domingo, agosto 04, 2013

Manuel Antonio Prince Veroes: un venezolano en el frente del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial

Autor:   Clemente Balladares C.

"Las balas no son de algodón”
Así decían un yaracuyano veterano de la Segunda Guerra Mundial.


Para mediados de la década de los cincuenta caminando en Barquisimeto, a un señor bajo de mediana edad con porte típico de los oriundos del occidente de Venezuela, un Guardia Nacional le pregunta: 

-Epa Toño. ¿Cuántos japoneses mataste en la guerra? 

-¿Ves estos diez dedos de mis manos? Bueno no me alcanzan los dedos para contarlos (el hombre contesta algo pretencioso pero seguro).

Manuel Antonio Prince Veroes nació en Aroa, estado Yaracuy, el 16 de junio de 1914. Su madre era de San Juan de Los Cayos y su padre de origen holandés quien vino por la instalación del ferrocarril Bolívar. De niño se crió en Barquisimeto estudiando en el Colegio La Salle, jugaba Beisbol y recuerda conoció al futuro presidente Rafael Caldera. Cuando cumplió los 13 años de edad se fue a vivir a Nueva York con un hermano mayor que lo invitó. Su partida también fue por las creencias de su madre sobre la dictadura gomecista, parte de su educación Lasallista y como el mismo asevera en las pocas entrevistas que dio al final de su vida diciendo: “la democracia es algo donde vivir y para defender”.

En la gran manzana aprendió primero el idioma, posteriormente algo de mecánica en Detroit para así luego reparar los famosos taxis Yellow Cabs y hasta llego a ser gerente de un estacionamiento cuyo dueño recuerda era libanés. Por allá entre finales de los años veinte y los treinta Manuel tenía un amplio grupo de amigos latinoamericanos, mayormente Puertorriqueños y mexicanos. El 7 de diciembre de 1941 su vida cambio, Estados Unidos le declaraba la guerra al Imperio del Sol Naciente luego de ser atacado por esta nación en Pearl Harbour.

Manuel, como sus amigos hispanos, fue enrolado según la ley que obligaba a residentes con más de tres años a luchar por ese país. Igualmente sus convicciones sobre esa nación no eran objeto de evadir esa orden sino más bien motivo de orgullo y aventura. A inicios de 1942 se entrenó por tres meses en un campo militar en Carolina del Sur, luego fue enviado en tren junto a miles de conscriptos a San Francisco donde embarcaría al Pacífico. Aunque el ya sabía iría a luchar contra los japoneses ya que le dieron el uniforme caqui de algodón y no de lana para el frio frente europeo.

Prince fue asignado al Batallón 182 de la División 23 del Ejército norteamericano, mejor conocida como AmeriCal, esta unidad fue activada en Nueva Caledonia en mayo de 1942, se reconocía por su blasón azul con las estrellas de la cruz del sur y cuando entro Manuel estaba formada principalmente por latinos. A finales de ese año tomo el largo viaje en los barcos de transporte de las US Navy hacia las islas que ocupada Japón. Fue en octubre de ese año cuando entró al combate real en Guadalcanal en la desembocadura del río Matanikau. Los primeros en desembarcar fueron jóvenes marines de 18 años. Prince contaba los 28 años y a su división se les ordeno bajar en la segunda oleada. Cuando subió la playa vio la mayoría de los cadáveres de los marines sobre la arena y otros flotando en la orilla. El refuerzo que dio su regimiento a los marines les permitió a los estadounidenses tomar el monte Austen en enero de 1943 y consolidar el Campo Henderson que era la base aérea para los primeros ataques contra Japón.

Pronto sus compañeros latinos lo bautizaron “el brujo” por la manera en que se metía en el combate evitando la muerte pero enfrentando sin amilanarse contra los japoneses. El recuerda que para sobrevivir en batalla había que moverse como una ardilla y en parte es similar a jugar beisbol. Su frase de cuidado era: “Las balas no son de algodón”. Al año siguiente fue ascendido a sargento donde comando una escuadra de soldados más jóvenes, todos estadounidenses sin latinos. Su arma principal eran los morteros de 81mm para apoyo avanzado.

Cuando Guadalcanal fue asegurada el General MacArthur desembarcó y entre los soldados a recibirlo estuvo este venezolano, al famoso general le llamó la atención su aspecto hispano y le preguntó de donde era: con lo que Manuel contesto para no confundir la ubicación de su pequeño pueblo yaracuyano, dijo: – ¡Caracas! En perfecto español el general replicó: -¡Oh, sí Caracas! Invitándolo de seguido a departir un rato en su tienda de campaña. Al ser bajito y moreno, los aborígenes le tomaron afecto como pensando era uno de ellos mismo, esto le logró otras atenciones. También era uno de los mas corteses con los niños locales al regalarles golosinas y cantar canciones infantiles.

Luego de Guadalcanal fue a Fidji en marzo, hasta alcanzar Bouganville en 1944 y cuando llegaron a Filipinas el último año de la guerra estuvo en las Islas Corregidor. Allí le sucedió su más grande hazaña cuando en las colinas cercanas a la ciudad de Cebú el 3 de abril de 1945, un grupo de seis americanos estaban siendo avasallados por los japoneses. Manuel vio desde lejos el peligro de sus compañeros y dirigió fuego de mortero contra el enemigo más una nube de humo verde que oculto a los americanos bajo ataque. Esto encegueció a los japoneses y permitió la evacuación de sus compatriotas incluyendo heridos. Lo más dramático de todo era que había francotiradores nipones y sus acciones evitaron la precisión de esos tiradores. Esa acción le valió un reconocimiento escrito con sello del ejército estadounidense firmado por el general mayor de la División, una cinta y medalla para su uniforme de gala por combate destacado.

Ya para la invasión de Okinawa en julio de 1945,  se perfilaba la derrota del Imperio Nipón solo que esa era la primera Isla en territorio directamente Japonés y la defensa sería más enconada. Sin embargo el batallón Americal continúo acabando con esos focos de resistencia. A principios de agosto termino la guerra con la rendición del enemigo y Manuel fue enviado a casa. En noviembre le dieron de baja honrosa y en Nueva York sus familiares y amigos le dieron un gran recibimiento.

Para 1946 decidió regresar a Venezuela, donde monto un negocio de reparación de autos en Barquisimeto. El periódico local El Impulso titulo con su regreso el 27 de noviembre, posteriormente otros diarios locales lo reseñaron en los 90s. En esa ciudad se caso y tuvo seis hijos. Vivió bajo sus principios de respeto a los demás y defensa de la democracia, los cuales destacaba en las conversaciones. Critico ampliamente los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en una de sus últimas entrevistas. Casi a sus 80 años logro una pensión del gobierno norteamericano hasta su muerte en 2003.


Desde 2012 a este investigador le llego por correo electrónico una comunicación de un familiar del sargento Prince. Daniel Athalido reconoce el valor de la experiencia de combate de Manuel atesorando parte de los documentos y fotos que sirven de prueba a las experiencias de este yaracuyano.

4 comentarios:

Vyck dijo...

Gran historia de este héroe de la tierra de mis padres. Gracias por compartir.

mamurri dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
mamurri dijo...

Me encanto esta historia, ya que estoy muy orgullosa de mi apellido Prince. Mi padre también era de Yaracuy, pero nunca me hizo alguna referencia de esta gran héroe de la historia Manuel Prince, lo que si supe que mi abuelo se llamaba Pieter Prince y era Holandés, lo que me hace presumir que fue uno de los tres holandeses que se mencionan.
De todas formas me encanto leer acerca de los Prince.

mamurri dijo...

Me encanto esta historia, ya que estoy muy orgullosa de mi apellido Prince. Mi padre también era de Yaracuy, pero nunca me hizo alguna referencia de esta gran héroe de la historia Manuel Prince, lo que si supe que mi abuelo se llamaba Pieter Prince y era Holandés, lo que me hace presumir que fue uno de los tres holandeses que se mencionan.
De todas formas me encanto leer acerca de los Prince.

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