lunes, marzo 11, 2013

Hoy fallece el historiador venezolano Simón Alberto Consalvi


Para mi siempre será, junto a Manuel Caballero y tantos otros, defensor de: la historiografía profesional nunca la propaganda que hacen muchos hoy en día, y de los principios republicanos y democráticos en estos tiempos oscuros que vivimos. 

Profeballa

Les dejo el correo que nos mandó el colega e historia Tomás Straka

En recuerdo al luchador, al editor, al periodista, al ensayista, al diplomático, al historiador que se nos fue esta tarde, una nota que publicqué sobre él hace un tiempo en El Nacional.   Paz a su restos.

El republicanismo constante de Simón Alberto Consalvi

Un protagonista a la sordina Aquella noche todos los venezolanos estuvimos frente al televisor. Un hecho insólito para las últimas generaciones estaba por ocurrir: un presidente no terminaría su periodo constitucional. Con el eco de los cohetes en el fondo –porque su defenestración fue muy celebrada– Carlos Andrés Pérez anunciaba su renuncia al país. Quien había llegado dos veces a Miraflores surfeando una gran ola de votos, quien fue considerado uno de los “duros” del gobierno de Rómulo Betancourt, quien llegó a considerarse uno de los líderes del Tercer Mundo y quien logró unos niveles de popularidad pocas veces vistos (antes y después) en nuestra historia, al final ya no pudo más. Se le quebró la voz. “Hubiera preferido otra muerte”. Sobre su vida política cayó el telón.

Hoy repasamos sus palabras y nos parecen premonitorias de todo lo que ha venido después. Pero entonces (20 de mayo de 1993) la mayor parte estaba en el paroxismo del desencanto. Hay que haber vivido aquellos días para comprender el clima de rabia que se respiraba en el país. Rabia contra él –tan amado hasta la víspera– y contra un régimen que ya acumulaba, la verdad, demasiadas fallas. Por eso no sólo salió buena parte de los venezolanos a celebrar, sino que pronto se encargaría de elegir a los “náufragos políticos de las últimas cinco décadas” –así los definió– que en gran medida lo acababan de tumbar. Para Simón Alberto Consalvi aquello es un recuerdo doloroso. No sólo por su amistad con el hoy reivindicado –al menos para muchos– presidente Pérez, sino porque a su talento se debió el discurso. Fue él quien creó las figuras estremecedoras (incluso para los que más odiaban a Pérez) y contundentes, que ya tienen su lugar en la historia, en especial estas del naufragio y de la muerte.

Es este tipo de protagonismo a la sordina el que ha caracterizado la larga vida política de Consalvi (Santa Cruz de Mora, 1927). Cuando se haga una historia de aquellos hombres y mujeres que edificaron la república liberal y democrática que fuimos entre 1958 y 1998, con todos sus defectos pero también con sus grandes virtudes, tal vez Consalvi encabece la lista de políticos, funcionarios y tecnócratas a cuyo trabajo paciente, normalmente callado, generalmente honesto (¡en un país con tanta corrupción!), se debe mucho de lo mejor que somos. Consalvi se encuentra entre ellos. Y no es que pretendamos una realidad idílica que no fue, o que negamos todas las fallas que se agudizaron hacia la década de 1980, los casos de corrupción e impunidad que generaron justa indignación, el frenazo en la movilidad social, las debilidades estructurales del modelo rentista, el colapso final. Es que esos aspectos no opacan (más bien al contrario) la labor de aquellos venezolanos más bien anónimos que aguardan por su lugar en los libros de historia nacional.

El de Ramón Hernández que se reseña en estas líneas (Contra el olvido. Conversaciones con Simón Alberto Consalvi) es una contribución a ello. Su éxito entrevistando a Germán Carrera Damas (El asedio inútil. Conversación con Germán Carrera Damas, Caracas, Libros Marcados, 2009), junto con el deseo cada vez más amplio de la sociedad por comprenderse en el tiempo, auguraban otros proyectos similares. Enhorabuena este lo vino continuar.

Además, Venezuela está dejando de ser un país en el que “no se escriben memorias”. Por eso resulta tan significativo que las memorias de Enrique Tejera París hayan alcanzado el éxito editorial que tienen, o que en poco tiempo hayan aparecido las de Ramón Escovar Salom y Miguel Ángel Burelli Rivas. O la densa entrevista que Agustín Blanco Muñoz le hizo a Carlos Andrés Pérez. Tal vez ellas nos demuestren que alcanzamos otra tesitura política en la que los políticos son también hombres letrados; el ejercicio del poder se siente confrontado por sus ciudadanos (y por la historia), y esos ciudadanos tienen el cacumen y el interés pedir sus cuentas. Si no todos, por lo menos bastantes para comprar varias tiradas de estos libros. Siempre lamentaremos que Rómulo Betancourt falleciera antes de culminar sus memorias, así como la aparente desaparición de las notas en las que ya tenía, hasta donde se sabe, algunos capítulos muy avanzados.

 La larga entrevista que Hernández le hace a Consalvi no tiene una vocación biográfi ca. Pero sin duda será una fuente para quien intente hacer una.

 Es, sobre todo, una conversación sobre la actualidad.

En esto, como en tantas cosas, Betancourt fue un adelantado de nuestra modernidad.

La verdad es que larga entrevista que Ramón Hernández le hace a Consalvi no tiene una vocación biográfica.

Pero sin duda será una fuente para quien intente hacer una.

Es, sobre todo, una conversación sobre la actualidad. Pero al menos quien escribe echó de menos una indagación más honda en el alma y en el pasado del entrevistado, por mucho de que nos dé valiosas pistas al respecto. Sabemos que eso no se debe a poquedad de Hernández, cuya veteranía está más allá de toda duda. Es que Consalvi también conoce los trucos del oficio y tiene con qué eludir aquello que, por una razón u otra, prefiere no comentar. Hernández lo advierte en varias partes: “Consalvi no es dado a compartir cuitas personales” (p. 133); “reservado, no va contando sus cuitas al primer transeúnte que se tropieza” (p. 185). Es evidente que no lo quiere, pero con lo que dice ya se revela como un estupendo personaje para biografiar.

 Esquema para una biografía. Simón Alberto Consalvi es un andino que mira y oye con atención, pero que pesa muy bien el valor de lo que dice. O, para no caer en estereotipos, es un periodista que precisamente porque conoce el poder de la palabra, entiende cuándo emplearla y cuándo dejarla en paz. Tiene también la discreción del militante de Acción Democrática, que conspiró contra la dictadura militar y pagó su atrevimiento con tres años en la cárcel de Ciudad Bolívar; del exiliado en Cuba, donde se relacionó estrechamente con el elenco de la Revolución; del diplomático que en el Belgrado de los años sesenta supo a qué sabía el socialismo real, indistintamente que fuera en su versión ligth de Tito. A lo mejor fue esta dura pedagogía la que lo enseñó a callar. Cuando se acercó a los 40 años terminó de convertirse en el personaje que es. Inició su labor como gerente cultural heredando a Mariano PicónSalas (que muere en la víspera de su apertura) en el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba), y fundando la revista Imagen, todo un hito en la cultura venezolana. Es en su gestión cuando comienza a otorgarse el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Finalmente remata con la fundación Monte Ávila Editores, una referencia editorial en el continente.

Entre la cultura y la diplomacia seguirá su carrera. Ministro de Relaciones Exteriores en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (aquí desliza una de las pocas confesiones del libro: considera aquél su mejor momento en la vida), tendrá un papel fundamental en la rea lpolitik del gobierno que se abre hacia el campo socialista, en especial Cuba. No se trataba de cualquier cosa cuando gobernaba el gran vencedor de la guerrilla en los sesenta.

Es la época de la Gran Venezuela que aspiraba a ser líder en el Tercer Mundo, que participaba en procesos tan neurálgicos como el de la Revolución Sandinista o en la entrega del Canal al gobierno de Panamá; y que hablaba de antiimperialismo y no alineación.

Durante los años ochenta –ya más grises en Venezuela, pero especialmente dorados en su diplomacia– Consalvi vuelve a la cancillería, ahora bajo el muy controvertido gobierno de Jaime Lusinchi (del que sale con el prestigio indemne). Pudiera pensarse que para entonces lo más interesante de su vida quedó atrás, pero son los años de Contadora y la pacificación de Centroamérica; de la democratización de Sudamérica; de los grandes avances en la integración; de la crisis de la deuda. También de la crisis del “Caldas”, que casi nos lleva a una guerra con Colombia y que la diplomacia que entonces dirigía supo enfrentar y resolver. Escala en el firmamento político y Lusinchi lo nombra Ministro de Relaciones Interiores, que entonces equivalía a tener las responsabilidades de un vicepresidente, y Secretario de la Presidencia de la República. En 1988, como presidente encargado durante un viaje del primer magistrado al exterior, le toca sortear “la Noche de los Tanques”, la primera intentona que anunciaba el retorno del golpismo a la vida venezolana. Intentona que debela sin disparar un tiro y, hasta donde sabemos, sin otro concurso que el de la autoridad de su investidura constitucional (y de su coraje físico), pero de la que no termina a atreverse a hablar en el libro.
Por lo menos no como tantos quisiéramos que hiciera.

Las pasiones del repúblico La suya es una pasión constante por hacer república.

Pasión que lo lleva ya en la década del noventa a la historia. Siempre la había sondeado (como lector tanto como protagonista), y nunca dejó de escribir como periodista, ensayista y hasta como narrador. Pero quien esquiva a sus propios biógrafos se estrena con una biografía de George Washington en el año 2000, para no parar hasta hoy: ya es Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia. El retorno definitivo al periodismo viene con el nuevo siglo. Editor adjunto de El Nacional emprende, entre otras, la formidable empresa de publicar una biografía cada quince días.

Al principio se piensa sólo en cien. Pensar en cien venezolanos biografiables y en cien autores capaces de escribirlos, podía parecer una temeridad. Sin embargo, hoy ya se extendió la Biblioteca Biográfica Venezolana a ciento cincuenta volúmenes, y es un rotundo éxito editorial cuya trascendencia para la cultura nacional ya se vislumbra.

Pero Consalvi es sólo callado con su vida y su obra. Cuando se le pregunta sobre Chávez (porque los más de ochenta años no obstan para que desistiera de la lucha política) o cuando se le tocan determinados aspectos que lo sensibilizan, se explaya, incluso se vuelve intenso. Sus ideas sobre la evolución de AD; los sacerdotes, al menos los de su Mérida de los años cuarenta, cada vez que llegan a su recuerdo lo vuelven un severo anticlerical; el triunfo de Rafael Caldera todavía no le cuadra (y acá hace acusaciones sensacionales: por ejemplo que se trató de un fraude tramado y perpetrado, entre otros, ¡por Guillermo Morón!); pero por sobre todo se destacan sus diferencias con Arturo Uslar Pietri. Es el gran villano de su discurso, a su juicio el súmmum de los náufragos rebelados contra el presidente Pérez. Para quienes nos criamos viendo en Uslar un héroe y sinceramente admiramos su obra, resulta toda una sorpresa la andanada de acusaciones que le hace. Lo ve como el principal enemigo y el conspirador mayor contra la democracia. Ninguno tuvo más saña y doblez. Sus ideas y ambiciones se quedaron intactas el 17 de octubre de 1945. Jamás comprendió la revolución que estalló un día después. Siempre desconfió del pueblo, despreció el voto universal y apostó a un gobierno oligárquico. Con sus Notables fue uno de los que allanó el camino para que Hugo Chávez llegara al poder. Hasta donde sepamos, nadie había escrito (hablado sí, pero siempre a la chita) algo así de Uslar Pietri.

Como vemos, la pasión republicana de Consalvi sabe de estremecimientos. Ante quienes considera adversarios de la república y la libertad, no pide ni ofrece cuartel. Tiene, naturalmente, otras pasiones. La escritura, los viajes, los libros y, como abruptamente revela en cierta anécdota de su exilio en La Habana que Hernández le logra arrancar, tambiénen esas cualidades que siempre, según se dice, lo hicieron muy popular entre las damas… pero, para la historia, lo que definitivamente sobresale es su constante republicanismo. Su constante lucha por la libertad. Es lo que en claro deja el libro de Hernández sobre él. Y es lo que sin duda habrá de ser motivo para varios libros más. Simón Alberto Consalvi, gran repúblico venezolano del siglo XX, es todo un personaje en búsqueda de un autor.

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