lunes, febrero 12, 2007

Historiador Germán Carrera Damas: sus conceptos historiográficos y la visión sobre el momento actual

Las historias de Germán Carrera Damas
por Antonio Sánchez García
domingo, 11 febrero 2007
“MI CONFIANZA EN LA DEMOCRACIA VENEZOLANA ES HISTORICISTA, NO POLÍTICO CIRCUNSTANCIAL”

La extensa y profunda obra de Germán Carrera Damas, figura señera de las ciencias históricas venezolanas, se ha visto enriquecida por la edición de “Mis Historias. Contribución a las historias colectivas” con que el Fondo de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela contribuye una vez más a la difusión del pensamiento del gran intelectual cumanés. Desde El culto a Bolívar y Una nación llamada Venezuela, obras maestras de la reflexión histórica venezolana que conocieran varias ediciones y se convirtieran no sólo en obras de consulta obligatoria sino en auténticos best seller, Carrera Damas no ha cesado de indagar en el laberinto de nuestra nacionalidad. Autor de más de cuarenta obras de gran envergadura, su densidad analítica y su capacidad sistematizadora le han permitido reconstruir el hilo rojo de nuestro intrincado, azaroso y muchas veces irracional decurso histórico, señalando sus líneas maestras y sus tendencias fundamentales.
Invitado a integrarse al cuerpo de asesores científicos encargados de redactar la Historia del Desarrollo Científico y Cultural de la Humanidad, la Historia General de América Latina y la Historia General del Caribe, tres de los más ambiciosos y trascendentales proyectos de la UNESCO, Germán Carrera Damas ha participado asimismo en la redacción de la Historia de España Menéndez Pidal y la Historia de América Andina, con extraordinarios ensayos de interpretación sobre el Caribe, Venezuela, la Gran Colombia y el continente en su conjunto. Ha entrado así en el muy selecto grupo de los grandes historiadores contemporáneos, entre quienes no faltan figuras emblemáticas – como, por ejemplo, el hispanista y americanista británico John Lynch - que se reconocen sus deudores.
ASG: Dos conceptos cruciales de la reconstrucción teórica y la sistematización de la historia de América Latina y de Venezuela en particular desarrollados en su obra son el de implantación – para referirse al carácter sobre determinante de nuestra estructura social - y el de Proyecto Nacional para indicar los propósitos históricos de nuestras clases dominantes independentistas. Aquel pareciera encontrarse en una de nuestras más complejas determinaciones fundacionales. Éste se muestra al día de hoy aún inacabado.
GCD: Son dos realidades distintas que no pueden ser consideradas bajo una misma óptica. La implantación se refiere a un hecho inédito en la historia universal: la decisión de los conquistadores españoles de asentarse en territorios previamente ocupados por poblaciones indígenas más o menos densas poblacional y culturalmente, y sin poder trasplantar plenamente los esquemas europeos crear nuevas sociedades, bajo nuevos parámetros y con nuevos propósitos. Es el inconmensurable aporte de América Latina a la cultura universal. Algo que la cultura anglosajona no hizo ni en Norteamérica ni en África, en donde se prescindió de los pobladores nativos, para permitir un trasplante de las culturas originarias de los conquistadores. Hablamos de un esfuerzo histórico universal de inmensa envergadura: la creación de las sociedades criollas, del mestizaje, en todos los ámbitos, con un aporte de gran trascendencia para la modernidad: la república liberal en el mundo hispano-lusitano.
El Proyecto Nacional es el esfuerzo implementado por los vencedores, en el marco de la disputa de la independencia, cuando partiendo de una realidad sociohistórica subordinada política e ideológicamente a la Monarquía – una realidad tangible, perfectamente materializada y visible – debió crear y someterse a una nueva deidad: la Nación, y su voluntad como legitimación de la república. Entidades que nadie sabía, a ciencia cierta, en qué consistían, que no había cómo materializar y convertir en paradigmas claramente perceptibles por el todo social, y que sin embargo terminaron por convertirse en el factor movilizador de ese gigantesco esfuerzo humano y material que fue la edificación de la república moderna liberal. Porque la pugna de naturaleza histórico universal que se libró a comienzos del siglo XIX en la América hispana no fue un enfrentamiento entre Monarquía e Independencia – fue posible instaurar monarquías independientes, como ocurrió en Haití, México y Brasil – sino un conflicto mortal entre Monarquía y República. Y eso supuso un inmenso esfuerzo para la clase dirigente que asumiera la lucha emancipadora, pues la cultura política dominante en el pueblo era monárquica, y por añadidura absolutista.
ASG: ¿Bolívar fue la Nación?
GCD: No. Bolívar fue la emancipación. La Nación fueron Páez y los sobrevivientes de la clase dominante colonial que lo rodearon. Como lo he señalado en reiteradas ocasiones, Bolívar correspondía al espíritu del siglo XVIII, era ilustrado y eminentemente emancipador, en nombre de principios universales. Páez, en cambio, correspondió al espíritu del siglo XIX, que concibe lo nacional y persigue la construcción de La Nación. A Bolívar lo convirtieron en deidad protectora y justificación trascendente en otras circunstancias y para otros propósitos. Es cuando se dio nacimiento al fenómeno socio político y cultural que he llamado “el culto a Bolívar”. Cuando la nación ya había encontrado su primera forma de expresión.
ASG: ¿Una nación democrática?
GCD: Aún no, si bien el concepto y el propósito se encuentran señalados en nuestra constitución de 1821, en gran medida gracias a la mediación del liberalismo grancolombiano, que consagró los principios fundacionales de la actual Venezuela, de libertad, seguridad, -es decir Estado de Derecho-, propiedad e igualdad, lo que fue posible porque Nueva Granada no sufrió los terribles y devastadores costos que debimos pagar los venezolanos. Pero a pesar de lo asentado en la constitución, en la práctica venezolana se impuso la república liberal autocrática, manejada por la clase militar, que aún es la clase dirigente que emergió de la disputa de la independencia ante la práctica devastación de la clase dominante, los criollos de la colonia. En Venezuela debió transcurrir casi un siglo para que se impusiese la república liberal democrática, postulada por Decreto del general Juan Crisóstomo Falcón en 1863. El principal responsable de este primer triunfo de la democracia fue una de las más grandes personalidades políticas de nuestra historia, Rómulo Betancourt. Quien, al promover la plena ciudadanía política de la mujer, y extenderla a los mayores de 18 años y a los analfabetas, mediante el voto universal y secreto, abrió las puertas a la incorporación decisoria de las grandes mayorías en la vida política nacional. Todo ello favorecido por la peculiar coyuntura histórica universal, entonces caracterizada por el entendimiento de las grandes potencias – sobre todo de Los Estados Unidos y la URSS, por mediación de la Gran Bretaña – en el gran frente de la democracia contra el fascismo. Fue también la situación internacional la que tres años después, en medio del grave peligro que entrañaba la fuerza expansiva de la Unión Soviética, dio inicio a la llamada Guerra Fría, y condujo a quitarle el piso de sustentación a la democracia venezolana, propiciando el golpe de Estado que derribó el régimen democrático presidido por Rómulo Gallegos. Con esto rebrotó el militarismo autocrático, la larga y persistente sombra de nuestro pasado republicano.
ASG: ¿El mismo que se impone hoy travestido de socialismo del Siglo XXI?
GCD: Exactamente el mismo, en su esencia: el militarismo autocrático en manos de troperos que se sienten dueños de la nación y herederos de quienes libraron, heroicamente, las batallas independentistas, pero que nunca han aceptado en buena ley la formación y el papel protagónico de nuestra sociedad civil. La república liberal autocrática se impuso en contra de la sociedad civil, identificada ésta, consecuentemente, con la república liberal democrática, vista aún hoy por el militarismo como su principal enemigo, si bien se intenta confundir a la nación con la palabrería anti imperio. La interrupción de la Segunda República liberal democrática, instaurada en 1958-1961, revela que el conflicto entre el militarismo y la sociedad civil sigue siendo el fondo de nuestras luchas sociopolíticas.
ASG: ¿Entonces la llamada V República viene a interrumpir el curso de la Venezuela democrática para volver a imponer la Venezuela militarista y autocrática?
GCD: Así es. Lo repito: el actual gobierno es un mando autocrático, militarista que se define como abiertamente dictatorial. Que considera que su enemigo principal es la sociedad civil. A la que teme con horror. De allí el esfuerzo que realiza, -que se revelará vano-, por inhabilitarla y terminar por aniquilarla. Porque ha quedado históricamente establecido, y muy a su pesar de esa fuerza retrograda e históricamente caduca, que la democracia ha echado profundas raíces en Venezuela. La democracia venezolana es una de las tres más tenaces del mundo contemporáneo, en unión de la japonesa y la india. Basta considerar lo que significa que cuatro millones y medio de ciudadanos hayan puesto su nombre, su firma y su huella digital para manifestar, valiente y documentalmente, que están por la libertad y la democracia, y contra el mando militarista autocrático. Y que tres años después hayan vuelto a manifestar esa voluntad: arriesgándose a perder sus vidas, sus trabajos, su futuro. No creo que exista otro caso semejante de fidelidad a un proyecto democrático como éste.
ASG: De modo que es optimista en cuanto al eventual desarrollo histórico futuro de Venezuela…
GCD: Profundamente optimista. Pero entiéndame: más que mi optimismo, mi confianza en la democracia como una realidad insoslayable es estrictamente historicista, tiene que ver con una visión de mediano y largo plazo. No es político circunstancial. Mi confianza de historiador se basa, particularmente, en los jóvenes y en la mujer venezolana. Como quedó demostrado durante las jornadas del 23 de enero de 1958: la democracia había echado insospechadas raíces en el cuerpo social. La sorpresa por el despertar de la conciencia ciudadana, que obligó a los militares golpistas de entonces a rendirle el protagonismo histórico a la civilidad, que terminó imponiéndose por sobre las camarillas militaristas que pretendían controlar el proceso, fue descomunal. Yo estaba entonces exiliado, junto a Gustavo Machado, y militaba en el Partido Comunista. Nadie esperaba tal despertar ciudadano. Todos nos asombramos de ver a tantos jóvenes y a tantas mujeres que exigían democracia y más democracia. Han pasado casi cincuenta años desde entonces. Ahora, ese despertar es memoria activa. Y esa es una gran diferencia con otros países de América Latina: entre nosotros, la democracia está en la memoria. La democracia es ya parte de la genética nacional. El pueblo venezolano tiene memoria democrática; no necesita imaginarla.
ASG: ¿A pesar de los pesares?
GCD: Debemos valorar históricamente nuestra democracia. La democracia misma es un invento sociopolítico reciente. Comparado con la autocracia es una recién nacida. Apenas tiene dos siglos de existencia, mientras el autoritarismo tiene milenios. De modo que sus accidentes, prueba de su juventud, son históricamente necesarios, en el sentido de inevitables. Europa y los Estados Unidos han transitado, a ese respecto, por etapas espantosas,-recuérdense la Guerra de secesión y la abolición legal de la segregación racial; las guerras mundiales y las luchas contra las perversiones del socialismo, es decir: el leninismo, el fascismo, el estalinismo y el nazismo. En este sentido, la recién nacida democracia latinoamericana lo está haciendo de manera que permite confiar en su viabilidad. El futuro, visto en las amplias perspectivas de la historia, no puede ser más promisorio.

LA HISTORIA DE MIS HISTORIAS
ASG: Debe sentir un gran orgullo por pertenecer a la pléyade de grandes humanistas y científicos convocados por la UNESCO para desarrollar tan trascendentales proyectos culturales.
GCD: En todo caso, debo explicar que no llegué a la UNESCO como enviado de gobierno alguno. Lo hice como experto científico y por recomendación espontánea de Antonio Pascuali, quien con inmensa generosidad propuso mi nombre para elaborar las bases metodológicas para la Historia General de América Latina. Mi incorporación a la Comisión científica Internacional encargada de elaborar la Nueva Edición de la Historia del Desarrollo Científico y Cultural de la Humanidad, fue decisión no menos espontánea del humanista brasileño Paulo Berredo Carneiro, luego de considerar el dictamen que me solicitó sobre los 14 volúmenes de la primera versión.
ASG: Su labor sistematizadora y su gran densidad intelectual son verdaderamente ejemplares. ¿Cuáles son las raíces de esa formación?
GCD: Cuanto soy desde el punto de visto académico y de historiador profesional se lo debo a la Universidad Central de Venezuela, y muy en particular a la autonomía universitaria: política, intelectual y científicamente. Un logro que le debemos, entre tantos otros, a nuestra democracia. Me siento muy orgulloso de haber crecido en sus aulas y de haber podido enseñar en ellas. Jamás me cansaré de señalarlo.
ASG: Aún cuando su obra ha sido difundida y con gran éxito, ¿no siente la necesidad de alcanzar mayores audiencias y facilitar el conocimiento de la historia entre los venezolanos? ¿Conocen los venezolanos su propia historia?
GCD: Son preguntas muy interesantes. Sobre la última le diré que sería preciso conocerla: es nuestro principal atributo. Sobre la segunda le diré que no puedo quejarme. Mis obras han sido publicadas y difundidas. En lo fundamental gracias a la UCV. Pero también gracias a la pasada editorial MonteAvila. En cuanto a esta edición en particular, debo señalar que las obras aquí mencionadas son poco menos que inaccesibles para nuestra empobrecida población universitaria. De modo que el Fondo Editorial de Humanidades y Educación de la UCV decidió reunir todos mis trabajos, como colaborador en grandes obras de Historia Universal, y hacerlos accesibles al público universitario y a todo aquel interesado en estos temas tan cruciales para nuestra vida como nación.
ASG: En este contexto, ¿Cómo ve usted las relaciones entre Intelligentzia y Poder? ¿Cómo ve a nuestra élite intelectual?
GCD: En general, y salvo notables excepciones, empantanada. Sin suficiente capacidad de respuesta ante este gravísimo ataque a nuestra tradición democrática. Lo peor y más doloroso es la falta de coraje intelectual de los sobrevivientes de la izquierda que participó de la subversión y la guerrilla de los 60, en connivencia con Fidel Castro y los invasores cubanos, entre los cuales el mismísimo Comandante Arnaldo Ochoa Sánchez, el héroe de Ogaden. El que aún hoy no se haya producido una auténtica autocrítica de quienes fueran responsables por la muerte de unos seis mil venezolanos – que esa es la cifra de víctimas mortales calculadas para ese período de nuestra historia - es una verdadera vergüenza. Sobre todo porque desde entonces, derrotada por los gobiernos democráticos, esa izquierda siguió conspirando activamente contra la democracia. Y ahora, sumada al militarismo autoritario y autocrático, se presta al intento de recomponer la trama de la República liberal autocrática, sacrificándole los que fueron sus principios ideológicos
ASG: ¿Ese es el socialismo del siglo XXI?
GCD: Así es: la restauración del absolutismo militarista y dictatorial amparado en un manido y estridente bolivarianismo, ahora empaquetado como marxismo-leninismo-bolivarianismo. Más nada..
HERRAMIENTAS CIUDADANAS: UN CUESTIONARIO

PL: ¿Cómo describiría el actual momento venezolano¿ ¿Con qué palabras?
GCD: Restauración de la República Liberal Autocrática; es decir, militarismo y dictadura.
PL: ¿Podría nombrar algunas personalidades admirables? ¿Por qué razones?
GCD: Arnoldo José Gabaldón, héroe de la hoy desertada lucha contra el paludismo, que fuera el enemigo público Nº 1 de la sociedad venezolana.Rómulo Betancourt, padre de la democracia venezolana. Carlos Andrés Pérez, que libró la batalla, con un éxito que parecía imposible, por el rescate de nuestra principal riqueza, la petrolera, fortaleciendo nuestra soberanía, hoy zarandeada.
PL: ¿Qué debiéramos evitar a todo costo?
GCD: Seguir tras los señuelos con que el mando militar pretende distraer a la sociedad civil mientras persigue su objetivo estratégico: la demolición de los fundamentos de la democracia, suprimiendo los conatos de descentralización sociopolítica y regimentando el pensamiento.
PL: ¿Qué no debemos olvidar jamás?
GCD: El papel protagónico que le cabe a la sociedad civil en esta lucha por la democracia.
PL: Una experiencia ciudadana que lo haya conmovido.
GCD: El firmazo y el reafirmazo. Como lo explicara antes, dudo que en otro lugar del mundo se encuentren cuatro millones y medio de ciudadanos dispuestos a firmar y estampar sus huellas digitales en contra del mando autocrático.
PL: ¿A quien le parece que debiéramos entrevistar en El Papel Literario?GCD: A Eduardo Roche Lander, un ilustre venezolano que tiene muy importantes experiencias democráticas que comunicar. PL Un destinatario y un mensaje
GCD: Destinatario: El pueblo democrático. Mensaje: quisiera pedirle a la mujer venezolana que no olvide nunca que su existencia ciudadana es obra de la democracia. Como suelo decirlo a mis alumnos, que gracias a la democracia son hoy mayoritariamente del sexo femenino: deben recordar que el apellido de todas nuestras mujeres es Betancourt, porque fue Rómulo Betancourt quien luchó e impuso el reconocimiento político pleno de la mujer, y con ello se completó la sociedad venezolana. Este no solo fue un logro auténticamente revolucionario, sino el más trascendental de nuestra vida republicana.
Artículo publicado originalmente en el diario El Nacional

lunes, abril 10, 2006

Hace 7 años nos dejó Luis Castro Leiva (1943-1999) (y III)




  La desconsideración de Castro Leiva

  Karl Krispin

  Publicado el 20-IV-1999.

  Francamente me ha parecido una desconsideración de Luis Castro Leiva
  morirse en este momento. Es ante todo una injusticia para un país que ha
  perdido las brújulas que gente como el profesor Castro Leiva desaparezca sin
  terminar de advertir al colectivo que insiste en tomar los atajos de la sinrazón.
  Para ello vivió el intelectual: en el empeño de que la historia que lo acorralaba
  debía servirse de sumas y no de restas para armar las piezas del rompecabezas.
  Con su inteligente escalpelo de poner todo a merced de la duda, Castro no se
  rindió jamás a la henchida satisfacción de considerarse rotularmente un
  intelectual en el sentido de que nuestras decadentes academias y asociaciones
  de escritores lo proclaman. Siempre vio con sorna ese producto despreciable al
  que llamaba 'la industria de la historia', estéril aletargamiento e indigestión con
  los mitos, no otra cosa que lo que se ha venido repitiendo con abusiva
  nemotecnia en este país donde ciertos intelectuales compiten con las reinas de
  belleza en ver quién moldea los mejores figurines para el acto escolar de la
  República. Luis Castro Leiva hizo del recurso intelectual más bien la mueca, la
  mascarada, el guiño del reverso de quien se atrevió a llamar las cosas por su
  nombre y despachar que nuestro acontecer no ha sido precisamente una
  colección de barajitas inmortales en el álbum de la patria.

  En una sociedad que desde la Independencia no hace otra cosa que invocar en
  la ouija oficialista los fantasmas de glorias preteridas, el bronce de las plazas y
  las ofrendas florales de los aniversarios, Castro Leiva se situó en la acera de
  enfrente para exhumar los cadáveres del pasado y concluir con su autopsia que
  nuestra gloria no aparecía tan inmarcesible como podrían sostener los clubes de
  la historia. Dicho sea de paso, esta mitología nos ha condenado a inmovilizar el
  presente. De algún modo el escritor vino a gritar como tantas veces lo hizo que
  donde presumíamos riqueza y oropeles había sólo desnudez, como en el cuento
  de Andersen. Su contribución a la historiografía consiguió despojarse de ese
  enajenamiento de liturgias e incienso y concluir que los que han andado y
  desandado la historia son, como corresponde, seres de carne y hueso, con
  grandezas y miserias, pero nunca semidioses o elegidos. En este sentido,
  perteneció a un grupo de revisionistas que alertó sobre los abusos de la teología
  bolivariana.

  El primer acceso a quien era, lo tuve con aquel magnífico programa de TV,
  Atletas , donde dedicó sus afanes del pensamiento a la hazaña épica,
  contenciosa, del aparentemente cándido mundo del deporte, que dista mucho
  de serlo, huelga decir. Allí Luis, frente a las cámaras, nos impulsaba a echar una
  ojeada civilizatoria a uno de los factores quintaesencialmente más expresadores
  de cultura: la competencia que nace de la desigualdad y aspira el triunfo, la puja,
  el reconocimiento. Su análisis elegante y pausado, con la compostura del
  gentilhombre y el perspicaz scholar que siempre fue, tendía a hacernos abrir los
  ojos y descubrir la lucha descarnada y hasta cruel que encerraban el fútbol, el
  lanzamiento de jabalina, el arco de la garrocha o el revés de un tenista, no
  obstante los graciosos corolarios de las medallas y los lustrosos trofeos.

  Pude tratarlo personalmente gracias a una iniciativa de nuestro común amigo
  Henrique Iribarren, quien nos llamo para motorizar un proyecto de investigación
  histórica que patrocinaría el Banco de Venezuela. Fueron casi tres meses de
  reuniones, de intercambio de puntos de vista, de malabarismos teóricos que
  cristalizaron en la propuesta que presentamos. Desafortunadamente la posterior
  intervención del banco hizo añicos el proyecto, pero quedó el privilegio de
  haber conocido y trabajado (gratis, por cierto. Jamás vimos un solo cheque de
  gerencia) junto a una mente superior cuya mejor caracterización, no me cabe
  duda, era la inmensa capacidad para construir un edificio completo de ideas sin
  peligro a que se descalabrara uno solo de sus cimientos.

  Donde más llegó al gran público fue como articulista. Allí no tuvo piedad alguna
  para derrumbar estatuas y aplicarle la risotada a los mitos presentes y pasados.
  Las páginas, primero de El Diario de Caracas y posteriormente estas mismas de
  El Universal , consagraron su trinchera para recordarnos que no vivíamos 'en
  el mejor de los mundos'. Aquí hizo gala de que su pensamiento no sólo podía
  avecindarse con familiaridad en los grandes temas académicos, sino en su
  repliege al pelotón de lo cotidiano, donde no enarboló banderas de tregua ante
  la evidencia de la gravísima descomposición política y cultural de lo
  contemporáneo, con énfasis en la purulencia venezolana ante los arrebatos de
  los impostores de su historia reciente.

  A la muerte de Louis Aragón alguien dijo que se había llevado parte del fuego
  con que nos iluminó. Con esta inesperada desaparición sus lectores y amigos
  habremos de sospechar que hará falta ese calor de hoguera intelectual con que
  incendió nuestra reflexión. Es una canallada del destino morirse, una
  desconsideración marcharse así, señor Luis Castro Leiva y en ello consiste su
  involuntaria falta de politesse con nosotros en estos raros tiempos cuando
  abunda la genuflexión y pocos como usted podían hacernos mirar con valentía
  nuestros aconteceres.

  kkrispin@telcel.net.ve

domingo, abril 09, 2006

Hace 7 años nos dejó Luis Castro Leiva (1943-1999) (II)



  ¿Y qué con mi risa, Luis Castro?

  Para Carole Leal

  Ignacio Avalos Gutiérrez 

Publicado el 20-IV-1999.

  La primera vez fue en el colegio San Ignacio. Lo conocí de vista y jamás
  cruzamos palabra, menos que menos un gesto. Con prestigio de alumno
  aplicado, leía mucho, 'hasta Filosofía', según era fama en los salones del
  bachillerato, mientras, varios cursos abajo, yo no alcanzaba a mirar mucho más
  allá del fútbol. No cupo, así, posibilidad alguna de encuentro entre nosotros.

  Luego la memoria me da brincos y el registro se me desordena. Sé que nos
  vimos en diversas ocasiones y, en especial, que coincidimos en un grupo
  integrado por seis personas que se reunieron frecuentemente durante casi dos
  años en el restaurante Campanella para ver 'cómo estaban las vainas en el país',
  según rezaba la única disposición del estatuto que lo fundó.

  Antes o después, no sé, fui televidente asiduo, casi religioso, de su programa
  Atletas, observando, con curiosidad y envidia, cómo diablos explicaba, sin más
  recursos que una yerbita que se metía en la boca y apenas algunas imágenes de
  archivo, el significado del deporte.

  Viéndolo, uno se enteraba, por ejemplo, cómo el golf es bastante más que
  pegarle duro y preciso a la pelotica con un palo; la marathón bastante más que
  sudarse en cuarenta y dos kilómetros y pico, a cuenta de un entrenamiento físico
  muy cuidadoso;o el rugby del cual fue introductor en Venezuela bastante más
  que un elenco de brusquedades bajo el pretexto de derrotar al enemigo. Hacía
  una interpretación admirable del gesto deportivo a través de miles de metáforas,
  llenándolo de un sentido antropológico que los simples fanáticos no llegaban ni
  siquiera a sospechar.

  Hace cinco años nos volvimos a encontrar. El azar la suerte en mi caso, no hay
  duda, hizo que coincidiéramos durante el gobierno del presidente Caldera, en el
  directorio del Conicit. Allí lo tuvimos, desplegando todos sus talentos 'en
  función privada', al menos dos veces al mes, durante media mañana de trabajo
  intenso, la cual hacía amena e interesante. En el transcurso de cada reunión, a
  propósito de cualquiera de sus intervenciones, imitaba a algún personaje,
  hablabla como francés o como chileno o mexicano, asumía el estilo sifrino, subía
  la voz, la bajaba, se paraba, se sentaba, se quitaba los lentes o se los ponía, en
  medio de una actuación natural que a todos cautivaba. Sus compañeros lo
  mirábamos hablar, admirados por su oratoria entretenida, llena de inteligencia,
  de erudición y de chispa, como si fuera un matemático de la palabra, tal la
  perfección lógica con la que todo le quedaba dicho. Lo constatábamos en su
  preocupación obsesiva por la calidad de las ciencias sociales en Venezuela, la
  ética de la investigación científica o la construcción, desde la parcela modesta
  del Conicit, de un Estado que funcionara con eficacia y honradez. Lo sentíamos
  vehemente, alegre, triste, deprimido, irónico, burlón, neurótico, furioso, sin
  pudor alguno para esconder sus emociones, en medio de un respeto lleno de
  delicadeza hacia nosotros.

  No fui de su círculo intelectual, ni lector, siquiera medianamente enterado, de su
  obra académica. Pero el cielo me lo puso a mano, tan cerca como para saber
  que era uno de nuestros mejores pensadores en los últimos tiempos, de los que
  tuvo las ideas e intuiciones más poderosas y sugerentes sobre el país de antes y
  de ahora, de los que más claves nos dio para entenderlo y cambiarlo, de los que
  más nos hizo pensar sobre nuestro destino colectivo, aunque a veces sólo fuera
  por la razón de tener que discrepar de él. Deja, entonces, muchos motivos
  importantes para que lo tengamos en nuestro archivo colectivo, eternamente
  disponible, sobre todo en la presente época venezolana, tan complicada.

  En mi memoria personal me queda, sobre todo, la reminiscencia de un hombre
  bueno, en el buen sentido de la palabra, como añadiría Unamuno. Me guardaré
  para siempre su simpatía, su largueza de corazón, su ingenuidad para muchas
  cosas, su solidaridad, inexplicable si no fuera por la desmesura de su cariño.

  Pero sobre todo me cuidaré de no perder el recuerdo de su humor humano,
  único y extraordinario. Aunque, al rememorarlo, seguramente eche de menos mi
  propia risa.
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