre fue producto de una casualidad, del azar.

 

—Y evocamos mucho a ese azar. ¿Por qué Latinoamérica sigue enfrascada en ese tema? Es muy recurrente volver al pasado y hablar de la invasión.

—Hay un libro de Hannah Arendt que se llama Entre el pasado y el futuro. Ella decía allí que en el mundo moderno se empezaron a reduplicar cosas de la época romana. Una de esas tuvo que ver con el momento fundacional, que debe tener hitos creíbles, en este caso, la imagen del indígena. A través de ella se intenta convencer de que fue una invasión y todo eso. Es esa imagen del indígena sometido por la Corona española lo que sirve como idea de emancipación. Y eso no es nuevo, en 1825 se reeditó el libro de José de Oviedo y Baños precisamente por eso. Lo que pasa es que hay usos de la historia. El pasado se utiliza para justificar tiempos actuales. Eso es común dentro de los conflictos políticos que existen dentro de las comunidades nacionales. Eso se ha utilizado bastante para hablar realmente si fue o no un descubrimiento que, para los europeos, sí lo fue.

—Precisamente, no es nuevo. A finales del siglo XIX, cuando se cumplieron 400 años del hecho, hubo una reconciliación con España por el mestizaje.

—Sí, porque eso tiene que ver también con los sectores sociales y quienes lo están defendiendo. Antes se tenía considerado que el indigenismo era mucho más fuerte por la presencia fenomenológica, que era lo que se veía a simple vista, por eso empezaron hacerlo los peruanos y mexicanos: José Carlos Mariátegui y José Vasconcelos, por ejemplo. Eso de la América indoespañola. En Venezuela también hubo voces que evocaban ese tipo de cosas. Al igual que el negrismo brasileño y antillano. Pero, después, la mayoría de los letrados y publicistas de esa época, por el tema del cuarto centenario de la invasión, empezaron a decir que no, que era parte del mestizaje. La cosa es que hoy la palabra mestizaje es denigratoria.

—¿Por qué es denigratoria la palabra mestizaje?

—Porque ahora hablan de afrodescendencia y la idea primigenia de mestizaje tiene que ver con lo indígena y con lo blanco nada más. Lo que pasa es que utilizan al humillado a través de la afrodescendencia, pero eso lo que hace es excluir porque ellos piensan que el problema de la afrodescendencia tiene que ver solamente con el fenotipo, con el color de la piel y no es así. En uno de los libros de la Colección Bicentenario, fuerzan muchas cosas, mezclan a Simón Bolívar con la afrodescendencia, sólo porque Bolívar llegó a decir que hasta los mismos españoles eran africanos. Pero ellos no lo manejan en ese sentido, ellos lo utilizan desde la negritud, desde el negro esclavo, para legitimarse con el pasado. Intentan decir que en Venezuela hubo una discriminación racial como la hubo en Estados Unidos, y no, eso es muy distinto. Eso, en la región, ha sido un problema más social que racial. Los conflictos no se miden por los hechos brutos, sino por las elaboraciones conceptuales de imaginación de representaciones del otro. Pero es así como se justifican situaciones. Y eso lo hacen con la figura del indígena.

—El mestizaje permite, tal vez, definir a América Latina, que es un concepto ambiguo, construido desde afuera, porque desde dentro la realidad es otra.

—Sí, América Latina es un concepto ambiguo que surge en el siglo XIX. Fueron los latinoamericanos que estaban en París y en Madrid quienes forjaron ese concepto. Un concepto que España no aceptó con facilidad, porque para ellos era la América hispana. Otra cosa que fomentó eso fueron los orígenes que no estaban nada más entre los indígenas sino también en el mundo occidental, entonces, a través de lo latino nos vinculamos a Occidente y nos incorporamos. Hubo situaciones en América Latina que derivaron cada vez más en mayor diferenciación con la América septentrional o anglosajona. Usted se pone a comparar a la América del Sur con la América del Norte en el siglo XIX, y estaban a la par: había conflictos similares. Sólo que eso empezó a diferenciarse a partir de la segunda mitad de ese siglo. Un hito fue la Guerra hispano-estadounidense, donde España fue derrotada. Entonces, ese discurso sobre la mala madre empieza a cambiar e inicia la reconciliación con ella, ahora es la madre patria.

—A pesar de ese contraste, primero con Europa y ahora con Estados Unidos, el latinoamericano persigue ese modelo de desarrollo, pero es inconforme. 

—Sí, es el espejo trizado, una metáfora que utiliza el sociólogo chileno José Joaquín Brunner, pero ya de eso había hablado Carlos Fuentes. Y eso lo dijo Bolívar en algún momento, se dio cuenta: la Carta de Jamaica te dice que nosotros no estábamos preparados para la independencia y el Manifiesto de Cartagena también te lo dice, que los acontecimientos en Europa aceleraron esta situación. Es sintomático que uno pueda ver esa idea en alguien que se tiene como un ícono de la nacionalidad. Y hay toda una literatura de finales del siglo XIX y principios del XX sobre eso: Rufino Blanco Fombona, Eduardo Blanco. Verte extraño ante la realidad, aunque nacieras acá. Ese discurso disconforme, descontento, el espejo trizado, está plasmado entre los positivistas, los llamados modernizadores, porque no se sentían a gusto con la realidad regional, por eso a mí me causa suspicacia cuando la gente habla de identidad y de venezolanidad. Mucha gente sigue creyendo que la identidad es algo sustantivo y no un uso. Son cortes de la realidad, eso tiene que ver con los gustos. Tú puedes decir lo que no te gusta de la historiografía, que nació vinculada a un proyecto excluyente, pero eso no significa que vas a exagerar e incluir a ciertos actores que no estuvieron presentes. No se puede porque hay todo un credo historiográfico que impide eso.

 

 

 

 

https://elestimulo.com/jorge-bracho-los-europeos-inventaron-america/

 

domingo, junio 14, 2020

El historiador Tomas Straka nos habla de los grandes aportes a la historiografia de Don German Carrera Damas en sus 90 años


Los noventa de Don Germán, o la larga pasión por la libertad

POR Tomás Straka  

Prodavinci, 14/06/2020

Germán Carrera Damas fotografiado por Roberto Mata

Entre 1958 y 1969 Germán Carrera Damas cambió para siempre la historiografía venezolana.  Fueron once años de producciones vertiginosas: cuatro grandes estudios que hoy se consideran clásicos, al menos seis libros que compilan artículos académicos y ensayos, muchos de ellos también clásicos en la actualidad; varias decenas de otros textos para la prensa y revistas especializadas, sus famosísimos trabajos escritos en coautoría con los alumnos sobre problemas historiográficos, y todo eso liderando la renovación de los estudios históricos en la Universidad Central de Venezuela.    

Haber escrito uno solo de aquellos libros, ya sería bastante para cualquier historiador. No puede decirse que fue el único exponente de aquella “revolución historiográfica” que tuvo como epicentro a la Escuela de Historia de la UCV, pero su capacidad de trabajo, y sobre todo el talento para ver nuevos problemas, para demoler verdades consagradas, para replantear todo lo que habíamos venido pensando hasta el momento, hacen de él un fenómeno excepcional. Si hoy celebramos sus noventa años y lo reconocemos como uno de los grandes historiadores de América Latina, es debido a ese trabajo, vertiginoso en los años sesenta, pero sostenido hasta la actualidad. A la pasión sistemática, radical, generosa, por la libertad. Por pensar sin las ataduras de los ídolos de los viejos mitos. Por liberarnos, como él lo hizo, de las ideas totalitarias. Por construir, como sigue haciendo, una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos, vividos en libertad.  

Don Germán, como le decimos con cariño y profundo respeto, alcanza las nueve décadas de vida con la misma pasión del veinteañero que en 1958 regresó de su exilio y tocó las puertas de la oficina de Juan David García Bacca, entonces decano de la Facultad de Humanidades y Educación en la UCV. Aquel muchacho ya traía dos plantes en la cabeza: escribir la historia de Venezuela con criterios científicos, y contribuir a la modernización del país. Un compromiso doble, que se mantiene sesenta años después. Estudiar la historia tiene sentido en la medida en la que contribuye a vivirla, o mejor: a construirla. Pero precisamente por eso hay que ser tan cuidadoso al escribirla, ser tan crítico, tener tanta precaución con las manipulaciones y las falsificaciones. 
 
Como todo proyecto político y social se alimenta de una visión de la historia, que justifica su diagnóstico de la sociedad y el destino por el que alega luchar. Las tentaciones que al respecto tienen los historiadores militantes son muy grandes, a veces tanto como puede serlo el Estado y sus recursos. Inventar mitos, callar verdades incómodas, construir ídolos, torcer los hechos, son sólo algunos de los recursos con los que la historia se vuelve ideología en muchos libros, discursos políticos y sobre todo aulas de clase. Y si eso ha tendido a ser así en todas partes, cuando se trata de movimientos basados en ideas historicistas, es decir, en la convicción de que es posible identificar un sentido en la historia, como es el caso del marxismo, las tentaciones de manipular son todavía más altas. Para el historiador militante comunista es un verdadero problema cuando las evidencias no indican que las cosas van hacia el socialismo.  

El joven Carrera Damas que regresa a Venezuela tras la caída de Marcos Pérez Jiménez, es todavía un historiador militante. Un comunista. Pero uno que empieza a tener dudas. Uno en el que la libertad se está posicionando como valor fundamental. Los diez años anteriores, que fueron los que separaron su graduación de bachiller de la de historiador, lo habían dotado de una formación política e intelectual privilegiada, en promedio superior a la de los comunistas locales.  Y no sólo por la preparación académica. Primero, estaba su familia. Los Carrera, aunque no eran ricos, formaban parte del pináculo letrado del Oriente venezolano. Uno de sus tíos abuelos había sido el padre Jesús María Guevara Carrera, historiador y escritor eclesiástico de principios del siglo XX.   

En 1948 la familia se establece en París. Germán, que acababa de graduarse de bachiller en el liceo Fermín Toro, hará de aquella ciudad uno de sus sitios entrañables y del francés, que lo habla casi como un nativo, una segunda lengua materna. En París explora su vocación en La Sorbona y en la L’École libre des sciences politiques. Ni el Derecho ni la Geografía, las dos carreras escogidas, lo convencen. No obstante, entra también entonces en su otra gran escuela de formación: el Partido Comunista Francés. Asignado a la célula de los ferroviarios, le tocó compartir labores nada menos que con Tristan Tzara.  Estar en La Sorbona y en una de las Grandes écoles, compartir con Tzara, presenciar las turbulencias de las la IV República Francesa, y además hacerlo desde uno de los partidos más grandes y lleno de figuras de Europa, son experiencias que ampliaron enormemente la formación recibida en la ya de por sí muy culta casa.  

Pero estalló la Guerra de Corea, había un temor genuino de que desembocara en una tercera guerra mundial y, como muchas, la familia Carrera decide poner mar de por medio con Europa.  La experiencia europea del último medio siglo aconsejaba hacerlo. Venezuela no era una opción porque ya Germán está fichado de comunista, por lo que la opción es México. Aquello fue el encuentro definitivo con su destino y con su nación. Casi pudiéramos decir que sin la guerra de Corea tal vez hubiéramos perdido al gran historiador latinoamericano que es Carrera Damas, y en su lugar hoy celebraríamos los noventa años de un gran historiador francés nacido en Cumaná.  

El joven Germán, que ya había comprendido que lo que quería estudiar era Historia, se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma de México, y al mismo tiempo consiguió un trabajo como asistente de investigación en el Colegio de México. Es aquella una época dorada de la maquinaria cultural de la Post-revolución. El COLMEX, el Fondo de Cultura Económica, los grandes intelectuales están haciendo vida allá. Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes, Wenceslao Roces, del que llega a ser buen amigo, José Gaos, José Miranda: ese es el nuevo universo en el que el joven Germán se forma como historiador. Pero en México hay también otro hito en su formación: un importante exilio venezolano. Entrar en contacto con los desterrados del Partido Comunista de Venezuela, en especial con los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, colaborar con su periódico, Noticias de Venezuela, fue el ingreso de Germán a la política venezolana. Tanto, que cuando se enteró de la caída de Marcos Pérez Jiménez, hizo lo que probablemente no ha vuelto a hacer en su vida: entregó su tesis en la UNAM tan rápido como le fue posible, sin someterla a las revisiones a las que suele depurar sus trabajos; recogió sus cosas y compró un boleto para regresar a su país.  

Pero una cosa es el entusiasmo por investigar la historia venezolana y luchar por la revolución proletaria mundial, y otra tener claro de qué se puede vivir mientras tanto. Germán sabe que la Universidad Central de Venezuela ha venido ampliándose en carreras e infraestructura.  Ve en ella una oportunidad, pero no tiene contactos en la institución. Así, le pide ayuda a Alfonso Reyes, patriarca de las letras hispanoamericanas y gran artífice del Colegio de México. Reyes está muy comprometido con las luchas y el exilio venezolanos (tanto, que en el Colegio se las ingeniaron para poder darle trabajo a pesar de sólo contar con una visa de estudiante), y le da una carta de recomendación: que se la entregue a García Bacca, Decano de la Facultad de Humanidades y Educación, figura prominente de los transterrados de la República Española en México, al que había contratado la UCV. García Bacca queda sorprendido. Si Don Alfonso se atreve a recomendar a este muchacho es por algo. Y decide darle una oportunidad.    

Por aquella época el departamento de Historia de la carrera de Filosofía y Letras se convertía en Escuela de Historia, bajo la dirección de J.M. Siso Martínez. Había una democracia que consagraba la libertad de pensamiento, la autonomía universitaria y además garantizaba buenos sueldos y recursos para la investigación. Era el momento y era el lugar para que el joven Germán desplegara toda su energía. Aunque aún es un historiador del Partido Comunista, en su consciencia la libertad (de la que Siso Martínez fue tan celoso), terminó de abrirse camino. Con Tzara ya había discutido sobre el Decreto Zhdánov y la imposición del realismo socialista. Tzara se preguntaba si uno de los fundadores del dadaísmo estaba en el lugar correcto siguiendo directrices de Moscú. En México, a contracorriente de los otros comunistas, sintió rechazo por la invasión soviética a Hungría. Ya en Venezuela descubre que Siso Martínez, uno de esos detestados adecos, a los que los comunistas ven como la encarnación de la traición reformista y pequeñoburguesa, es un intelectual capaz, sensible y con gran apertura al pensamiento de los demás. De hecho, es su inesperado aliado en el proyecto de crear otra historiografía. ¿Será que el democratismo peqeñoburgués no es tan malo? Pero la gota que derramó el vaso fue la orden del Partido de no publicar nada sin antes pasar por su revisión.  

Carrera Damas decidió no convertirse en una figura patética como Tzara o Picasso, que pusieron su talento a la disposición de hombres como Stalin y Zhdánov. Tal vez no lo pensó con esas palabras, pero fue lo que hizo. Dejó la militancia y utilizó su libertad, la libertad que se les ofrecía a todos los venezolanos con la democracia, para hacer una gran revisión de su historia.     Pero para eso, antes que nada, había que saber qué se había escrito, hacer un balance, buscar las raíces de lo que dábamos por verdades históricas. Tal fue la base de los cuatro grandes libros que producirá en los siguientes diez años: el primer tomo de la Historia de la historiografía venezolana (1961, los otros dos aparecerían en los siguientes treinta años); «Estudio preliminar: Sobre el significado socioeconómico de la acción histórica de Boves», que está en el primero tomo de los Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela (1800-1830) (1964, en 1972 aparecerá como un libro aparte);  “La crisis de la sociedad colonial”, aparecida como introducción a la compilación de documentos de los realistas publicada en los tomos IV, V y VI del Anuario del Instituto de Antropología e Historia de la UCV (1967, después saldría como un libro aparte en 1983); y finalmente El culto a Bolívar: esbozo para un estudio de la Historia de las ideas en Venezuela (1969).  

Aquello simplemente terminó de demoler las visiones tradicionales de nuestra historia. No es que no hubiera habido antecedentes. José Gil Fortoul, cuya lectura como adolescente fue clave para formar su vocación de historiador, Laureano Vallenilla-Lanz y Caracciolo Parra-Pérez, con quien llegó a entablar amistad, habían abierto un camino. Pero fuera de ellos no había demasiado más. En el prólogo a la Historia de la historiografía venezolana propuso el esquema general de nuestra historiografía. Aún hoy es una de las primeras lecturas que debe hacer cualquiera que quiera formarse como historiador o tener al menos una idea del quién es quién de nuestros historiadores. Lo de Boves fue una respuesta a ciertos marxistas que querían verlo como un antecedente glorioso del agrarismo y una tentativa revolución socialista venezolana. No, aunque lo de Boves en efecto expresó las tensiones de la sociedad y sus luchas, no fue un programa revolucionario, nos dice Carrera Damas después de revisar toda la documentación disponible.    

La Crisis de la sociedad colonial cambió de arriba a abajo nuestra idea de la independencia.  Hubo, como no, grandes hombres. Y también grandes ideas. Pero aquel proceso fue básicamente la expresión de una profunda crisis en el orden social. La guerra fue solo una de sus manifestaciones, por lo que no puede agotarse en ella su estudio. Y las tensiones sociales no se pueden despachar con la simplificación de clases dominantes y dominadas. Cada clase tenía sus intereses y tenía una agenda propia para luchar por sus ideas de libertad e igualdad. Eso incluía también a los grandes olvidados: los realistas.   

Pero la gran obra fue, de lejos, El Culto a Bolívar. Aunque no fue la primera vez que se señalaba la relación enfermiza de la sociedad venezolana con la figura del Libertador, Carrera Damas trató de identificar sus mecanismos internos, cómo se construyó una ideología para legitimar el Estado o los diferentes movimientos políticos, que poco o nada tienen que ver con lo que Bolívar pensó. Pero no se trata de reivindicar al pensamiento bolivariano como una verdad definitiva e impoluta, pervertida por malos exégetas.  Bolívar debe ser tratado con el mismo sentido crítico que cualquier otro hombre. No es un dios al que hay que defender. Es la manipulación la que se señala. Aquello fue como un bombazo en medio de la sociedad venezolana. Una de las rebeliones más grandes a una fe establecida de las que se tenga noticia. Llovieron las críticas.  Cundió la indignación. Hubo cartas solicitándole al rector de la UCV que se le removiera de su cargo. Pero estábamos en democracia, en la UCV se respetaba la libertad de pensamiento y del rector Jesús María Bianco en adelante, salieron en defensa de Carrera Damas. Nadie en aquel momento podía imaginarse hasta qué punto aquel fenómeno que dibujaba el libro daría de qué hablar.  

Para la década de 1970 ya es Carrera Damas una figura central en el mundo cultural venezolano. Se ocupa de muchos temas y aún produce un par de clásicos más, como Una nación llamada Venezuela (1980), uno de sus libros más editados y leídos; los estudios que reunió en Venezuela: proyecto nacional y poder social (1986), El dominador cautivo: ensayos sobre la configuración cultural del criollo venezolano (1988) o Aviso a los historiadores críticos (1995), un tratado sobre teoría y metodología de la historia extraordinario.  Pero es sobre todo un momento en el que sus servicios son requeridos por el Estado en otro nivel. Convocado para formar parte de la COPRE y, tras su jubilación en la UCV, para ingresar al servicio diplomático, cada vez más sus reflexiones se fueron decantando por la crisis de la democracia y por la necesidad de reformar el Estado. Al mismo tiempo, la UNESCO lo nombró presidente del comité académico de la Historia General de América Latina (1999, nueve tomos), así como miembro del comité para la segunda edición de la Historia del desarrollo científico y humanístico de la humanidad.  

El proceso político que arrancó en Venezuela en 1999 avivó sus temores por el destino de la democracia, así como su pasión por la libertad. A los setenta años el profesor y embajador jubilado, multiplicó su trabajo. En Venezuela, teme Carrera Damas, no sólo se está demoliendo la democracia, sino ya en sí la república, y algo hay que hacer al respecto. Así, como si todo lo hecho hasta el momento no hubiera sido suficiente, ha producido desde entonces una serie de trabajos muy importantes: “La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia” (1998), Fundamentos históricos de la sociedad democrática venezolana (2002), El Bolivarianismo-Militarismo, Una ideología de reemplazo (2005), Colombia 1821-1827: aprender a edificar una república (2010) y Rómulo histórico (2013). Muy activo en la política, escribió un conjunto de “Mensajes Históricos”, difundidos por la red, en los que analizaba y difundía problemas del momento. Muchos de ellos fueron recogidos en Recordar la democracia (mensajes históricos y otros textos), aparecido en 2006. Junto a eso, el gastrónomo que también es, le permitió publicar una crónica sobr

Es una etapa en la que ingresa como Individuo de Número a la Academia Nacional de la Historia, y como correspondiente a la colombiana y la mexicana. Su preocupación por la democracia lo ha llevado ha profundizar en el estudio de la figura de Rómulo Betancourt, cuyas reflexiones sobre la democracia, encuentra cada día más vigentes y útiles para atender la realidad venezolana. Es presidente de la Fundación Rómulo Betancourt, desde donde impulsa una intensa actividad pedagógica e investigativa. Acaso para asombro de aquel muchacho que trabajaba con Gustavo Machado en México, es hoy uno de los mayores especialistas en el pensamiento de Betancourt.   

Buscado por los jóvenes, sobre todo los políticos, que requieren de su consejo, Don Germán llega a los noventa años con la pasión y el compromiso intactos. Su agenda de charlas, clases y reuniones apenas ha disminuido. Tiene proyectados varios libros. No es casual que el último que ha aparecido para este momento, Historia prospectiva (2018), no esté dedicado al pasado, sino francamente al futuro. Desde su primer escrito, la historia ha sido para él una herramienta de porvenir. Y pocas veces el porvenir le ha ocupado más que ahora.  Sabe que el camino de la libertad es largo y escarpado, por lo que con todo su enorme talento contribuye a que su sociedad lo corone con satisfacción. 

¡Gracias Don Germán por todo lo que ha hecho por la historia, por Venezuela, pero sobre todo por la libertad!

sábado, julio 20, 2019

La historiadora Inés Quintero opina sobre la serie “Bolívar” de Netflix


PERSPECTIVAS
Sobre la serie “Bolívar” de Netflix: es cuento, no es historia
POR Inés Quintero

Publicado en Prodavinci

19/07/2019
Desde que comenzó a transmitirse la serie Bolívar en Netflix, numerosas personas me han llamado o me han consultado acerca de la veracidad histórica de muchas de los sucesos que allí se narran. La repuesta ha sido un contundente NO. La serie Bolívar NO está ceñida al rigor histórico. Es cuento, no es historia.
Debo confesar que no soy amante de las series de televisión y también que tengo especiales reservas y sospechas frente a las series de “contenido histórico”, especialmente cuando son muy largas y con muchas temporadas. Si bien pueden estar muy bien producidas —que no es el caso de la serie Bolívar— la razón fundamental de mi desconfianza tiene que ver con la orientación y propósitos que guían este tipo de producciones; por lo general, el objetivo que las anima es entretener y enganchar a las personas para que continúen viendo la serie hasta el último capítulo, como si fuese una telenovela. Siendo así, no tienen como finalidad y mucho menos contemplan entre sus prioridades, ajustarse de manera rigurosa a la realidad histórica, ya que ésta constituye una camisa de fuerza que estorba y entorpece el trabajo de los libretistas, tiene mucho más sentido darle rienda suelta a la imaginación y a la ficción para de esta manera cumplir con los fines recreativos que persiguen.
La construcción de los personajes, sus características personales, los detalles de sus vidas privadas, sus emociones, afectos o dilemas, así como las maneras de desenvolverse son invenciones de quienes escriben y dirigen la serie, a fin de darle sentido al relato, al hilo dramático que les sirve de guía. No tienen nada que ver con la historia. Lo mismo ocurre con los hechos, éstos son presentados de forma tal que sirvan de sustento a la narrativa dispuesta y construida por quienes elaboran los contenidos, en función de los propósitos de la serie, y no con la finalidad de ofrecer una lectura que permita reconstruir el pasado, tal como ocurrió. Ambos propósitos son incompatibles.
Imaginación y ficción imperan sobre la historia: ni Carlos Palacios era un patán poseído por el demonio; ni Pablo Clemente un tonto incapaz e impertinente; ni doña Concepción andaba por la hacienda disponiendo y tomándole la temperatura a los esclavos; ni Josefa Tinoco, la mujer de Juan Vicente, fue la hija del capataz de San Mateo; ni la familia vivía toda junta en la hacienda. Ninguna de esas recreaciones tiene que ver con la historia.
Tampoco tiene asidero alguno con la realidad la visión caricaturizada del representante del rey de España como el villano que irrespeta a los criollos, y que le grita y ningunea a doña Concepción. Prevalece aquí la visión maniquea de la historia patria, según la cual los malos de la película fueron los peninsulares lo cual, finalmente, explica la decisión independentista. Una visión simplista y ampliamente superada hace ya bastantes años por las investigaciones que se han hecho sobre el tema.
Igual sucede con la idealización del noviazgo feliz y romántico entre María Teresa Rodríguez del Toro y Simón Bolívar, un idilio de telenovela que deja por fuera el arreglo económico que estuvo de por medio para la realización de la boda: una gran dote en metálico y numerosas joyas, a lo que se sumó una cantidad adicional para indemnizar a la joven prometida por tener que venir a vivir a América ya que, de lo contrario, Bolívar no podría echarle mano a su fortuna. El arreglo no le sirvió de mucho a la pobre María Teresa: muy rápidamente el trópico impidió que pudiese disfrutar de su enorme dote. El viudo corrió con mejor suerte. Pudo disfrutar su mayorazgo y sanar las heridas de la viudez, en un largo y dispendioso viaje por Europa.
El personaje central: Simón Bolívar, no ofrece sorpresas. Desde la primera escena es el héroe, el Libertador, el hombre providencial que no se equivoca, que tiene claros sus designios y que triunfa frente a la adversidad. Habla como héroe —en modo proclama—, piensa como héroe, gesticula, camina, ordena, actúa como héroe y sus recuerdos también tienen el mismo empaque. Desde su infancia y en su juventud se sembró en él, de manera inevitable, su vocación libertaria.
Esta visión heroica de Bolívar no admite la presencia de otras figuras que puedan competir con su protagonismo. Miranda, por ejemplo, es presentado como un traidor que, por una bolsa de monedas, fue capaz de entregar la I República, al firmar la capitulación de 1812. Varias personas me llamaron precisamente para comentar esta desfiguración tendenciosa de Miranda. No me sorprende en lo absoluto. Encaja perfectamente con la retórica idealizadora de la entrega de Miranda a las autoridades realistas, en la cual Bolívar tuvo participación destacada. La justificación perfecta de este hecho tiene su fundamento en una acción que se presenta como irrebatible: Miranda traicionó a la República, por tanto, merecía ser entregado. No hay reproches que hacerle al protagonista de la serie, todo lo contrario, su acción se corresponde con su determinación de no transigir, cuando se trata de alcanzar la libertad.
Si esto ocurre con Miranda, no quiero ni pensar cómo quedarán Santiago Mariño o Manuel Piar, o Francisco de Paula Santander o cualquier otro que haya disentido, adversado o polemizado con Bolívar: entrarán con toda seguridad en la nómina de los villanos, como corresponde a la simplicidad que acompaña todo relato maniqueo y telenovelesco en el cual sólo hay dos bandos: el de los buenos en donde están el protagonista y quienes lo acompañan y celebran sus éxitos, y el de los malos, que incluye a quienes lo adversan, todos aquellos villanos que a lo largo de la historia se empeñan en obstaculizar e impedir sus triunfos, pero sobre los cuales, finalmente, se impondrá el protagonista para alcanzar su destino. No se necesita más.
No aguanté mucho, la verdad es; tampoco Ariana, mi sobrina querida. Estuvimos viéndola juntas y quedamos verdaderamente impactadas por la superficialidad, la inconsistencia, la debilidad y la inconducencia de la historia. Podemos confesar que no nos atrapó, en lo más mínimo.
Habrá mucha gente que aguantará y seguramente disfrutará los 60 capítulos. Hay para todos los gustos, sin duda y eso es absolutamente sano y conveniente. Pero lo que sí puedo garantizarles es que, cuando terminen de ver esta serie-telenovela, no será mucha historia la que habrán aprendido, sino todo lo contrario. Yo, por mi parte, no pienso dedicarle ni un minuto más de mi tiempo libre.


jueves, mayo 23, 2019

José Alberto Olivar elegido como Miembro de la Academia Nacional de la Historia (estado Miranda)


Felicitaciones a mi admirado amigo y colega por este merecido reconocimiento. 

Profeballa



Escrito por Redacción OyN   

El pasado 15 de mayo, José Alberto Olivar, fue elegido miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia por el estado Miranda y desde hace varios meses forma parte de staff de columnistas de opinión de Opinión y Noticias. Con tan solo 42 años ya es Doctor en Historia por la Universidad Católica Andrés Bello donde egreso con mención Summa Cum Laude. En 2014 se alzo con el primer lugar en la III Bienal del premio de Historia Rafael Maria Baralt, auspiciado por la Academia Nacional de la Historia y la Fundación Bancaribe. Es especialista en historia del transporte y la comunicaciones y en historia de las relaciones civiles y militares. Tiene en su haber mas de veinte publicaciones entre libros, capítulos de libros y artículos en revistas especializadas en Historia.

¿Qué significa ser miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia?

Una oportunidad de representar al estado Miranda en las deliberaciones de tan prestigiosa institucion que hoy por hoy, procura rescatar esta figura para establecer un mejor canal de comunicación con todos aquellos que a lo largo y ancho del país, se ocupan de investigar y escribir con la rigurosidad debida sobre variados aspectos que aun están por dilucidarse en la historiografía nacional, además de los aportes que con muchos sacrificios no pocos docentes están poniendo en práctica para mejorar la enseñanza de la historia en las escuelas y liceos.

¿Cuál ha sido su aporte a la historiografía del estado Miranda? 

Nuestra primera linea de investigación fue la Historia Regional y Local, por eso en 2004 presentamos como Trabajo de Grado ante el jurado evaluador de la Maestría en Historia de Venezuela en la UCV, un exhaustiva investigación sobre la historia de la construcción de la carretera del este Caracas Guatire en el siglo XIX y su relación con las antiguas haciendas de caña que existieron en aquella localidad. El texto lo publicamos posteriormente bajo el titulo Caminos y carreteras en Venezuela. Acto seguido, en 2009, tuvimos la oportunidad de escribir la biografía del prócer tuyero José Maria Carreño Blanco para el libro Tierra Nuestra 1498-2009 publicado por la Fundación Venezuela Positiva. De igual modo, hemos promovido seminarios de investigación en la Maestría de Historia de la UCAB, donde talentosos cursantes elaboraron novedosos trabajos referidos  a la historia de la entidad. Mas recientemente, finalizamos una investigación sobre la historia de la construcción de la carretera El Guapo-Barcelona durante el gobierno constitucional de Romulo Betancourt en 1962.

¿Qué supone para usted este nombramiento?

Sin duda es un grave compromiso, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre y resilencia. Recibimos esta gentileza de los distinguidos numerarios de la Academia Nacional de la Historia como un incentivo para seguir persistiendo en nuestro quehacer intelectual y docente. Además lo asumo como una suerte de  reconocimiento a la calidad de la formación que recibimos los muchos egresados de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), de modo particular a mis profesores de la especialidad Geografía e Historia del Instituto Pedagógico de Miranda Jose Manuel Siso Martinez donde hice mis estudios de pregrado.

¿Cuáles son sus próximas metas a raíz de esta designación?

Contribuir al fortalecimiento de la linea de investigación Relaciones Civiles y Militares en Venezuela, junto a otros importantes profesores de la Universidad Simón Bolívar como Luis Butto y Germán Guia , quienes hacemos equipo en el Centro Latinoamericano de Estudios de Seguridad, adscrito al Instituto de Altos Estudios de América Latina de la USB.

miércoles, mayo 15, 2019

¡Felicitaciones a los 2 nuevos Individuos de Número de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela: Ocarina Castillo y Reinaldo Rojas!

Resultado de imagen para ocarina castilloNos cuenta Don Tomás Straka: 

Hoy la Academia Nacional de la Historia tiene dos nuevos individuos de número: Reinaldo Rojas y Ocarina Castillo.
Sus obras, importantes y dilatadas; su labor en la cátedra y en la administración de centros educativos; su actividad intelectual más allá de la academia; su compromiso social y sus virtudes éticas, no sólo los hacen merecedores de esta distinción, sino que los ha preparado, y de sobra, para la tarea que les ha asignado la República.
Si en algo Venezuela el día de hoy es un poquito mejor, es porque ciudadanos como Reinaldo y como Ocarina ya tienen sus sillón en la Academia. ¡Enhorabuena por todos nosotros!
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miércoles, abril 17, 2019

¿Para qué sirve la historia? (y II) (nuestro artículo de los miércoles en "El Nacional")


¿Para qué sirve la historia? (y II)

Carlos Balladares Castillo

Publicado en El Nacional

Nuestra anterior entrega inició la revisión del título del último libro del historiador francés hispanoamericanista: Serge Gruzinski (1949), el cual publicó en el 2015 y yo he leído en su traducción al español del 2018 de mi querida Alianza Editorial; y que ahora finalizaremos. La segunda mitad del texto desarrolla el tema de la mundialización, el cual ha sido tratado por el autor en otras de sus obras. Se puede decir que es el problema al cual ha dedicado un mayor esfuerzo de investigación, centrándose en su origen en la expansión española y portuguesa de los siglos XV y XVI. Nuestro énfasis al estudiarlo, nos recomienda, está en construir una “historia global” que se base en cómo las sociedades, civilizaciones o localidades desarrollan “articulaciones y conjuntos”. Y cómo esos “ensamblajes humanos, económicos, sociales, religiosos o políticos homogenizan el globo o se resisten al movimiento”. Otra perspectiva que recomienda es “mundializar” el momento de la expansión europea al comparar su contacto, no solo con las sociedades “conquistadas” (civilizaciones amerindias) sino también con China y la creciente tensión con el Islam.

Gruzinski critica el eurocentrismo en el estudio de la historia, plantea su superación pero “sin caer en una historia-mundo que aplaste toda lectura bajo la losa de hormigón de las generalizaciones ni olvidar que ningún punto de vista puede prescindir de un anclaje”. La historia comparada podría ser este “anclaje” recordando que parten de una temática común que permita al historiador “enfrentarse con los períodos y los espacios” que facilitan “el analizar situaciones radicalmente diferentes o que comparten rasgos similares. Teje entonces, por analogía, vínculos entre sociedades separadas por océanos o por siglos”. La historia de la mundialización, recomienda, no puede caer en una perspectiva de confrontación aunque se aplaudan viejos esquemas de la etnohistoria que permitió visibilizar los conquistados. Y esto porque “ni las víctimas ni los vencedores son siempre los mismos,” de manera que “Ya no vale el esquematismo de los discursos sobre la alteridad cuando el horizonte global diversifica casi hasta el infinito las posiciones y las confrontaciones.” Una propuesta en este sentido sería estudiar a los ibéricos del siglo XVI en dos posiciones distintas: América y China, y allí se descubrirá que no siempre ocupan los mismos lugares del viejo esquema conquistados y conquistadores. Otra crítica que realiza es a los análisis en términos de centro y periferia las cuales “en realidad ya dejan de tener sentido”.

En los argumentos del autor creemos ver la idea que la mundialización es una forma una occidentalización del resto de las culturas. No es la exclusiva imposición de la cultura de Europa (eurocentrismo) sino una forma de mestizaje tanto de personas como de los elementos materiales y culturales. Occidente a partir del siglo XVI dejó de ser una cultura europea homogénea gracias al contacto con otras civilizaciones. Es cierto que el uso de la razón, la ciencia, el Estado moderno, los derechos humanos, la democracia-liberal y el capitalismo (¡y el cristianismo! ¿por qué no?) dieron sus primeros pasos en Europa; pero en contacto o en choque con el mundo. Y estos factores son universales y por ello los ha asumido el resto de la humanidad. No son monopolio de Occidente. Es que al final: “La historia de la humanidad se mide a golpe de grandes experiencias mestizas. La helenización del Oriente antiguo tras las conquistas de Alejando, la romanización del Mediterráneo, etc.”

Mi crítica al texto es que no percibí una unidad sistemática. Es más una obra que reconoce y debate el problema, ofreciendo unas primeras propuestas metodológicas más no historiográficas para lograr la superación del eurocentrismo y el establecimiento de una visión que permita comprender y explicar a nosotros los “glocales” la mundialización. Es verdad que el autor nos advirtió desde el principio que éste no sería su tema, que no quería hacerlo porque estos debates “solo conciernen a círculos de especialistas”, pero uno se queda esperando más. Y entonces “¿para qué sirve la historia?”: es claro que Marc Bloch ya nos había respondido: para comprender. Lo que Gruzinski ha resaltado y agregado, es que desde la afirmación de su compatriota el mundo se ha complejizado de tal forma que los viejos esquemas nos han tendido a dejar perplejos y sin respuestas ¡no sirven! ¡ya no comprendemos nada! Las nuevas “miradas” desde la historia mundial ha querido ser el aporte del autor en un intento de ofrecer luz en un presente confuso en un exceso de imágenes e información. En mi caso, como iberoamericano y venezolano - padeciendo la aplicación de la ideología marxista con sus terribles consecuencias humanitarias –, su lectura me ha permitido sentir cierta esperanza al percibir otra crítica superadora de los viejos esquemas de la historiografía nacida de Carlos Marx.

Nota de Semana Santa: nos habría gustado dedicar un artículo en solitario a los importantes días que transcurrimos pero teníamos que concluir el comentario bibliófilo. De modo que, en sintonía con el libro reseñado, decimos unas pocas palabras. Recomendamos la vivencia de la semana más importante del cristianismo, una religión de extensión mundial gracias a la primera globalización que lograron los europeos en el siglo XVI con especial protagonismo de los que hablan el mismo idioma que uso al escribirles. Somos ibéricos y cristianos mestizos, pues ¡vamos a vivirlo con orgullo y profundidad! ¡Vaya a su misa y/o récele al Dios Amor del cual somos hechos a imagen y semejanza!

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