domingo, febrero 05, 2017

Presentación del nuevo libro de la historiadora Margarita López Maya sobre la historia reciente de Venezuela: "El ocaso del chavismo 2005-2015"

Margarita López Maya ha dedicado sus investigaciones al análisis exhaustivo de la realidad venezolana desde un enfoque ilustrativo y una perspectiva crítica que revelan los detalles del acontecer político venezolano que desencadenaron el difícil momento que actualmente vive el país.
 
Las consecuencias del carisma del líder, el populismo chavista, la aparición del poder popular, el Estado Comunal, la desigualdad política y los procesos electorales vividos en los últimos años son parte del recuento de los hechos concretos con los que la historiadora da respuestas a dudas e interrogantes en torno al porqué del fracaso del proyecto político del expresidente Hugo Chávez.
 
Así, El ocaso del chavismo nos acerca a los procesos sociopolíticos que generaron la crisis global de la sociedad venezolana en el período que se extiende de 2005 a 2015; un período que arrastra las consecuencias ya analizadas por López Maya en Del viernes negro al referendo revocatorio, la primera parte del proceso de cambios que se extiende desde 1983 hasta 2004. 
 
Ambos libros arman un recorrido histórico que, como afirma su autora, arranca con la «crisis estructural de la Venezuela rentista, que buscó ser superada con un cambio de élites y de proyecto político», pero que «desafortunadamente, la experiencia ha resultado en un gran fracaso».
 
La presentación se realizará el día jueves 9 de febrero a las 5:30 p.m. en la Librería El Buscón (Trasnocho Cultural. Centro Comercial Paseo La Mercedes). Y contará con la participación de Rafael Uzcátegui y Benigno Alarcón Deza.
 
Margarita López Maya es historiadora y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela. Las publicaciones de varios títulos, numerosos capítulos en libros latinoamericanos y nacionales, más de sesenta artículos en revistas académicas y su participación como conferencista en múltiples universidades le han valido significativos premios académicos y su participación como Visiting Professor del programa Edward Larocque Tinker (Universidad de Columbia); como Senior Fellow del Woodrow Wilson International Center for Scholars (Washington DC); como Visiting Lecturer en el International Studies-Sociology Department (Universidad de Kentucky); y como Visiting Researcher and Lecturer en el Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Princeton. Es autora de Del viernes negro al referendo revocatorio, publicado por esta casa editorial.
Benigno Alarcón Deza es abogado graduado en la Universidad Católica Andrés Bello, magíster scientiarum en Seguridad y Defensa del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional, con una especialización en Derecho Internacional Económico y de la Integración en la Universidad Central de Venezuela y una maestría en Gerencia Pública en la Universidad de Maryland (EE.UU.). Asimismo, realizó el Programa de Administración de Recursos para la Defensa del Centro de Estudios Hemisféricos para la Defensa de la Universidad Nacional de Defensa de los Estados Unidos. Se ha especializado en análisis político, gestión estratégica y resolución de conflictos. Actualmente es director del Centro de Estudios Políticos que fundó en la Universidad Católica Andrés Bello en el año 2009.
Rafael Uzcátegui es sociólogo, editor independiente y actual coordinador general del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea). Es columnista habitual de los diarios Tal Cual y Correo del Caroní, así como conductor de los podcasts Humano Derecho e Imperdibles. Es autor de los libros Corazón de Tinta (Náufrago de Ítaca Editores, 2000) y Venezuela, la revolución como espectáculo. Una crítica anarquista del gobierno bolivariano (Libros de Anarres, 2012). Su bitácora se encuentra en www.rafaeluzcategui.wordpress.com

miércoles, enero 25, 2017

"La democracia un camino de dos siglos" (discurso de orden del historiador Tomás Straka ante la Asamblea Nacional en conmemoración del 23 de enero)

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La república conmemora el cincuenta y nueve aniversario del 23 de enero en estado de gravedad. Hoy, cuando muchos venezolanos se acuestan sin comer y otros sólo pueden hacerlo tras escarbar en la basura; cuando cada día muere alguien por la violencia o por la falta de medicinas, la significación de aquella jornada adquiere una estatura distinta ante los retos que tenemos en frente y que definirán el destino de nuestra patria.  ¿Qué importancia tiene hablar del 23 de enero para aquellos conciudadanos que en este momento están haciendo cola para comprar pan o van de romería por las farmacias buscando un medicamento? ¿Qué utilidad tiene esta sesión para la madre que a esta hora piensa, con tristeza, en la cena que debe y a lo mejor no puede preparar para sus hijos?  ¿Para los abuelos que sólo pueden disfrutar a sus nietos vía Skype? La historia nunca ha sido un regodeo de erudición.  Por lo menos no cuando se hace en instancias como la presente. Cuando los representantes del pueblo solicitan el concurso de quien por vocación y oficio se dedica a la indagación de la sociedad a través del tiempo, subrayan el compromiso de esta disciplina con la sociedad; sus potencialidades para hacer a las mujeres y los hombres más libres, en el sentido de ayudarlos a ser más conscientes de su responsabilidad y a tomar las riendas de su propio destino.
Pues bien, esa responsabilidad y esa asunción de las riendas tiene mucho que ver con la democracia y en especial con lo ocurrido el 23 de enero de 1958.  En aquella fecha confluyeron muchas de nuestros más altos valores y luchas más sentidas y prolongadas.  Por eso escrutarla es confrontarnos con nosotros mismos; vernos en el espejo de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho, en cuanto nación, con nuestras vidas.  De nuestros éxitos más sonoros, pero también de nuestras fallas, que no han sido pocas, que debemos asumir como adultos y remediarlas antes de que sea demasiado tarde.
Ilustres parlamentarios:
Hace cincuenta y nueve años los venezolanos sentamos un hito fundamental en la construcción de nuestra ciudadanía.  Entonces recuperamos, unida la sociedad en un gran frente como probablemente no lo habíamos tenido nunca, la soberanía conculcada por un grupo negado a respetar la voluntad popular.  Ese día se hicieron efectivos los pilares de nuestro pensamiento democrático, proclamados -aunque lamentablemente cumplidos de forma muy limitada hasta entonces- un siglo antes, en 1859, cuando Juan Crisóstomo Falcón afirmó que en las repúblicas los poderes sociales corresponden a las mayorías y que por eso la causa de nuestros males de entonces era que “el pueblo quiere, y no lo dejan elegir”.  A partir de 1958 ese sueño democrático se hizo real: al pueblo se le dejó elegir y las leyes fueron producto de los acuerdos refrendados por las mayorías.
Tal vez, apreciados representantes, cause sorpresa que me haya remontado hasta tan lejos como la Guerra Federal para marcar el significado del 23 de enero.  Pero lo hago con el objetivo de resaltar el alcance histórico de tres aspectos especialmente importantes para los venezolanos que hoy navegan en la adversidad: primero, que en su esencia la lucha contra los despotismos ha sido una constante; una que en grados mayores o menores, se mantuvo incluso en los setenta años de autocracias caudillistas que vivimos entre la Guerra Federal y la aurora liberalizadora de 1936; una lucha que adquirió forma definitiva en la década siguiente y que supo resistir y finalmente triunfar durante la dictadura que gobernó de 1948 a 1958.  Segundo,  que la mayorías venezolanas han hablado muchas veces en la historia y que cuando lo hacen de forma contundente, han sabido hacerse oír; y que, tercero, en ese largo camino, a pesar de sus retrocesos, hemos logrado triunfar.  Que incluso en sus trechos más oscuros ha sido posible hallar una luz para guiarnos y avanzar.   Con su venia, permítanme girar un poco en torno a esas tres ideas.
Los dos senderos de una larga marcha
Comencemos con lo que el historiador Germán Carrera Damas  ha llamado, jugando un poco con las palabras,  la “larga marcha hacia la democracia”.  No se trata, legisladores, de una tautología.  No habla Carrera Damas de esos movimientos indefectibles del destino en que soñaron los historicistas del siglo antepasado.  Se refiere a la decisión decisión asumida tanto por las elites políticas e intelectuales como por las mayorías del pueblo, cada una a su modo, y empujada ya por dos siglos.  De modo que la democracia no es un resultado necesario, sino el producto de un esfuerzo decidido, con éxitos grandes y pequeños, así como también con fracasos y retrocesos importantes: pero un esfuerzo al que no hemos renunciado.
La cita de la Proclama de Palmasola nos dice, indistintamente de lo que en lo inmediato postergó por décadas aquellas promesas, que la democracia venezolana no es flor de un día.  Tampoco que fue un producto del azar u otro prodigio del cielo.   No tenemos una democracia sub specie aeternatis.  Hay unos valores hondamente enraizados y unas circunstancias históricamente definidas que han permitido, según los tiempos, irlos realizando.    Y como tales es necesario advertir que no están libres de fisuras, de desvíos, de tentaciones autoritarias o prácticas personalistas.  Decirlo es necesario para estar alertas.   Lo importante es que el balance se inclina hacia la búsqueda de la democracia y la libertad.
El triunfo de los federales en aquella guerra se coronó con el Decreto de Garantías, que entre otras cosas abolía la pena de muerte y prometía ayuda del Estado a los venezolanos en desgracia ya en 1864; que consagraba las grandes libertades individuales, la económica muy especialmente; y que después condujo a una constitución que consagró el voto universal (entonces aún sólo de los varones) y la autonomía de los Estados.  Muy pronto la realidad dio al traste con aquello y Venezuela fue, si vale la palabra, des-democratizándoase en las siguientes décadas, hasta llegar al gomecismo.  Pero la semilla estaba sembrada.  De hecho, lo estaba de mucho antes, ya que esas ideas básicas de representatividad, elecciones y libertades individuales, fueron las directrices del proyecto con el que los Padres de la Patria fundaron la república; y al menos en los discursos y las leyes, no se abandonó nunca.  No es un dato irrelevante que ni siquiera nuestros peores tiranos se atrevieron a negar la santidad de estos principios.
El reglamento electoral de 1810, con base en el cual se eligió el Congreso que proclamó la independencia, demuestra que desde el principio el destino de la república ha sido concebido en manos de la representación popular libremente elegida. Aquel reglamento establecía la representatividad moderna, esa de la que Ustedes, ilustres parlamentarios, son expresión; es decir, la que ejercen los ciudadanos libremente a través del voto.  Nuestra república, entonces, nació de un acto electoral, pues los diputados salidos de aquellas primeras elecciones de 1810 fueron los que la fundaron un año después. Hablar, entonces, del ensayo democrático de 1864 es hablar de una tradición larga,  como lo es hablar del ensayo de 1946 a 1948; una tradición que se corona en 1958 y que pese a las adversidades y enormes amenazas, sigue vigente como guía de nuestras luchas.
Dos efemérides a celebrarse en este año, nos dan cuenta de las dos grandes vertientes de esta tradición democrática; son dos bicentenarios que no deben pasar inadvertidos: el de uno de los libros fundamentales de nuestro pensamiento, El triunfo de la Libertad sobre el despotismo, escrito por el jurista, teólogo y repúblico Juan Germán Roscio (por cierto redactor de aquel primer reglamento electoral); y el natalicio de Ezequiel Zamora.  La hora actual, los usos de la historia oficial por las distintas banderías, parecerían ponerlos contrapuestos.  Hay, sin duda, diferencias importantes entre el intelectual que reflexiona sobre la libertad individual del hombre y colectiva de los pueblos con la Biblia en las manos; y el jefe guerrillero que incendió medio país con proclamas de igualdad.  Son dos caminos distintos, pero no por eso contradictorios.  Para los efectos de nuestra vida republicana las dos caras de la misma moneda.   Roscio nos habla de una tradición republicana que desde el estudio y la deliberación reflexionó y ha ido construyendo construir la libertad.  Zamora, de los reclamos de las masas que querían hacer para todos los beneficios de los hombres y mujeres libres.  Hablamos de los ex esclavos y ex manumisos, de los peones sin tierras, atados a las haciendas de sus patrones por deudas, que anhelaban tener la propiedad sobre una parcela que producir, poder calzarse y acaso aprender a leer y escribir. El pueblo quería elegir, en efecto, pero porque sospechaba –y sospechaba bien− que la libertad que triunfa sobre el despotismo es la condición indispensable para vivir mejor. No sabemos qué proponía Zamora para lograrlo, pero sí qué intentaron hombres como Falcón, con sus recursos y circunstancias.  Hacer de la república y sus instituciones un lugar para la realización de las mayorías, fue la bandera del Partido Liberal.  No siempre honró la promesa, acaso por las dificultades objetivas para lograrlo.  Durante el largo período de autocracias que va de 1870 a 1935, se consideró a la democracia un ideal inalcanzable hasta que las circunstancias no cambiaran.  A lo sumo el cesarismo se creyó posible.  Un césar “democrático” que sirviera de equilibrio entre las aspiraciones populares encarnadas por quienes siguieron a Zamora y la legalidad y libertad soñadas por los Roscio.  Que atara el potro de los reclamos populares mientras poco a poco se edificaba la república.
Cuando la opción cesarista parecía más consolidada, en la década de 1930, un grupo los hombres y mujeres se encargaron de desmentirla.  Para ellos, la libertad y la legalidad no son la antítesis de los reclamos de las mayorías; sino justo lo contrario: la libertad y la legalidad son por el contrario los requisitos indispensables para la efectiva igualdad.  Nuevas circunstancias nacionales y planetarias favorecieron el cambio; pero en el momento auroral de 1928 se trató básicamente de una semilla sembrada desde hacía tiempo, que brotó en la rendijas de una lápida que se creía inquebrantable.
Por supuesto, hubo muchas vertientes entre aquellos hombres y mujeres.  Unos creyeron con honestidad que una revolución como la que había sacudido a Rusia podría hacernos libres y felices. La mayor parte de ellos fue patriota y luchó con denuedo, haciendo aportes a la nación que no pueden soslayarse.  Otros buscaron un camino propio, inspirados en formas diversas de socialismo, de nacionalismo y de la doctrina social de la Iglesia.  Pero para 1936 pocos ponían en duda que una democracia entendida como un régimen de libertades, sostenido en la soberanía popular y promotor del bienestar social, era el camino del país.  La apuesta era que aquellos “Juan Bimbas” que una vez siguieron a Zamora, encontraran eco a sus esperanzas y angustias en las morigeradas formas republicanas pensadas por Roscio y los otros repúblicos de su estirpe.  Para que, como en el famoso cartel electoral de 1946, Juan Bimba cambiara el chopo por la tarjeta de votación.   Uno de los grupos, el liderado por Rómulo Betancourt, incluso desarrolló la teoría propia de la revolución democrática, que básicamente se resumía en la construcción de un régimen de libertades más el acceso a la tierra, al crédito, a la educación y a la salud para todos.   Betancourt, lector como pocos de la historia de Venezuela, planteó de esa manera la conjunción de los dos grandes senderos de la democracia a la venezolana.
Pues bien, ese es el ideal centenario que se recuperó en 1958.  Habían pasado diez años, entre 1948 y aquella fecha, en lo que se impuso de nuevo la postergación de la democracia en tanto que un despotismo pusiera las condiciones para hacerla posible. Acoquinada la principio por una serie de golpes, por la bonanza de petrodólares (que en realidad no llegaba a todos) y la represión, la sociedad resistió, primero callada y tímidamente, después cada vez con mayor altivez.  En cuanto pudo, contra todos los pronósticos, retomó lo que había venido siendo su corriente profunda fundamental.   Esa es la tradición que, ajustándola al tiempo y las circunstancia, nos confronta hoy.  Las libertades que han de triunfar sobre el despotismo, y que al mismo tiempo les garanticen el pan a las mayorías que tienen hambre y cada vez más desesperación.  Representantes del pueblo: esa es la misión que hoy nos concierne a todos.
Una construcción colectiva
Después de cuarenta años de notables triunfos, en ocasión similar a la que hoy nos congrega, Luis Castro Leiva clamó en 1998 por lo que presagiaba como el fin de libertades conquistadas con mucho esfuerzo.  Se trata de un hecho que no podemos eludir. Varias veces el camino de la democracia se ha encontrado ante grandes disyuntivas.  Para cuando Castro Leiva hablaba en este hemiciclo, estaba ante una de ellas.  En 1998, después de dos décadas de empobrecimiento económico e institucional, lo que hemos llamado la tradición de Roscio, es decir, la búsqueda deun sistema de libertades que supere al despotismo, se había desencontrado, en las cabezas y los corazones de muchos ciudadanos, de esa otra tradición, la popular de búsqueda del bienestar, alguna vez encarnada en Zamora.  No en vano la promesa de una revolución que demoliera lo existente logró erigirse como una promesa en el horizonte.   Lo que ha pasado desde entonces es una historia que está en desarrollo y cuyo balance aún es difícil de hacer.  No obstante, se pueden esbozar ya algunas conclusiones: la primera es que, pese al desencanto con el régimen en 1998, la democracia en sí misma, en su sentido venezolano, no se puso en cuestión.  Y no sólo eso: tanto antes de 1998 como después de esa fecha, ese 80% de los venezolanos que según todos los estudios prefieren la democracia a cualquier otro sistema, la asociaban esencialmente a dos de sus aspectos, no poco relevantes, el hecho de que el poder legítimo proviene de la voluntad de las mayorías expresadas a través del voto; y que ese poder debe encargarse de fomentar el bienestar.  El día de hoy, sabemos de los costos que aquello implicó en medio de las duras circunstancias en que estamos, hay estudios demuestran un cambio que, de sostenerse, podría ser relevante: cada vez más entienden que la voluntad de las mayorías y la búsqueda del bienestar no son sostenibles sin un régimen de legalidad y libertades que las garanticen.  Por supuesto, estamos lejos de que sea una convicción extendida sin fisuras.  La desesperación es una muy peligrosa para la democracia; pero es una variable que empieza a despuntar.
Lo segundo nos lleva directamente a la fecha que nos congrega, el 23 de enero de 1958.  Por buena parte de las últimas dos décadas, la sociedad venezolana estuvo polarizada en dos sectores aparentemente irreconciliables.  Cuando se indagaba sobre lo que identificaban como los principales problemas del país, había notables consensos en muchos aspectos; pero cuando se preguntaba por sus soluciones, las diferencias se profundizaban.  Esa polarización en gran medida se ha revertido el día de hoy.  Chavistas y opositores han encontrado en las adversidades el sentido de su destino común.  La inflación y la escasez no hace distingos. Por eso una mayoría muy amplia clama por transformaciones que la saque de los males en que se encuentra.   Es un reto de primer nivel para Ustedes, representantes de ese pueblo que hoy como nunca “ama, sufre y espera”; representantes de las dos tendencias que, ojalá, cada una desde su visión del mundo logre hacer propuestas constructivas para la sociedad.
Estimados parlamentarios:
El 23 de enero fue un triunfo colectivo.  Esa es la lección fundamental ante este desafío que hoy nos concierne.  Cuando la sociedad en su conjunto en se rebeló contra la dictadura y en un clima de unión se encaminó hacia la democracia, marcó una pauta que aún resuena entre nosotros. Y cuando hablamos de conjunto, de eso que entonces se llamó “el espíritu del 23”, lo hacemos en el sentido más amplio de la palabra.  Ahí estaban casi todos.   Los comunistas, que tanta sangre derramaron en la Resistencia, junto a los adecos, compañeros fundamentales en la lucha; la Iglesia y los sindicatos; los empresarios y los intelectuales; los socialcristianos y los militares.  El espíritu del 23 de enero fue la cuna del espíritu de Puntofijo y de un sistema definido por los consensos.  Hubo, claro, después algunas rupturas en ese consenso, como lo demostró la experiencia de las guerrillas, y después hubo abusos en el mismo, que demasiadas veces impidieron la autocrítica y el efectivo equilibrio de los poderes; pero en general el 90% de los venezolanos lo refrendaron en los votos, garantizando cuatro décadas esencialmente definidas por la paz y la libertad.   Esto quiere decir que la democracia no sólo es producto de un proceso histórico centenario; sino que fue también el resultado de una labor colectiva, que en 1958 fue rescatada entre todos y que el día de hoy, cuando las coincidencias ante la situación del país y sus soluciones son tan importantes, debe ser vivificada y reformulada entre todos.
Repito: nunca como ahora la búsqueda de amplios consensos ha sido tan necesaria.  Y nunca como ahora ha habido tantas coincidencias para hacerlo.
Contra la desesperanza
Además, el 23 de enero también nos recuerda otra cosa: cuando la mayoría trabaja en conjunto y decide empujar líneas históricas de gran calado, puede triunfar a pesar de las adversidades.
Para noviembre de 1957 la dictadura parecía consolidada sin remedio.  Incapaz de ganar las elecciones, había desconocido los resultados cinco años antes y ahora apelaba a un subterfugio legal para evitarlas, sustituyéndolas con un plebiscito amañado.  Su triunfo, predecible, se insertaba además en un continente donde campeaban las dictaduras sin contrapesos importantes.  ¿Por qué la venezolana, que además gozaba de notables recursos económicos, no podría salirse con la suya?
Sin embargo al cerrársele el paso a un pueblo que entonces, como antes, “quiere elegir”, se obturó una válvula que finalmente estalló.  Tímidamente los estudiantes, echaron a andar una bola de nieve que pronto fue una avalancha, en la que participaron todos.  En menos de un mes otro gobierno encaminaba el país hacia unas elecciones libres.  Nadie hubiera pensado eso en las horas de aparente resignación que siguieron al plebiscito del 57.  Nadie, tampoco, de cara a los alzamientos, conspiraciones con financiamiento internacional y la crisis económica que hubo de enfrentar, pensaría que el gobierno emanado de aquellos comicios podría llegar a su final, en 1964, logrando el prodigio, por primera vez en nuestra historia, de la entrega de un presidente civil electo democráticamente a otro surgido por los mismos procedimientos.  El pueblo que en conjunto recuperó la democracia se propuso de igual manera defenderla.  Salió a la calle cuando con tanques se quiso derrocarla.  Y fue a las urnas cuando el terrorismo quiso amedrentarlo.  Entendió en medio de aquella crisis que la austeridad era una medicina amarga, pero necesaria.  Superó diferencias con oponentes políticos para garantizar la unidad.  Y llevó a otro civil democráticamente elegido al poder.  El esfuerzo valió la pena: fue el inició de más de dos décadas de mejoras continuas de los indicadores sociales y, más allá de los lunares, algunos graves, que los hubo, de consolidación de un régimen de libertades, respetuoso de los Derechos Humanos.
Poco antes, en la presentación de su último informe al Congreso, Rómulo Betancourt, artífice clave de aquella revolución democrática, dijo:
“Los sueños y los sacrificios de tantas generaciones, impar la de 1810, ya dio sus frutos en la buena vendimia de la civilidad y la democracia.  Ya en nuestro país los gobernantes no se autoerigen, sino que el pueblo les otorga un mandato con la cédula del voto.  Ya en nuestro país el gobernante no realiza acciones de fraude o violencia para perpetuarse en el poder, sino que lo transfiere, en la fecha que la ley fundamental fijó, a quien legítimamente había de sucederlo, porque el pueblo lo invistió con la dignidad y la responsabilidad de la Presidencia de la República.”
La civilidad y la democracia aspirados desde 1810 es lo que se conquista, o se termina de conquistar, en 1958.  Es lo que logra en conjunto la sociedad.  Y es lo que hoy pujamos por mantener y mejorar.  Si lo hacemos con la suficiente entrega, valentía y buen juicio, lo podremos lograr porque los venezolanos hemos demostrado ser capaces de grandes realizaciones.  Esa es la lección de la historia nos ofrece del 23 de enero y es la que hoy, ciudadanos congresantes, les he querido compartir.  Sigamos adelante, que es un deber hacerlo y será un honor lograrlo.

miércoles, enero 18, 2017

Maestría de Historia de la UCAB (Caracas) ha abierto las inscripciones para los cursos de Introducción a la Historia, Historiografía general y Teoría de la Historia, a iniciarse en marzo del 2017

Nos informa el amigo, colega y coordinador de la Maestría de Historia de la Universidad Católica Andrés Bello:

Es un gusto informar que la Maestría de Historia de la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) ha abierto las inscripciones para los cursos de Introducción a la Historia, Historiografía general y Teoría de la Historia, a iniciarse en marzo del presente año.

Los tres cursos, diseñados como estudios de nivelación para profesionales que aspiran a entrar a las Maestrías de Historia de las Américas e Historia de Venezuela de esta casa de estudios sin ser Licenciados en Historia, pueden ser también cursados por otros profesionales con título de Licenciado o equivalente, en la modalidad de cursos de ampliación.  Si eventualmente quisieran ingresar después a alguno de los dos programas, les serían reconocidos.

Los cursos se dictarán los días martes, de 2 a 8 PM, en el campus de Montalbán, en Caracas.  La modalidad es presencial.  Se está estudiado la posibilidad de ofrecerlos de manera virtual, pero aún no tenemos listo su diseño.  

Para información, por favor escribir a tstraka@ucab.edu.ve

Los facilitadores seremos:

Historiografía: Lucía Raynero: Doctora en Historia (UCAB), Andrés Bello Chari (Oxford),  Investigadora de la Universidad Católica Andrés Bello, autora de La nocion de libertad en los politicos venezolanos del siglo XIX (2001) y Clio frente al espejo (2007), entre otros. 

Teoría de la Historia: Agustín Moreno Molina: Doctor en Historia (UCV), Licenciado en Teología (Pontificia Universidad Gregoriana, Roma), investigador de la Universidad Católica Andrés Bello, autor, entre otros, de: La universidad de ayer y hoy (2009) y Hechos y personajes de la historia político-eclesiásticca venezolana del siglo XX (2013).


Introducción a la historia: Tomás Straka: Doctor en Historia (UCAB), Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, investigador de la UCAB; autor, entre otros, de: La voz de los vencidos, ideas del partido realista de Caracas (2000),La épica del desencanto (2009) y La república fragmentada, claves para entender a Venezuela (2015).

sábado, enero 14, 2017

Simposio centenario del natalicio del Doctor Ramón J. Velásquez (24 de enero, Cátedra Simón Bolívar, Edificio A, de la Facultad de Humanidades y Educación, Mérida)

La Escuela de Historia, el Centro de Estudios Históricos "Carlos Emilio Muñoz Oráa" y la Maestría en Historia de Venezuela de la Universidad de Los Andes invitan al
Simposio centenario del natalicio del Doctor Ramón J. Velásquez, a efectuarse el martes 24/01/2017, a partir de las 8:30 am, en la Cátedra Simón Bolívar, Edificio A, de la Facultad de Humanidades y Educación, Mérida.

Conferencistas:

*Ildefonso Méndez Salcedo (UNET//Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses)
*Luis Caraballo Vivas (ULA, Escuela de Historia)
*David Ruiz Chataing (UPEL, Instituto Pedagógico de Caracas//UNIMET)
*José Alberto Olivar (Universidad Simón Bolívar//UNIMET)
*Luis Hernández Contreras (Academia de la Historia del Estado Táchira//Cronista de San Cristóbal)

Organizan: 
Decanato de la Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Historia, Centro de Estudios "Carlos Emilio Muñoz Oráa" y Maestría en Historia de Venezuela de la Universidad de Los Andes // Coordinación de Investigación y Postgrado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador-Mérida // Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses

lunes, enero 09, 2017

Foro: Centenario de la Revolución rusa (1917 - 2017) este martes 17 de enero a las 3 pm en Centro Cultural UCAB

El Instituto de Investigaciones Históricas y el Centro de Investigación y Formación Humanística tienen el gusto de invitarlos al foro: Centenario de la Revolución rusa (1917 - 2017) que se llevará a cabo el martes 17 de enero a las 3 pm en uno de los auditorios del Centro Cultural.
En 1917 hubo dos revoluciones en Rusia. La primera, de febrero, barrió con la autocracia zarista, formó un gobierno provisional y llamó a elecciones para una Asamblea Constituyente. La segunda (octubre) barrió con el gobierno provisional y con la Asamblea Constituyente y los bolcheviques, liderados por Lenin y Trotski, tomaron el poder. La segunda revolución "cambió la historia" como diría John Reed testigo de aquellos acontecimientos.

miércoles, enero 04, 2017

"Joven bajo el III Reich" de Hilde Magdalena Perozzo,(Reseña por Clemente Balladares C.)

Joven bajo el III Reich
Hilde Magdalena Perozzo,  presa política de Hitler.
                                                           por Clemente Balladares C.

            En junio de 2015 llegó a mis manos una pequeña joya. “Joven bajo el III Reich”,  un libro de 158 páginas publicado en cubierta suave por el Fondo Editorial Carlos Aponte en 1994.  Son esas maravillas desapercibidas que no tienen éxito comercial pero que son líneas muy bien escritas de historias merecedoras de mayor divulgación. En este caso una adolescente nos narra cómo cae presa de la Gestapo en 1942. Lo particular de esta detención arbitraria…reitero lo obvio que en la Alemania nazi la mayoría de las detenciones eran arbitrarias, es que Hilde Carmen Magdalena Perozzo Hutther quien firma el texto con su nombre de casada (Magda Carrera) es sometida por colocar carteles de propaganda contra el régimen lo que le acarrea condena por alta traición, sin embargo la pena capital no le es aplicada por tener 17 años de edad.
  
           En trece capítulos Magda nos cuenta acerca de su celda, las duras condiciones de frio o calor extremo, insalubridad, poca comida y maltratos. Lo más original de la historia de esta muchacha es que es la única presa política entre criminales comunes por robo o delitos menores, gitanos y judíos. Por ello lleva una P mayúscula bordada en su ropa. Por supuesto que es una joven anti nazi de excelente formación familiar y académica lo que le permite analizar todo su entorno, aunque durante su etapa adulta en Venezuela es cuando decide escribir el libro para su familia, el cual es publicado por la editorial antes mencionada.

            Magda nos cuenta como fue llevada de su ciudad natal hasta el centro de detención a decenas de kilómetros, los otros prisioneros que conoce, entre ellos estaba una valerosa gitana francesa quien deja huella en su vida y es parte de su supervivencia. Como eran las carceleras, mujeres de los más bajos estratos y confesas por crímenes reales, entre ellas otra humanitaria protectora que le ofrece amistad. Como mejora su situación al cumplir su duro trabajo que solo beneficia el esfuerzo bélico alemán pero vuelve a caer en desgracia al negarse a rezar el padre nuestro al Fuhrer, una aberración tanto para personas religiosas como para las que no profesan fe alguna. Los venezolanos de este siglo no podemos olvidar como se hizo algo similar con el difunto presidente en 2013.

            Al final termina con el esperado día de la liberación y como se va sola caminando o en aventones de los aliados hasta su casa. El libro viene ilustrado sencillamente por fotos de época y algunos artes en blanco y negro. Una reedición de este bello libro sería oportuna. Magda murió en Caracas a principios del siglo XXI, se casó en 1949 con el cumanés Jerónimo Carrera y se vino a vivir a Venezuela nacionalizándose, tuvo dos hijos, una hija y diez nietos.
           

            Agradezco a mi amigo Luis Cova el préstamo del libro y a su hermano el hijo de la Sra Magda, Alvaro Carrera, las fotos que anexo aparte en esta reseña, las mismas no están en el texto original.
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