ENTREVISTA Santos Rodulfo Cortés, historiador "Las revoluciones son inconclusas"
"La revolución del 19 de abril 1810 está pendiente terminarla y eso deben hacer las generaciones futuras"
Ana María Hernández G.
ENTREVISTA Santos Rodulfo Cortés, historiador
Publicado en Analitica.comTeodoro Petkoff
ONCE AÑOS PERDIDOS
Según el Banco Central, 95% de las divisas que recibe el país por exportaciones proviene del petróleo; el resto de la economía sólo produce el 5% de los dólares. En 1998, el petróleo nos proporcionó el 68% de las divisas y el resto de la economía el 32%.
Once años de chacumbelato han significado un salto atrás de proporciones colosales. Dependemos del petróleo como nunca antes. Esto es lo que llevó a distintos voceros del gobierno, incluyendo al propio Presidente, a descubrir el agua tibia, declarando enfáticamente, hace algunas semanas, que somos un “país rentista” y que el gran desafío que se plantea ante el gobierno es el de superar el “rentismo”.
Lo dicen con la cara dura de quien pareciera ser ajeno al problema, como si no fuera la política económica del gobierno la que ha empeorado dramáticamente nuestra condición rentista.
El rentismo se ha transformado, bajo Chacumbele, en una serpiente que se muerde la cola. La enorme renta petrolera no es utilizada para superarlo sino para alimentarlo. Más renta, más rentismo, más gasto improductivo.
La renta petrolera, en algunos países, como Noruega u Holanda, financia el crecimiento económico no petrolero, a través de fondos que represan la mayor parte del ingreso, impidiendo, al mismo tiempo, que su inyección al torrente monetario provoque el “efectoVenezuela”: dificultar la producción “endógena” y las exportaciones, al mismo tiempo que abarata y favorece fantásticamente las importaciones. Por este lado estamos quebrados.
El aparato productivo privado y el público están en la lona, casi noqueado el primero, tanto por la sobrevaluación de la moneda como por la concepción ideológica que lo considera “enemigo” y lo condena a una vida vegetativa; severamente lastimado el segundo por la incapacidad y la corrupción, con su producción por el suelo y sus exportaciones también. Chacumbele no combate el rentismo sino que lo propicia. Ha sido su principal promotor.
El gobierno se jacta, sin embargo, de que esos ingresos han permitido mejorar los indicadores sociales, lo cual le sirve de excusa para hacerse el loco ante su fracaso en la economía y en la construcción de infraestructura.
Hete aquí, sin embargo, que el Instituto Nacional de Estadísticas nos informa ahora el horror de que el 20% de la población más rica del país capta el 47,5% de la riqueza nacional, en tanto que al 20% más pobre sólo llega el 5,9%. Adicionalmente, nos hace saber que la desigualdad social se ha acentuado en 18 estados, con índices muy graves en los tradicionalmente más pobres.
Un consuelo de tontos sugiere que, pese a esto, la pobreza ha disminuido y que somos menos desiguales que otros países del continente. Que la pobreza crítica disminuyó fue verdad hasta 2008. Habría que ver qué ha pasado en 2009 y 2010, con el descenso económico y el incremento del desempleo y del trabajo informal.
Que seamos menos desiguales que muy pocos otros, tal vez, pero después de once años de “revolución” ese es un premio de consolación bien melancólico. La desigualdad existente hoy, después de once años de Chacumbele, lo acusa ante la historia. Once años perdidos.
EL NACIONAL - Lunes 05 de Abril de 2010
El foro del lunes
INÉS QUINTERO
La escritora dice que el sentido más profundo de la Independencia fue la sanción de ciudadanía
"¿Hasta dónde estamos dispuestos a defender la República?"
La autora de El ocaso de una estirpe sostiene que las construcciones históricas de hace 200 años tienen visibilidad y significado fundamental en la actualidad y asegura que la única manera de que a los venezolanos no les confisquen el pasado es que conozcan la (bicentenaria) tradición republicana que tiene el país
La conmemoración del Bicentenario de la Revolución Independentista de Venezuela mantiene bastante ocupada por estos días a Inés Quintero, individuo de número y secretaria de la junta directiva de la Academia Nacional de la Historia: es la encargada de ser la oradora de orden del discurso en la sesión solemne de todas las academias venezolanas que se realizará el 15 de abril.La historiadora no deja de ser noticia. Hace poco la editorial Alfa reeditó una versión corregida y ampliada de El ocaso de una estirpe, el primer libro que Quintero publicó, hace 20 años. El texto aborda el caudillismo como uno de los fenómenos característicos del siglo XIX y, en especial, se centra en las postrimerías del siglo, cuando el general Cipriano Castro asumió la Presidencia de la República.Un aspecto que le llamó la atención del estudio es que Castro, al acceder al poder, llamó a una Asamblea Constituyente, por parecerle esa la forma más adecuada de sancionar una nueva carta magna y legitimarse en el Gobierno. Hechos como éste se repitieron en otros momentos del pasado, y por ello asume que en la Venezuela republicana siempre ha existido una honda preocupación por lo que dice la letra constitucional. "No es casual que los grandes gobiernos autoritarios del país se preocuparan por cambiar la Constitución, como hicieron Guzmán Blanco, Castro y Gómez", apunta.Quintero indica que, a pesar de que algunos gobiernos venezolanos fueron autoritarios y abusaron del poder, hubo entre ellos unos que apoyaron la construcción de ciudadanía y proclamaron los principios constitucionales. "De no haber existido tales civilistas aclara no tendría sentido esa demanda permanente de legitimidad constitucional, independientemente de si luego cumplían o no la carta magna. Por eso, en la actualidad, la sociedad venezolana, a pesar de las tensiones a las que se encuentra sometida, aún exige el respeto del Estado de Derecho. Estos valores republicanos no surgieron del año 1958 para estos días, sino que han sido construidos históricamente".¿La obsesión con la legitimación de muchos gobiernos está relacionada con que la Revolución Emancipadora tuvo que crear de la nada la República venezolana? No es porque estemos en el Bicentenario, pero yo creo que la revolución política más importante que ha ocurrido en el país es la Independencia; por la calidad, la profundidad y las consecuencias de lo que sucedió. No fue partir de cero, pero requirió construir nuevos referentes desde otros que representaban la negación de la República. Hasta que ocurrió la emancipación la valoración de la vida social se sustentaba en la desigualdad y la jerarquía, y la República estableció que el principio regente fuera la igualdad política. Eso es de una profundidad histórica sin precedentes, porque es el inicio de la construcción de ciudadanía. Claro que no fue un proceso rápido, lo que se sancionó fue el comienzo del proceso de construcción de ciudadanía y de principios republicanos, los cuales no pueden obtenerse de la noche a la mañana. Fue crucial que se sancionara, pero todavía estamos en el proceso de lograr la igualdad política.Entonces, ¿el proceso de construcción de ciudadanía en el país tiene 200 años? Claro, conmemoramos dos siglos del comienzo de la vida republicana en el país y de ese proceso. El sentido más profundo de la Independencia no tiene que ver con haber dejado de ser sujetos del imperio español, más bien fue la definición republicana y la sanción de la ciudadanía, así como el ejercicio de la representación, todos aspectos que hoy tienen relevancia.Ahora no debemos discutir sobre la emancipación de España, pero sí preguntarnos: ¿hasta dónde estamos dispuestos a defender la República? Las construcciones históricas de hace 200 años, como la República, la ciudadanía y la división de poderes, tienen visibilidad y un significado fundamental en la actualidad, y por ello es tan importante ser conscientes de ellas. No podemos desentendernos de nuestra definición republicana porque eso es irreversible, ya eso se sancionó hace 200 años.Muchos insertan al presidente Hugo Chávez en la tradición de caudillos de la que escribe en su libro. ¿Es válida esta comparación? No se puede hacer una analogía fácil entre Chávez y Castro, porque las condiciones históricas venezolanas de hoy son distintas a las de la época de la Revolución Liberal Restauradora. Chávez, contrario a Castro, no es un caudillo que proviene de una montonera, sino un oficial del Ejército venezolano, una institución. El caudillo es una especie de jefe silvestre y no proviene de una institución como el Ejército. Obviamente el control del poder en la actualidad se sostiene en condiciones económicas, políticas e históricas muy distintas a las de hace 100 años. Aunque a Castro lo caracterizó un discurso antiimperialista, igual que a Chávez, fue muy diferente, porque las condiciones de la relación de Venezuela con Estados Unidos entonces eran otras. A veces, categorías como "caudillo" son tan amplias que no terminan diciendo nada. Para mí lo importante es que el venezolano entienda su historia para que tenga capacidad para asimilar lo que significa el momento que vive en relación con la comprensión de su pasado, porque eso le permitirá saber cuándo violan sus derechos en el presente. Así como es impensable que un individuo no tenga el referente de su pasado, lo es también que una sociedad pueda vivir por allí de su cuenta, sin ese referente.Por una historia civilPara Inés Quintero, la tradición en Venezuela del conocimiento histórico ha privilegiado el análisis del ejercicio autoritario del poder y no a quienes proclaman los valores republicanos: "Sería bellísimo hacer una historia de la ciudadanía que refiera cuáles han sido los avances, los retrocesos, las contradicciones, las tensiones y los logros del ciudadano en el país.Más que buscar a los héroes civiles, sería lindo buscar quiénes han sido referentes de ciudadanía. De esa manera se podría crear en la gente la idea de que los valores ciudadanos no sólo se encuentran en el ámbito político, sino también en la construcción de una sociedad que se preocupe por el otro".

EL NACIONAL - Sábado 03 de Abril de 2010
Papel Literario/4
¿El Bicentenario de qué?
Reflexiones a dos siglos del 19 de abril de 1810
TOMÁS STRAKA
Los venezolanos sólo hemos tenido dos grandes -- grandes en el sentido de que gozaron de la unanimidad del colectivo-- reacciones nacionales: contra Francia en 1810 y contra la Gran Colombia a partir de 1826.
Esto puede tener, y de hecho tiene, mucho de polémico, pero ayuda a poner en su contexto los hechos del 19 de abril. Hoy, que la Historia desempeña un rol político más grande del que ya tenía; cuando todos buscan hacerse --y asirse-- a un pasado glorioso que le sirva de legitimación; y cuando en nombre de ese pasado se emprenden experimentos sociales con impacto inmediato en nuestras vidas, volver sobre el famoso pero complejo episodio, puede tener implicaciones bastante más prácticas que las del ornato de la cultura general. Las siguientes líneas son un esfuerzo en este sentido. Todos estamos de acuerdo en celebrar el Bicentenario del 19 de abril, pero, en concreto, ¿qué es lo que estamos celebrando con eso? La respuesta que demos no sólo conducirá a una visión determinada del pasado, sino también de lo que estamos siendo en el presente y, seguramente, de lo que queremos, o al menos esperamos ser, en el porvenir.
Lo primero a determinar es cómo fue eso de que se trató de un movimiento contra Francia y no contra España; y, más aún, cómo, si aceptamos que lo fue, éste llegó a tener un carácter más amplio de adhesión popular que el de la independencia de la corona castellana. Ello nos conduce a una discusión sobre la naturaleza de lo ocurrido aquel día que actualmente se despliega con toda su intensidad. Normalmente tranzada por nuestras maestras con aquello de que fue "el primer paso hacia la Emancipación", los historiadores se dividen entre quienes lo evalúan como un acto de fidelidad al Rey y quienes lo ven como una maniobra para poco a poco ir llevando las cosas hacia la independencia absoluta. Nuestra tesis es que hubo un poco de las dos cosas, como casi siempre en la historia --en los fenómenos humanos--, en la que lo paradójico y lo contradictorio no tiene por qué ser raro. La posteridad, de acuerdo a sus intereses, tiene para escoger, pero, en cambio, los historiadores debemos enfrentar esa contradicción con toda su complejidad.
Inicialmente, los testimonios de la época --tanto los de los protagonistas y contemporáneos que terminaron en el bando republicano, como los de aquellos que terminaron realistas, y que encima vieron así las cosas desde el primer momento-- se inclinan, prácticamente todos, hacia la segunda opción. No dudan en afirmar que ese día comenzó la revolución, que al menos en la cabeza de sus promotores, el plan estaba trazado desde el primer momento. Hubo incluso protagonistas que lo confesaron después. Además estaba la experiencia de la conjura de 1808, cuando se quiso hacer más o menos lo mismo y las autoridades españolas --comenzando por el Regente Mosquera-- no sólo lo consideraron subversivo, sino que encarcelaron a los promotores y señalaron que, de haber alcanzado el triunfo, habrían hecho exactamente lo que hicieron dos años después: llevar las cosas hacia la Emancipación. Ante esto, ¿puede hablarse de simple casualidad? Por otro lado, no hay motivos para pensar que la mayor parte de los caraqueños que, cogidos por sorpresa en los actos del Jueves Santo, que asistieron a la escena y en principio la apoyaron no estaban sinceramente indignados por la invasión de Napoleón a España, por las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII --que se suponían hechas bajo una coerción mayor de la que realmente hubo-- y por la simpatía real o intuida que el Capitán General Vicente Emparan y otros afrancesados de su gobierno sentían por El Francés. Los caraqueños ya habían despedido con tumulto a los emisarios de José Bonaparte. Ya habían salido a la calle a vitorear el regio nombre de Su Majestad. Y ya, cuatro años atrás, habían ofrecido sus vidas y sus bienes para repeler al "traidor" Miranda. Además, y faltarán más pruebas, en el momento en el que la Junta que sustituye al Capitán General empieza a dar pasos hacia la Emancipación, muchos se separan y otros la comienzan a combatir, incluso literalmente, con las armas. No es extraño que muchos de los miembros de la Junta terminaran como realistas. He ahí, por sólo poner un caso, el de Feliciano Palacios.
Pero había más. Napoleón, y en general Francia, significaban básicamente otra cosa más peligrosa: la disolución social, la amenaza a la religión católica, la agitación de las esclavitudes, tal como había pasado en las Antillas (y como hacía unos quince años había ocurrido en Coro). Ante peligros de semejante proporción, lo responsable era organizar una junta --institución hispánica para enfrentar calamidades-- y asumir el desafío de mantener las cosas por su carril. Eso, seguramente, es lo que concluyeron la mayor parte de los que le respondieron que "no" a la pregunta que hizo Emparan desde el balcón.
Por eso, mientras el movimiento fue para atajar la influencia francesa gozó del consenso de todos. Mientras se trató de evitar otro Haití, no hubo fisuras importantes.
Pero en cuanto torció hacia una separación de España --cosa que comenzó a percibirse a las pocas semanas de la Junta-- el mismo se rompió. No se logró recomponer hasta que apareció un nuevo peligro común a todos: el de la unión colombiana, que resultó tan traumática, y el descollante liderazgo del Libertador, que ofendía la sensibilidad liberal de la élite del centro del país. No fue hasta entrada la década de 1820 cuando una combinación de factores --las torpezas de Fernando VII cuando regresó al trono, la ocupación militar de Morillo, la Revolución Liberal de 1820, los éxitos políticos y militares de Bolívar, capaces de capitalizar a favor suyo todo aquello, la popularidad de José Antonio Páez-- lograron captar un apoyo mayoritario para la propuesta independentista y republicana; y, sin embargo, nunca fue tan grande como la que tuvo la reacción antinapoleónica y anti-francesa de 1810. Se contaron por miles los venezolanos que después de Carabobo decidieron emigrar, hasta dejar ciudades enteras sin artesanos y profesionales calificados. Y muchos de los que se quedaron, por su parte, fueron sorprendidos por la disolución de la República de Venezuela dentro de la unión colombiana.
Casi al día siguiente, resolvieron conspirar.
Pero volvamos a nuestro tema del 19 de abril: ¿lo que vamos a celebrar es el movimiento de la élite caraqueña para deponer a los afrancesados, para mantener las medidas revolucionarias de Francia lejos y garantizar, entre otras cosas, la integridad de la Fe Verdadera y el control de las esclavitudes? Obviamente, no fue en esa dimensión, por determinante que haya sido para su desencadenamiento, lo que define la importancia del acontecimiento dos siglos después. Hay, a nuestro juicio, tres aspectos que ya se manifiestan ese día y que son los que le otorgan un carácter distinto al de un simple zarpazo del mantuanaje, avalando en alguna medida a quienes ven --como, insistimos, lo vieron sus protagonistas-- algo más que un acto de fidelidad.
El primero es la formación de un gobierno autónomo con respecto a la corona castellana. Aunque hubo antecedentes en los que el Cabildo tomaba el lugar del gobernador, y otros en los que se opuso a las leyes venidas de ultramar, nada era comparable con lo que acababa de ocurrir. Una cosa es un gobierno provisional bajo el Rey y otra ocupar el lugar del Rey. La Junta de Caracas, que despechaba por Fernando VII (¡y hasta se atrevía a firmar Su Majestad!), habló de unos criollos que se sentían con las suficientes fuerzas no sólo para ponderarse iguales a sus hermanos de la península --lo que en sí no era novedad y, de hecho, refrendaba las leyes-- sino para montar su propia regencia, vale decir, su propia monarquía, y cumplir las funciones del Rey cuando había ausencia absoluta. Roto el pacto que los unía al monarca --así argumentaron entonces y lo seguieron haciendo en el Acta de Independencia de 1811; así lo volvió a decir Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, en 1815-- reasumieron la soberanía que habían delegado en él y, con ella, primero organizaron una junta en su nombre, después convocaron a un congreso y finalmente fundaron una república. Pero, véase bien, la asunción de la soberanía, que prácticamente es la independencia, ya la habían hecho el 19 de abril.
El segundo se refiere a lo que se decidió hacer con esa independencia. Como explicaría años más tarde un testigo de excepción, Andrés Bello, una cosa es la independencia y otra la libertad.
No fue el único que lo hizo, aunque tal vez --el "Libertador Intelectual" al fin y al cabo-- el que lo explicó mejor.
Los anhelos autonómicos, explicaba, estaban inveterados en el celo por sus fueros que tienen todos los españoles, pero la libertad fue una idea posterior. Actualmente, que hay tantos regímenes que manipulan las cosas para confundir la condición independiente de sus países con la de libertad de sus ciudadanos, es importante hacer la aclaratoria. Un país no es libre por ser independiente, lo es, por la libertad de sus ciudadanos. Las ideas liberales --proto-liberales, en realidad-- ya gravitaban en el pensamiento más o menos ilustrado, más o menos ecléctico, del grueso de aquellos criollos y no tardaron en ponerlas en marcha. La libertad de imprenta, inicialmente de facto y pronto reglamentada, que se tradujo en una multitud de papeles y en el primer periódico independiente, el Semanario de Caracas; la libertad de comercio con el exterior, que trajo al primer enjambre de mercaderes y aventureros norteamericanos e ingleses (trajeron mercancías, compitieron con los viejos monopolios de la harina, uno de ellos, incluso, destiló en Venezuela por primera vez ron); la supresión de la trata de negros --quién sabe si movida para evitar la llegada de ideas inflamables del Caribe-- pero de claro talante reformista; la libertad de conciencia, al menos su planteamiento con el asunto de la libertad de cultos, que escandalizó a casi todos y que al final se rechazó; en el ejercicio de esa libertad y soberanía recobradas se convocaron elecciones para un Congreso y éste remató declarando la Emancipación, fundando una república --lo que implicaba suprimir los privilegios nobiliarios, la estructura de castas y darle ciudadanía a los pardos libres-- y redactando una constitución liberal, democrática y federal en la amplitud que tales palabras tenían para la época.
El tercer aspecto abre un poco más el alcance de esa libertad. En el acto de formación de la Junta decidieron ampliarla con diputados en representación del clero y de los pardos. A tanto no llegaron como para incorporar a un hombre de color --por mucho que Juan Germán Roscio era hijo de una cuarterona-- ni, hasta donde sepamos, le consultaron al "gremio de los pardos" si estaban de acuerdo con el representante escogido (José Félix Ribas), pero el gesto en sí mismo tiene una carga, sino democrática, al menos tendiente hacia eso, que es necesario resaltar. Puede alegarse que sólo se trató de un ardid de los mantuanos para calmar las tensiones que desde hacía un cuarto de siglo, más o menos, venían teniendo con las capas medias, de color, en su empeño por ascender socialmente; pero el solo hecho de darles representatividad y visibilidad en la nueva organización de la monarquía vernácula, habla de un proceso que se asoma hacia la igualdad, hacia lo que hoy llamaríamos inclusión.
Visto así, el 19 de abril de 1810 los venezolanos --al menos una parte, pequeña pero significativa: la élite caraqueña-- emprendieron el camino para vivir independientes, en democracia y libertad.
Por supuesto, ese día no se podía saber todo lo que estaba por venir, es casi seguro que en la cabeza de quienes participaron en lo que en esencia era una reacción contra Francia y contra el peligro de que las provincias se les fueran de las manos, tuvieran siquiera una sospecha de eso. En rigor, nadie puede asegurar el motivo por el que será recordado, si es que llega a serlo.
Tampoco pueden identificarse esa independencia, la democracia y libertad como un logro que se alcanzó en los desarrollos inmediatos, o incluso mediatos, del acontecimiento --además, cabe preguntarse desde este agitado, a trechos doloroso 2010: ¿de verdad se alcanzó? Pero sí vemos en ellos una línea que se prolonga hasta la actualidad. Ya nadie se acuerda de José Bonaparte ni del peligro francés, detonantes de la reacción inicial. Hasta borramos la estrofa del "Gloria al Bravo Pueblo" en la que se hablaba de ellos. Pero sí queda lo que de sustantivo tuvo para nosotrosç el 19 de abril: el camino de la independencia, la democracia y la libertad.
EL NACIONAL - Sábado 27 de Marzo de 2010
Papel Literario/3
Elogio de Pedro Cunill Grau
TOMÁS STRAKA
NELSON CASTRO
Geohistoria de la sensibilidad en Venezuela es uno de los esfuerzos más grandes y fructíferos por comprender al país, su gente, su historia y su naturalezaCuando en 1997 la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela publicó el libro-homenaje a Pedro Cunill Grau (Santiago de Chile, 1935), Venezuela: geohistoria y futuro. Ensayos en honor de Pedro Cunill Grau, con el concurso de Arturo Uslar Pietri, Pedro Grases, Elías Pino Iturrieta, Ramón J. Velásquez, José Ángel Rodríguez y Diego Bautista Urbaneja, entre otros, estaba celebrando una larga y generosa --en aportes, en dedicación, en siembra de discípulos-- vida académica. Quien había producido obras como la Geografía del poblamiento venezolano en el siglo XIX, que ya es un clásico --y vaya que son pocos los que pueden ufanarse de haber producido uno--, parecía encaminarse hacia un descanso merecido. Afortunadamente, no fue así. A más de diez años, Don Pedro está más activo que nunca, lleno de ideas, preocupado --y ocupado-- por el destino del país y publicando trabajos que, cada uno por sí solo, si no tuviera otros, ya le habrían dado fama y justificada admiración.
En los últimos dos años su cosecha ha sido tremenda, en calidad y cant idad: apa recieron la Geohistoria de la sensibilidad en Venezuela (2007), que tanto ha dado que hablar; los primeros seis tomos de la monumental Geo-Venezuela (20072009), que coordinó; y la erudita y bellamente editadaHistoria de la Geografía de Venezuela. Siglos XV-X X (2009). Libros --más que eso: testimonios de una vida de entrega y de labor-- como éstos deben ser motivo de alegría en un país donde ni las turbulencias ni las adversidades han logrado matar al espíritu; y donde el ejemplo de Don Pedro es una referencia que nos invita a no desfallecer. Un elogio para la existencia y las ejecutorias capaces de producir estos trabajos es lo mínimo que podemos hacer: es la prueba de gratitud que como venezolanos y, en el caso de quien escribe, como docentes e investigadores le debemos a quien tanto ha hecho por nuestro destino y por nuestra felicidad.